Ser mejor cada día, sin día de vacaciones para el bien


Te pido que lo pienses. Sólo eso. Un minuto para pensarlo con detenimiento, meditarlo un poco. Comprendo que puede parecer una salvajada, un atrevimiento, algo imposible y de locos. Puede que se trate de esto, de arriesgarse a dejarlo todo por ganar aquello, pequeño probablemente, que merecería todo. Puede que no te des cuenta de lo que hay detrás de esto si no lo intentas, ni llegues nunca a saber dónde terminarías si no te lo propones con libertad y voluntad durante, al menos, una semana. Creo que una semana sería suficiente.

Sabemos bien que somos limitados y débiles. Defiendo que ahí está nuestra grandeza, por otro lado, o al menos la puerta para la misma. Lo cual me lleva a considerar que nuestro camino es infinito, que la perfección se alejará continuamente de nosotros cuando queramos saborearla durante mucho tiempo. Dará un paso al frente, seguirá su camino. Y nosotros detrás de ella, en continua búsqueda, con los ojos abiertos y despiertos. La perfección, esa locura en la que está embarcado cada hombre prudente, se realiza cada día. O lo que es lo mismo, cada día tenemos entonces la posibilidad de mejorar. Quizá no de ser totalmente perfectos, pero con mejorar sería más que suficiente. Lo cual vale tanto para quienes se encuentran muy alejados del bien, y deben dar pasos poco a poco, como para aquellos cuya vida está suficientemente estructurada y orientada. A unos porque les puede interesar mucho encontrar rumbo. A otros porque han empezado a gustar y degustar las riquezas de esta proximidad.

Dicho lo cual, entiendo que mejorar cada día significa por un lado la posibilidad de corregirse y purificarse en la propia humanidad, o seguir el horizonte trazado. Por un lado entonces, estar atentos porque de lo hecho mal o mediocre también podemos aprender una fuerte lección. Por otro, porque nos educa en el agradecimiento y la dicha de la rectitud, de la bondad en la propia vida. Ni todo lo hacemos mal y horrible, aunque haya días en los que todo se tuerce, ni todo lo hacemos excelentemente, pues con un poco de conocimiento de uno mismo nos damos cuenta de infinidad de detalles. Entiendo que cada uno debe tener paciencia consigo mismo, para no acelerar. Quizá esto sea de lo más importante, de lo que necesite más control. Todos pueden cambiar algo pequeño de sus vidas cada día, aunque no tengan tanta capacidad para dominarse a sí mismos para querer llegar antes de tiempo al lugar que requiere de su paciencia.

