Jolín, ¡no paras!


A mí lo que me impresiona es ver que algunos creyentes y no creyentes están parados, como si no tuvieran nada que hacer. El movimiento, aunque no cualquier movimiento es connatural al hombre, que debe estar siempre creciendo y favoreciendo que otros tengan vida. 

Así es como se refiere a mí una persona amiga después de una conversación esta tarde. Un “jolín” que no ha sido tal y que me he hecho pensar mucho. No se refería a viajes al extranjero, ni a excursiones turísticas, ni a peregrinaciones por España. Más bien la metáfora sería dar vueltas como un electrón en torno al núcleo del átomo, con un centro definido pero en continuo movimiento, rodeándolo y siendo atraído por él. Muchas vueltas, muchas actividades, muchas acciones con un elemento común: la imposibilidad de separarme del centro de mi vida. Y tiene toda la razón del mundo. Porque desde que me levanto hasta que me acuesto hay un denominador común claramente definido y decisorio en todos los sentidos: la fe. Una vida de fe que se proyecta y enriquece, que evangeliza y es evangelizada a su vez, que reflexiona, piensa y enseña, que celebra y crece, que sabe reír y llorar, cantar y viajar. Sin fe, no sería nada. Y una fe sin amor, estaría muerta. Allí donde pongo fe, pongo también, por lo tanto, amor, esperanza, don. Más de lo que se ve, mucho más de lo que algunos se imagina. La fe lleva a la comunión, a la entrega, a obrar más y mejor, a pensar con claridad y rectitud, a evitar la mentira y abrazar la verdad, a defender al débil, a no rechazar al que sufre, a perdonar y justificar. La fe en Jesucristo te une a Él, ¡cómo no dar fruto entonces! La fe en Jesucristo es provocadora incluso para quien la porta, ¡cómo no provocar entonces a otros y dar testimonio! La fe en Jesucristo cautiva por la libertad que ofrece, y centra el corazón. La fe se transforma en relación de hermanos, mayores con pequeños, pequeños con mayores, en cercanía, en proximidad, en contacto y trato, en preocupaciones. No me imagino ningún encuentro en mi vida, nada al margen de la fe. Lo quiera o no, lo llevo escrito en la frente. Cuando puedo mostrarme más reticiente, o con más reparos, en seguida alguien demanda, pide, exige incluso que aparezca ya de una vez lo que todos están esperando. A los que nos piden que seamos auténticos les doy las gracias. También les pido paciencia. La fe es un camino largo, dura toda una vida.

Con todo, hay movimientos que son más sanos que otros, y actividades que son más fructíferas que otras. Lo del mucho movimiento también es peligros, como el mucho trabajo puede poner en riesgo de quiebra el amor, la familia, incluso la propia vocación. Aquí se trata, pienso yo, en discernir con claridad qué es capaz de poner en movimiento y atraer toda la vida del hombre. No parte, sino toda la vida. Ése es un verdadero núcleo, ése se convertirá en gran centro de la existencia. Y pienso que sólo Dios, el Amor por excelencia, tiene la capacidad para llamar a la persona entera, sin partes y sin fraccionarla. Por entero. Cautivar todo, pedir todo, exigir todo. Porque Dios lo da todo. No se trata, insisto, de hacer por hacer ni de movimiento por movimiento. Sino más bien de vida en abundancia. Dios pide todo para sí y al mismo tiempo exige que lo des todo, que no te guardes nada, que la vida sea intensamente vivida, libremente vivida, enteramente vivida.

Quien lo ha vivido sabe de qué estoy hablando. Quien no lo ha vivido, que confíe en lo que digo. Aunque mis palabras sean torpes y cortas para unos y para otros. Me da igual que sea célibe o esté casado, tenga hijos o no, trabaje en esto o aquello, la edad que sea, el lugar que sea. Da igual. Porque no se trata de condiciones, sino de vida y movimiento. No de las refencias de la vida, sino de la vida misma, con todo su encanto. Una vida que se pone espiritualmente en movimiento y que encoge el corazón con toda su fuerza, que pone los pelos de punta, tremendo y fascinante, un amor dado sin medida cuya puerta es la fe.

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