Leer con seriedad es estremecedor


Dentro de 15 minutos sonará de nuevo el timbre de las clases, y retomaré la acción docente. Me quedan dos horas de filosofía para explicar dos veces a Aristóteles, su epistemología. Y una de religión, sobre la crítica de Sartre y Camus. Digo que leer, porque me preparo las clases leyendo, es estremecedor. Provodador, insinuante, un ejercicio en el que se expone la vida misma al diálogo con otros, mayores y con más experienciai que yo en este caso, que han sido múltiples veces leídos y reconocidos históricamente. Dicho sea de paso, estremecedor es sin la “x” que algunos de mis alumnos suelen poner cogiendo apuntes, porque esta palabra la utilizo mucho, y la corrijo mucho. Digo que es estremededor en tanto que conmueve. Leer, casi cualquier cosa, conmueve si es un ejercicio que se hace con seriedad, con responsabilidad, más allá de la sucesión de palabras. Quizá por eso te vuelves hiperbólico cuando te adentras en esta forma de recibir el mundo que otros han creado.

Quien sepa algo de Sartre sabrá a qué me estoy refiriendo. “El ser y la nada”, la responsabilidad y condena de existir, la angustia, por otro lado, de existir, la injusticia que se ha hecho con cada uno de nosotros al hacernos libres y tener que decidir qué somos y qué no somos, la conciencia de nuestro vivir. Sartre pone los pelos de punta, tomado en serio. A mí al menos, frente a la mala fe o la autenticidad, la verdad o la mentira que él mismo defiende, pese a decir que no hay nada que sea eternamente defendible. Su planteamiento, asumido, resulta estremecedor, sin duda alguna. O al menos a mí me lo parece. No se trata de una visión del hombre cualquiera, sino de un hombre condenado, de un hombre injustamente llamado a la vida, a un mundo donde las relaciones personales cohartan y limitan mi libertad, en la que me plantean siempre fronteras, siempre ponen trabas, donde el peso de la historia es descomunalmente manipulador.

Leer a Aristóteles tampoco es cualquier cosa. Ya digo que yo comienzo la metafísica por el final, caprichosamente. Igual que lo hago con la Ética a Nicómaco. Prefiero los dos libros últimos de ésta a cualquier otro capítulo. Pero es que la Metafísica comienza hablando de lo más traumático de la vida, del deseo de conocimiento, del ansia por la verdad, de la admiración cautivadora del mundo en el que vivo, como arrojado. Me gusta más, también es verdad, la dureza metafísica de los griegos al planteamiento abierto y aparentemente libre de los existencialistas. Pero tanto unos como otros me resultan apasionantes en sus intentos por describir la naturaleza, por hacer filosofía, por pensar por sí mismos, por dialogar, entiendo, más allá de lo que cada uno pueda pensar. Me gusta creer que Sartre leyó más de una vez a Aristóteles, porque si no fue así no merece la pena haberle dado el Premio Nobel. Me gusta considerar que ambos no se quedaron anclados en lo de siempre. Aunque me da un terrible pavor que haya gente que pudiera seguirles sin pensar, como en masa, como en una terrible masa amorfa que lee sin estremecerse, que acepta sin más sin buscar, sin preguntas, sin interrogarse. Me gusta pensar ambos son puertas abiertas. Sartre no es para cualquiera, como tampoco lo es Aristóteles.

Por otro lado, ninguna novela, ninguna historia está alejada de la misma intención humana por buscar y rozar algo más que su propia historia. También en la novela, la dramática, la lírica poética o la lírica en prosa está cargada de una dimensión potente y radicalmente humana, de preguntas y respuetas, de diálogo con sus lectores, de una idea del mundo, del hombre, del futuro, del ser, de Dios, del existir, de la libertad, de las posibilidades. Y además, en pocas líneas compuesta toda esta amalgama de sentimientos y de palabras. Estremecedor, conmovedor. Inquieta darse cuenta de que las palabras vertidas al mundo tienen tanto tras de sí, que fueron escritas algunas después de mucho pensar, y otras, como éstas, en quince minutos de recreo en mitad de la jornada escolar.

Si lees, conduce bien tu vida. Y, en la medida de lo posible, dialoga con alguien interesante que no te deje como estás. Como mis alumnos de primera hora, con quienes hemos terminado debatiendo, como mis alumnos de segunda hora que no aceptaban alguna que otra cosa dicha, o como mis alumnos de tercera hora que se han quedado pensando. Ahora, que me quedan la cuarta, la quinta y la sexta intuyo que no será diferente. Porque tanto Aristóteles como Sartre y Camus darán mucho que hablar.

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