Planificar, moderadamente y prudentemente y sensatamente e inteligentemente


Sigo varias páginas que con frecuencia facilitan artículos sobre productividad, organización en el trabajo, eficiencia y eficacia. Entre las mejores, sin duda alguna, destacaría ThinkWasabi y FacileThings. Recomiendo leer (con sentido crítico y pensando, sin tragarse todo, por supuesto) cualquiera de sus artículos. En ambas encontrarás elementos muy prácticos para potenciar y ordenarla vida diaria en orden al trabajo y a la satisfacción personal con tus tareas diarias, y de vez en cuando alguna que otra pista muy práctica para algo más. Porque somos, y conviene recordarlo dado el énfasis social que hay sobre la productividad y la eficacia, algo más que trabajo. En cualquier caso, somos personas que trabajamos. Y siempre, algo más que personas que trabajamos.

Saliéndome de los márgenes del ámbito laboral, siempre pequeños respecto a la vida y sus preocupaciones y anhelos, una buena dosis de orden y planificación no nos vendría mal. Saber qué queremos, a dónde vamos o estamos yendo, qué nos ocurre, cómo podemos afrontar determinadas decisiones y retos, colocar las cosas en su sitio para que no se desmadre todo y se mezclen aquellas que provocan interferencias, incluso aprender a decir no cuando no se tienen habilidades sociales básicas. Sin embargo, no podemos pretender ni controlar todo, ni someter todo, ni vivir afanados en que nada se salga del carril que teníamos previsto, ni rechazar las interferencias, ruidos y sorpresas de la vida cotidiana. De hecho, más bien diría lo contrario: si en el trabajo hay que mantener un ritmo productivo constante y fuerte que garantice algo más que un orden general, en la vida diaria se trataría más bien de acoger las sorpresas y los avatares de la existencia. Porque en ellos, entre otras cosas, está gran parte de la esencia del ser humano, y porque recibimos más de la vida de lo que somos capaces de dar.

Al respecto de este sano descontrol y valiente desprotección y confianza, me permito añadir algún que otro punto que nos puede ayudar a pensar:

  1. Tendemos, y tenemos esa tentación continuamente, a anticipar excesivamente lo que va a suceder. Sobre todo a los demás. Hay anticipaciones que son excesivas, que conducen a otros por sendas que todavía no han pisado y que no tendrían, quizá, que pisar sin nuestra presión. Si alguien es joven, parece que esperamos que haga locuras. Si alguien está enfermo, que viva triste. Si alguien celebra su cumpleaños, desea que la feliciten. Si alguien es ciego, hay que ayudarle. Y así vamos por la vida adelantando lo que todavía no ha pasado. En lugar de esta actitud tan enfermiza, propongo acompañar a los demás en lo que vivan, sea la tristeza, sea la alegría, sea el ánimo o el desánimo. Pero ante todo, dejar que otros vivan. Y en cualquier caso, atender a lo único importante, que es el amor, la cercanía, la disponibilidad y el apoyo que podamos brindar. Así nos enriqueceremos más, y daremos lo que realmente importa.
  2. Aceptar la ignorancia sobre nuestra vida y futuro, y nuestra condición humana. Para lo bueno y para lo mano, esta desprotección pertenece a nuestra esencia. Y conforma su hermosura. Si nos damos cuenta, habitualmente somos poco comedidos con nuestros planes y proyectos: o bien alcanzarlos provoca demasiado estrés personal y en las relaciones, o bien nos reducen apocadamente por debajo de nuestras posibilidades. En este sentido comprendo perfectamente el énfasis que se pone en señalar que lo importante es el presente, el ahora, lo que llevamos entre manos. En este sentido, tendríamos que estar preparado para más de lo que pensamos y para menos perfección de la que soñamos.
  3. Aprender a disfrutar y aprender a aprender. Que se agruparían en aprender a vivir, sin más. Nuestras decisiones y reacciones más frecuentes son fácilmente reductibles a unas cuantas que no suman los dedos de las manos, de las que deberíamos tomar nota conscientemente. De este modo, cultivaríamos la verdad y sinceridad que tanta falta nos hace. Y sobreponiéndonos y sobrellevándolas bien, conseguiríamos educarnos en el núcleo de nuestras decisiones, profundizando en él cada vez más. Disfrutar, que más que placer continuo y desmedido, consiste en dar lo mejor de lo que somos capaces. Sin conformarnos con menos. Camino que, sin ser fácil y sencillo, intensifica y dignifica.
  4. Romper moldes, que en otros tiempos eran útiles y servían, para conservar y guardar la esencia que portan. Porque muchas cuestiones sociales, también las religiosas, han quedado encerradas entre las paredes que en otros tiempos tenían el privilegio de potenciarlas. La rutina, con todas sus bondades, también nos impide ver, escuchar y palpar con claridad. Y sin que se pueda romper todo, del todo, de vez en cuando conviene salir de los caminos trazados para contemplar más nítidamente qué estamos haciendo y por qué. Romper moldes demanda libertad, como también aceptar la rutina.
  5. Afinar los sentidos a lo novedoso y lo sorprendente. Quizá, si te esfuerzas en planificar todo y con detalle, veas cuántas cosas se salen de lo corriente, de lo normal y de lo controlable. Planifica tres días, y verás que no se puede ser fiel a todo ni dominar todo, a no ser que te quedes solo, y ni siquiera en esos casos. Con tres días, es suficiente para hacerte ver que no llegarás fiel al final de ellos. La fidelidad humana siempre es limitada. Todo aquello que se salga del proyecto fijado será para ti novedad y sorpresa, lo descabalará todo y te enseñará algo más de lo que, me atrevería a decir “incluso”, te atreves a ver cada día. Y cada día, suceden estas sorpresas. Las grandes decisiones no controlan lo cotidiano, no intentan asegurarse la existencia en todo. Como no se puede “todo” hay que escoger qué es lo fundamental, y quedarse asentado en ello. Es un sueño torpe e incalcanzable para el ser humano vivir la libertad despegada de la confianza.
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