Si te encontrases con Dios por la calle…


Con seguridad Dios nos visita a diario y nos acompaña en nuestro caminar. No es algo que haya vivido una persona, dos o tres, a lo largo de la historia, ni siquiera es un tesoro reservado a los grandes y a los santos en la historia de la humanidad, a personas concretas aunque estas fueran muchas. Es una experiencia de la que podemos hablar muchos, que nos ha transformado la vida. Si a alguien está reservada más bien diría que es a los pequeños, en no pocos momentos de su vida. ¿Cómo aprender a darse cuenta? ¿Cómo tener los ojos abiertos, bien abiertos, para reconocerlo, para conocerle cuando lo tenga delante? ¿Cómo sabré quién es, cómo preguntarme entonces por qué me visita? ¿Qué querrá, qué pedirá? ¿Con qué ojos podré verle, con qué oídos escucharle? ¿Me cambiará la vida? Muchas preguntas, todas buenas. Lo importante seguirá siendo el encuentro. Lo de después, Dios dirá.

  1. Para reconocer en la vida, hay que conocer previamente a Alguien. Por lo tanto, para estar despierto es necesario haber orado antes, no comenzar el día de cualquier manera sino esperando ese encuentro en lo cotidiano. Igual que los ojos tienen que abrirse, y los oídos tienen también su proceso, mover el corazón un día más para esa búsqueda requiere también de un tiempo particular de presencia, de búsqueda, y de deseo.
  2. Estar atento a lo que sucede tanto dentro como fuera de nosotros mismos. Porque no es verdad que se pueda reducir esa experiencia de Dios a un simple sentimiento o idea o premonición. También está fuera, visitándonos en el rostro del otro, del hermano, en el acontecimiento que sucede cuando nosotros pasamos por la vida y lo hacemos, no de cualquier modo, sino como buscadores.
  3. Hacer memoria frecuente. Memoria agradecida y sincera, memoria que no deja en el olvido los grandes momentos y no permite que los detalles se pierdan. Quizá ya pasó, y dejó su huella, y lo que ahora pide es atender a su llamada de otra forma.
  4. Actuar valientemente. Y por lo tanto preguntar. Cuestionar si lo que vemos es todo, criticarnos a nosotros mismos cuando reduzcamos lo que tenemos entre las manos, atender a nuestra trascendencia más radical y personal, a esa que nace de nosotros mismos y nos impide tratar las cosas de cualquier forma y a las personas como si fueran cosas. Actuar valientemente desde el compromiso que hemos adquirido primeramente con nosotros mismos.
  5. Escapar de las rutinas y los hábitos. Porque son ellos los que principalmente normalizan y esclavizan en lo simple una vida que puede ser hermosamente vivida. Por qué motivo considerar que hoy es “otro día” cuando realmente se presenta ante nosotros como el único del que disponemos ahora, y el único del que dispondremos hoy.
  6. Acoger lo que sucede desde esa búsqueda. En lugar de prejuzgar y adelantarnos como sabios que todo lo conocen y todo lo juzgan de antemano. La humildad de quien busca es reconocer que puede encontrar en cualquier momento, incluso en lo más insospechado, y que por lo tanto conviene estar atento particularmente.
  7. No desechar nada, y mucho menos a alguien. Porque Dios es un Dios que habla incluso por medio de la burra de Balaam, y su palabra puede alcanzar el corazón independientemente del medio que utilice. Cierto es que hay que escuchar abiertamente, pero quizá estamos demasiado atentos a lo de siempre, o a lo de otras veces, y hoy quiere fijar nuestra atención y camino en otro sentido.
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