Llamarnos hermanos – Miniidea


Una reflexión breve. Porque a mí esto de las palabras me gusta mucho. Y si Dios no se avergüenza de llamarnos hermanos (cf. Hebreos 2,9s) me parece clave que nosotros también le perdamos vergüenza. Nos ayudaría mucho a situarnos ante la vida y los demás de otro modo, llamados a una unidad diferente, a formar una familia, a crear lazos renovados. Nos llama hermanos, ¡Dios mismo! ¡Qué atrevimiento! Cuando nosotros a Él le tratamos de tantas otras formas.

Aprender, además, así que detrás de las palabras va el corazón. Y el corazón se chiva cuando hablamos por hablar, pero también nos dice cuándo lo que sale de nuestros labios es una pura verdad. Aprender a unir entonces corazón y boca, a decir las cosas con sentido, con hondura y con profundidad. Pero nunca rechazar esta palabra. ¡Qué gran camino se ha abierto para el hombre a través de su misma palabra, de su lenguaje, de las cosas que dice! También de las que deja de decir, o de las que dice a medias. El miedo a que sean palabras totales y absolutas no nos debería echar para atrás en esto, y menos en estos momentos. Llamar a la gente hermano es el primer paso, de un largo itinerario en ocasiones, hasta darnos cuenta de que Dios se anticipó y adelantó a cada uno de nosotros mostrándonos la verdad a la que deberíamos llegar todos, sin distinción alguna, sin dejar a nadie fuera.

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