Aprendiendo de Rino Fisichella


Para quien no lo sepa, es el presidente del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización. Es decir, que está enterado de lo que habla, y no habla de cualquier manera. Se preparará sus discursos con celo, concienzudamente y con un interés sumo. Todos son escuchados, por supuesto, pero él sabe que tiene un plus en su responsabilidad, que no se la ha ganado por él mismo, sino que se la han confiado. En su equipo trabajará multitud de personas. Por lo que su intervención hoy martes ha es considerada como fundamental, aportando claves de fondo en todos los sentidos. He leído por ahí algún titular que reduce todo a una frase, y me parece injusto. Si el discurso fuera largo, lo entendería, pero no es así. Una intervención breve, pero muy clara:

La nueva evangelización se presenta como un proyecto pastoral que tendrá ocupada a la Iglesia en los próximos decenios. Antes de “hacer” es necesario encontrar el fundamento de nuestro “ser” cristianos, de modo que la NE no sea vivida como un añadido en un momento de crisis, sino como la constante misión de la Iglesia. Se debe conjugar la exigencia de unidad, para ir más allá de lo fragmentario, con la riqueza de las tradiciones eclesiales y culturales. Unidad de un proyecto pastoral no equivale a uniformidad de realización; indica, más bien, la exigencia de un lenguaje común y de signos compartidos que muestran el camino de toda la Iglesia más que la originalidad de una experiencia particular. Habría que explicar por qué en un período de transición histórica como el nuestro, marcado por una crisis general, se nos pide que vivamos hoy de manera extraordinaria nuestra ordinaria vida eclesial. Tenemos que saber presentar la novedad que Jesucristo y la Iglesia representan en la vida de las personas. Sin embargo, el hombre de hoy no percibe la ausencia de Dios como algo que falta a su vida. La ignorancia de los contenidos básicos de la fe se conjuga con una forma de presunción que no tiene precedentes. ¿De qué manera se puede expresar la novedad de Jesucristo en un mundo impregnado sólo de cultura científica, modelado en la superficialidad de contenidos efímeros e insensible a la propuesta de la Iglesia? Anunciar el Evangelio equivale a cambiar de vida; pero el hombre de hoy parece muy ligado a este tipo de vida de la que se siente dueño porque decide cuándo, cómo y quién debe nacer y morir. Nuestras comunidades ya no presentan tal vez los rasgos que permiten reconocernos como portadores de una bella noticia que transforma. Parecen cansadas, repetitivas con fórmulas obsoletas que no comunican la alegría del encuentro con Cristo y no están seguras del camino que deben emprender. Nos hemos encerrado en nosotros mismos, mostramos una autosuficiencia que nos impide relacionarnos como una comunidad viva y fecunda que genera vocaciones a causa de lo mucho que hemos burocratizado la vida de fe y sacramental. En una palabra, ya no se sabe que estar bautizados equivale a ser evangelizadores. Incapaces de proponer el Evangelio, débiles en la seguridad de la verdad que salva y cautos a la hora de hablar porque nos sentimos oprimidos por el control del lenguaje, hemos perdido credibilidad y nos arriesgamos a hacer vano el Pentecostés. No nos sirve en este momento echar de menos los tiempos pasados ni la utopía para seguir los sueños, sino, más bien, un análisis lúcido que no esconda las dificultades ni tampoco el gran entusiasmo de tantas experiencias que en estos años han permitido poner en práctica la NE.

¿Qué está diciendo Fisichella? ¿Qué claves maneja en su intervención sinodal?

  1. Ser. No se trata de un tema cualquiera, ni de formas. Ni de “hacer”, ni de cambiar modos, maneras, métodos. Sino un aspecto esencial de la Iglesia, su dimensión evangelizadora, anunciadora portadora de la Buena Noticia. De descubrir la vida cristiana, de profundizar en la propia fe, de celebrar la salvación, de adherirse a Jesucristo con pasión renovada, de permitir la acción del Espíritu.
  2. Unidad. Eclesialidad de la vida cotidiana, que muestre y signifique lo que representa Jesucristo y la Iglesia en su vida personal. Más allá de aparentes divisiones, más allá de formalismos unificadores. Porque no estamos ante una cuestión tangencial, circunstancial. Unidad y comunión profunda, miembros de un mismo Cuerpo que incorpora a su vez.
  3. La situación cultural. El camino de occidente, fundamentalmente occidente, de raíces profundamente cristianas ha impuesto unas formas de vida en las que es posible vivir en la ignorancia de Dios, siendo insensible a la propuesta de la Iglesia. El reto es enorme. Pide el testimonio de la propia vida, de verdades que vayan más allá de los textos, de acciones heroicas y prometeicas carentes de impronta humana. Pide el testimonio de la propia existencia, completa. Porque asumir el Evangelio es cambiar de vida. Y no debemos olvidar que los cristianos son hijos de su tiempo, que también en ellos se muestran las reticencias a la fe y a la confianza.
  4. Junto a lo anterior, y quizá como consecuencia del choque, se presentan comunidades carentes de vitalidad. Una crítica dura de alguien que conoce bien la realidad de la Iglesia de nuestro tiempo. Comunidades que se saben a sí mismas portadoras de una buena noticia, pero que se han encerrado y burocratizado, que se han vivido y construido y consolidado sin renovación. De alguna manera señala un aspecto clave en la evangelización, y es la falta de propuesta de las verdades de la fe. Una evangelización hecha en ocasiones al margen de la vida religiosa, como mera psicología o sociología, como mera lucha por la justicia, sin asentarse y moverse por la salvación. Que ha dado como consecuencia una depauperación del anuncio cristiano, y una cierta “increencia” ad intra de la propia comunidad, debilitándose a sí misma al no creer, no confiar, no discernir evangélicamente.
  5. Tiempo actual, tiempo para la verdad. Con esto, a mi entender, se dice mucho. La última frase pone el acento marcadamente a favor de la sinceridad de la propia iglesia consigo misma, como en una experiencia de confesión y reconciliación consigo misma, como una verdadera oración. Ni añoranza, ni ilusión, sino verdad y atención a los signos de los tiempos, a los frutos del Espíritu presentes ya en la Iglesia. Y esto, insisto otra vez, lo dice alguien que conoce muy bien la situación de los cristianos del mundo, especialmente en los países de larga tradición cristiana. Lo dice porque ve, porque entienden lo que sucede. Y si dice que hay frutos, está llamando a buscar estos signos y a ser capaces de reconocerlos como dones de Dios, que guarda y cuida siempre a su Iglesia.
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