Celebrar la eucaristía en casas cristianas


No penséis que voy por las puertas de las casas, como vendedor ambulante, ofreciendo este tipo de servicios. El lugar más apropiado para la celebración de la Eucaristía es la iglesia, formada por toda la comunidad cristiana, siempre diversa y variopinta.

Son excepcionales los días que presido fuera de mi casa, que sí tiene iglesia, a la cual accedo rápidamente bajando unas escaleras y atravesando un par de puertas. Pero estas excepciones (me) dejan un regusto particular, muy excepcional, como he dicho antes. Celebrar la Eucaristía en casas cristianas, en las que viven personas y familias cristianas de nuestras comunidades, siempre es un regalo para mí. Viene dado habitualmente por diversos motivos, que considero justificados. No me lanzo sin más a ello. De hecho, la Eucaristía de hoy es fruto de la Eucaristía de este domingo. Y me parece que constituye todo un signo en medio de una sociedad que tiende a la desacralización y a la división de ámbitos personales. Todo un signo porque nos hace ver que somos cristianos allí donde estamos, y que en nuestras vidas todo debe ser digno. Que somos templo del Espíritu, que portamos en nuestras vidas la Eucaristía que comulgamos, que construimos iglesia cuando oramos, escuchamos, celebramos, trabajamos, y nos familiarizamos. La iglesia comienza en casa, en la familia -iglesia doméstica- y el amor cristiano por excelencia es el amor de Cristo por su Iglesia, paradigma del amor entre los esposos, que después desborda en los hijos.

Por otro lado, me resulta providencial que hoy se haya dado esta circunstancia por múltiples factores. Por una parte, porque el Evangelio de hoy en la Iglesia es el pasaje en el que Marta y María acogen al Señor en su propia casa, una trabajando y sirviendo, la otra mediante la escucha. Actitudes que se deben cultivar en toda familia cristiana que desea acoger verdaderamente a Dios en sus vidas, y ser signo de salvación. Por otro lado, porque estoy explicando a mis alumnos precisamente el tema de los orígenes del cristianismo, donde se subraya el aspecto doméstico, fraterno de las primeras comunidades. También ellas celebraban la Eucaristía y se reunían en las casas para orar y catequizar, para aprender y escuchar la doctrina de los apóstoles. Esta misma tarde, haciendo memoria para mis clases, leía partes de la Didajé. Y ayer mismo estuve a punto de comprarme un libro, “Comenzando desde Jerusalén”, de Dunn, a pesar de su excesivo precio. No pude porque el hermano de mi comunidad que iba a la librería salió antes de tiempo. Perdí la oportunidad, aunque si alguien quiere ya sabe qué me puede regalar. Al margen de chistes, y siguiendo el sínodo de los obispos sobre Nueva Evangelización, también se tiene muy presente la necesaria memoria de lo que somos a través de la historia, y se demanda con seriedad y en continuidad con la tradición, la vuelta a los orígenes. La intervención de Rino Fisichella del martes 9.X.2012 en su brevedad pasará a la historia, como palabras meditadas y pensadas con acierto. Pero las palabras de Benedicto XVI sobre lo que es “evangelizar” son de tal magnitud e importancia que me han conmovido, que me han renovado, que me han despertado en cierto sentido una inmensa alegría. Evangelizar es cooperar con Dios, con su presencia real, confesarle con toda la vida, en toda la vida. Y necesitamos evangelizar siempre, continuamente, nuestras propias vidas y comunidades. Aspecto repetido de muchas maneras durante estos días, porque nos sabemos en una sociedad secularizada, materialista e individualista.

Dicho lo cual, subrayo tres alegrías de esta experiencia personal, que hoy comparto con vosotros:

  1. La alegría de llevar a Cristo, y entrar en las casas, símbolo de la vida de la gente, deseando la paz del Señor. Y la alegría de ser recibido en ellas. Porque sé que entonces Jesucristo se hará presente en esa familia. Lo cual me parece que es de radical importancia para la vida y fe del matrimonio, y para la educación de sus hijos. Para todos es un signo indiscutible del amor de todos hacia el Señor, una celebración de nuestra salvación que comienza en el perdón y termina en la comunión. Orar toda la familia unida, con otros miembros de la comunidad, es un lujo. Sin micrófonos de por medio. Nos miramos, nos reconocemos, nos escuchamos, nos atendemos, nos amamos de un modo diferente que construye comunión y vínculos que no nacen espontáneamente, sino que son fruto de la acción de la gracia en nosotros y de la participación en el mismo Cuerpo y en la misma Sangre.
  2. La admiración de la familia, su gratitud. La Eucaristía, acción de gracias, les convierte el corazón. De verdad que les provoca una inmensa gratitud, que al menos yo percibo y recibo. En todas las casas en las que he estado se produce la misma reacción, la misma cara, la misma esperanza, el mismo amor. La ilusión en los niños, que te llevan y te traen de un sitio a otro de la casa antes de comenzar, y juegan y quieren que juegues, se convierte en ilusión diferente al comenzar la celebración. Nunca antes el salón fue igual, la disposición, las cosas. Todo se reordena para poner en medio al Señor. La cara de los mayores, más conscientes del amor que se entrega y del sacrificio que recordamos y actualizamos, habla de otro modo. Allí no hay seriedad, sino participación íntima y comunitaria, fraterna y familiar.
  3. La dignidad proclamada. En definitiva, lo que estamos diciendo es que, al celebrar allí, esa familia es digna, ese lugar es digno, esas personas son dignas. Te damos gracias, Señor, porque nos haces dignos. Decimos en cada Eucaristía. Que los espacios y los tiempos, los propicios, no son los construidos por manos de hombres y por sus esfuerzos en favor del progreso meramente, sino por aquellos que se construyen desde la raíz, desde el fundamento, que pueden crecer y erguirse firmemente hasta el cielo. Allí decimos lo que nunca nadie había dicho, y se proclama lo que nunca antes se había proclamado, que el hombre está hecho, ha sido creado, para Dios. Con toda su familia camina hacia Él.

Como siempre, estas celebraciones son por motivos particulares y especiales. Así se recoge. De carácter extraordinario, no ordinario. Y así lo son. Simplemente doy gracias por poder compartirlas en estos tiempos. En algo me recuerdan, también es verdad, a las celebraciones de los poblados africanos los domingos, bajo el signo de la precariedad, en ambientes familiares muy cuidados, en las visitas a los enfermos del lugar, rodeado siempre de los niños nada más verse el coche entrar, a las campanas hechas con ruedas de coche que sonaban admirablemente y todo lo llenaban. Muchos son los lugares, y muy especiales todos ellos, en los que he podido celebrar la Eucaristía. De todos guardo un recuerdo admirable, y me llevo al Señor en la propia vida.

Se me ocurre una pregunta final, a propósito de todo esto. O bien nos volvemos a las casas para celebrar la Eucaristía, lo cual no lo veo en absoluto ni viable, ni bueno siquiera. Causaría mucha división, entre otras cosas. O bien hacemos de la Iglesia una verdadera casa de oración, con vida familiar incluida. Lo cual sería, y creo que todos concordamos en esto, lo que el Espíritu está suscitando y moviendo desde hace dos mil años. ¿Alguien se anima?

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