Elogio de la generosidad


Más allá de todo lo calculable y lo prudente, se levanta el reino de la generosidad. Un mundo al que todos hemos tenido acceso, aunque sea secundario, a través de los relatos y testimonios de los héroes humildes de nuestro mundo, y al signo indeleble festejado en el universo. Me gusta entender que la persona generosa es aquella que entrega lo que podría quedarse y disfrutar para ella misma, la que vence el egoísmo y genera comunión con otros. Generosidad que puede comprenderse abiertamente en relación a las cosas que posee, y reducirse en algunos casos a ella, pero que se alza más gloriosa aún en tanto que se entrega a sí misma, como persona, en su vida, en su tiempo y en sus dones.

Elogio hoy lo que veo en nuestro mundo, por muy difícil que sea de alcanzarlo y por muchas preguntas que despierte en nuestro corazón. Necesitamos héroes, más de los que tenemos. Aunque los primeros pasos ya están abiertos, para quien quiera verlos, y quiera derrocharse.

  1. La generosidad de todo padre y madre con sus hijos. Al compartir una vida que bien podrían haberse guardado para ellos, con la que haber hecho innumerables viajes, comprado tantas cosas, cenado con tantos amigos, y disfrutado enormemente en el cine. Una vida que, desde el primer segundo que pisa la casa hasta ese momento suficientemente habitada, ve dilatados sus muros para acoger nuevamente a alguien, permitiéndole que distribuya y cambie juguetes y horarios en función de sus necesidades. Y alabo que este sacrificio se mantenga en el tiempo de semejante manera.
  2. La generosidad inevitablemente estúpida de los enamorados. Que ya no se comprenden para sí mismos, y se sienten perdidos sin aquella persona a la que aman y dedican poemas interiores difícilmente contenibles en versos y palabras. Generosidad que en no pocas ocasiones quiebra la estabilidad ordenada y prudente fraguada durante tiempo, y hace imposible la balanza de la dedicación personal a muchas cosas por la llamada inexplicablemente abismal a darlo todo por alguien.
  3. La generosidad del consagrado. Pasean entre los hombres, como hombres y mujeres siendo uno de tantos. No han nacido especiales a los demás, aunque la historia los haya “separado” de las vías normales y de los caminos transitados para retirarlos y consagrarlos a misiones específicas y vidas vividas en común con otras personas que han sentido la misma vocación. Alabo su generosidad, que mira en no pocas ocasiones por personas a las que no conocen, de las que no sacarán provechos, de las que no esperarán reconocimiento. Y dan lo mejor de ellos mismos sosteniendo fundamentos de nuestro mundo, caminando hacia fronteras de la humanidad, dejando su casa, sus proyectos, sus planes, y situándose a la escucha obediente del Padre por encima de su debilidad y fragilidad.
  4. La generosidad del amigo, con el amigo. Quizá sea, de entre todas las generosidades, la que se percibe con menos claridad. En nuestro mundo se entiende que es algo debido, como si fuera realmente un derecho y una obligación. Y nunca ha sido así, y nunca lo será realmente. Si el amor mueve a los amigos, el amor nunca dejará de ser libre, ni podrá esclavizarse. Y si el amor pide libertad, la solicitud de generosidad se hace imposible. Se pueden pedir esfuerzos, se puede reclamar atención, está en nuestra mano incluso mostrarnos necesitados y carentes, pero no responder. Cuando hablamos de “mover corazones”, pocas veces se nos olvida que el siguiente paso, el de la voluntad, no está a nuestro alcance. Y que todo acto generoso del amigo con el amigo, es un acto de amor sublime. Que aprendemos a normalizar, pero que debería sorprendernos para toda la eternidad, sin olvidar nunca que es gratuito. Y que aquí precisamente reside su belleza y hermosura más grande.
  5. La generosidad de quien comparte lo que necesita para sí. Es un punto más elevada, si dibujásemos una línea con escalones, de aquella generosidad enorme de quien daba lo que tenía legítimamente guardado para su propio disfrute. Aquí, en nuestro mundo, sin que muchos sepan qué puede mover a alguien a dar tanto, encontramos quienes comparten incluso aquello que es necesario para sí. Sea su tiempo de descanso detrás del cansancio del día, sea el dinero que les hacía vivir ajustados a lo imprescindible, sea el que cede sus espacios de vida, sea el que aprende a no decir no ante el otro, o incluso su propia vida. ¿Alguna vez has alcanzado, aunque sea en un pequeño momento de tu historia, este escalón? ¿Sabías que existía?
  6. El que da más de lo que tiene. También existe. ¿De dónde lo saca? Milagros de nuestro mundo. Pero existen. Los he visto. Pero daría para un post enterno, que no descarto. Sólo anotar que las lindes que trazamos, no son exactas muchas veces.  Y otras se dilatan, porque hay razones suficientes que lo hacen posible.

El elogio sería incompleto si no dedicase un párrafo a aquello que lo hace posible y lo sustenta. Vaya por delante que no lo considero un valor al alza, ni siquiera algo que se cultive entre el resto de los valores al mismo nivel. De la generosidad se habla más bien a urtadillas, se pisan sus terrenos de puntillas, aunque toda persona lo ha vivido de forma segunda en el amor de otros hacia sí misma. ¿Qué hace posible que un corazón se haga generoso? ¡El amor más grande! ¡El amor gigante, el amor de Dios! Sólo quien ha conocido la inmensidad, puede hablar de ella y vivirla. Y sólo quien otea su horizonte puede atreverse a buscarla. La generosidad es un extremo. Y como tal, sólo quien pone su vida en juego podrá, si cabe, alguna vez descubrir su fuerza.

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2 pensamientos en “Elogio de la generosidad

  1. sin generosidad no es posible el encuentro. la generosidad lleva a abrirse para salir y dejar entrar. El hombre es un “ser de encuentros”, por tanto, sin generosidad no es posible ver realizada la vocación natural del hombre y se marchita sólo en el vacío.

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