Adaptación de la fe a la cultura


El diálogo entre la fe y la cultura es un diálogo imprescindible y necesario. En algún momento, tristemente, se separaron prometiéndose a sí mismas un mayor crecimiento, se dieron la mano y se fueron cada una por su camino. Según parece, la cultura ha sido capaz de vivir sin fe -cristiana-, o bajo otros dogmas y credos, aunque empujada por el fundamento y la raíz de la fe cristiana. Existe ciertamente una cultura que pretende negar su raíz. Pero la fe nunca pudo prescindir de la cultura, se proyecta continuamente en ella, la recrea, la humaniza, la integra dentro de lo que el hombre es. La fe nunca pudo prescindir de la sociedad, ni de la política, ni de la justicia, ni de la paz, ni del misterio, ni de la liturgia. La fe, no en vano, es la reconciliación de todo en Cristo, tiende a ello. La fe nunca ha querido escapar del diálogo con la cultura, de su fraternidad con ella, de su parternidad responsable con la razón, de su labor sanadora y purificadora, de la exaltación y primacía del Evangelio entre todos los libros, ni de la belleza del ser humano entre todas sus obras de arte. La fe nunca quiso, realmente, que se produjera una escisión, separación. Siempre anheló el mutuo reconocimiento, siempre tendió la mano a la cultura sin horizonte, en búsqueda de sentido.

Me parece que la intervención de hoy en el Sínodo para Nueva Evangelización de Giuseppe Betori es digna de mucha lectura, atenta y silenciosa, callada y cuestionante para todo cristiano, y para todo evangelizador.

Al igual que Jesús fue un atento conocedor de la vida de su tiempo, hoy la Iglesia debe volverse hacia la cultura contemporánea, segura de que nada puede resistirse al poder de sanar que tiene el Evangelio. Lo demuestran los hechos de la Iglesia en el mundo antiguo, así como la inspiración de fe que animó la renovación de la cultura entre finales del Medievo y comienzos de la Edad moderna. Se trata de escuchar y comprender al mundo, sin subordinarse: la palabra de Dios juzga el mundo.

San Basilio el Grande —refiriéndose al cultivador de sicomoros, que logra que sea comestible el fruto haciéndole un corte antes de recogerlo— interpretaba el encuentro entre la fe y la cultura en su tiempo como una incisión que la hacía sana y válida. El entonces Card. Josef Ratzinger hizo referencia a san Basilio, comentando: “La evangelización no consiste simplemente en adaptarse a la cultura, o revestirse con elementos de la cultura en el sentido de un concepto superficial de inculturación […] No, el Evangelio es un corte, una purificación, que se convierte en maduración y saneamiento” (de la intervención del entonces Card. Ratzinger en el Congreso sobre Comunicación y Cultura: Nuevos recorridos para la Evangelización en el Tercer Milenio, del 9 de noviembre de 2002). El corte lo da precisamente la íntima esencia de la fe, de sus misterios, de los cuales el pensamiento humano se ha alimentado para crecer de forma sustancial.

Evangelizar requiere promover la conciencia y la acogida de las culturas de hoy, una disponibilidad a la que se deben unir la valentía y la fidelidad a la hora de mostrar la fuerza curativa de la palabra de la fe para lograr un verdadero humanismo.

Un camino significativo de esta relación entre fe y cultura es el de la belleza y, por tanto, del arte, que es su matriz humana.

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