  1. El trabajo hecho, presentado a tiempo y con corrección. Unos lo decorarían más, otros lo revisarían por primera vez, otros sonreirían en su entrega. Cada cual lleva su ritmo y su proceso. Algunos disfrutarían incluso de su cansancio cuando todo estuviera concluido.
  2. El saludo bien dado, la preocupación por las personas. Empezaríamos a tratar a las personas como tales, como personas. Y no como máquinas dispensadoras de billetes, o como contadores de objetos en las cajas de los supermercados, o como ordenadores donde buscar lo que queremos encontrar, o como una prolongación del volante del autobús, o como un pasapáginas y poneexámenes, o como un sueldo que entra en casa y que vierte propinas los fines de semana, o como una sartén paseante, o como una escoba, o como una pistola inteligente, o como una báscula de justicia. Una vez reconocidas las personas detrás de las funciones en las que andan escondidas, o de sus roles, o de sus trajes, entonces será sencillo quererlas mejor, conocerlas más, interesarse por ellas con un sincero qué tal el día.
  3. Cuidar el tiempo, que es el único que tenemos y está distribuido por igual entre todos. El tiempo, lo más justo del mundo. Equitativo, independiente, generoso. Y al mismo tiempo le corresponde ser exigente, demandar frutos, pasar a cobrar lo suyo. Aprovechar la gran riqueza del tiempo que nos ha tocado vivir, y de sus posibilidades, sin mirar en exceso atrás, con la mano en el arado, sin desear que lleguen tiempos mejores, porque éste es el que tenemos delante, el posible, el único real. Algunos cuidarían mejor de su tiempo de trabajo, otros de su ocio, de la gratuidad de los encuentros, de los paseos o de los viajes. Se trata de mejorar cada día, de sostenerse en esa actitud. El tiempo respetado en uno se convierte en escrupuloso respeto en otros, y por tanto, en relaciones directas y cálidas, en encuentros maximizados donde antes se hablaba de poco en muchos minutos.
  4. Mayor preparación, como punto de partida. Hacer algo mejor también requiere de ese tiempo de preparación, que ya es mejorar y avanzar con paso firme en una dirección notoriamente positiva. Quien se prepara piensa, quien piensa al menos está siendo prudente y delicado. La formación de calidad, con criterio, con fondo, nutrida desde su mismo corazón, ahondada en la propia experiencia, dialogada con otros. ¿No os parecería mejorar ya sentarse a revisarse a uno mismo críticamente, sin dejar que la crítica sea lo último?
  5. Disponer de mejores medios, no sólo quedarse en los fines. Los escalones del bien, la carrera de la vida se compone de pequeños y cotidianos momentos de los cuales saber valerse. Por lo tanto, leer el mundo de otro modo, mucho más positivamente relativo. Ya tiene un parámetro claro: en función de, tanto en cuanto. Los medios pasarían a ser medios, lo cual para muchos sería terriblemente positivo y un enorme cambio, nada desdeñable. Los medios dejarían de estar descolocados en el plano general de la creación, y de su relación con el hombre y con el bien. Los medios, las cosas, los acontecimientos, las palabras, las acciones perderían su valor absolutizado para revelar su misterio absolutamente servil y su paciencia con el hombre. Todos los medios a tu disposición, y debes elegir uno. Algunos vendrán dados, sólo tendrás que colocarlos. Pero todo, al fin y al cabo, medio y nada más que medio.

¿Qué pasaría en el mundo si muchos salieran de sus casas con estas doble actitud? Le daría un vuelco al corazón del mundo. Al final terminaría siendo una espiral creada para el amor, la justicia, la libertad, la dignidad de las personas. Una espiral en la que unos y otros se alimentaran en lo mejor, en la bondad, en el reflejo de la bondad absoluta en sus propias vidas, algo tangible, nada abstracto. Nos daríamos cuenta de que unos y otros sonríen más, agradecen mejor las cosas, se fijan en detalles. ¿Qué pasaría si esta actitud se sostuviera una semana en una clase, en una familia, en un trabajo, en una empresa, en una ciudad? A todas luces se notaría quién pertenece a otros lugares. Para empezar, muchos se darían cuenta en una semana de las posibilidades infinitas que tienen para el amor y para ejercer su propia dignidad sin esperar nada a cambio y al mismo tiempo recibiendo mucho. Para empezar, creo que subiría la autoestima, el correcto entendimiento de nosotros mismos. Una semana sostenida sería una posibilidad para terminar de reconocer, de forma definitiva, que mi bien depende directamente del bien del otro, que compartimos humanidad, que nos contagiamos, que formamos un cuerpo, que sin el otro no puedo ser quien soy ni llegar a mi excelencia, que sin el otro que me recibe quedaría vacío en el mundo y me perdería, que sin el otro que se da no sería jamás amado. Una semana crearía suficiente gusto, el necesario para desear prolongarlo a pesar de los errores y de las posibles bajas en el proyecto. Porque quienes se mostrasen más débiles serían fortalecidos y atraídos por el amor de otros, gratuitamente. No se sentirían lejos, y volverían pronto a la espiral que hemos conseguido crear. Una semana, estimo ahora, convencedería de que en un año habrían cambiado, para bien, demasiadas cosas que quisiéramos apartar, contra las que luchamos con armas y medios inapropiados. Pero semejante inteción sólo puede ser sostenida por el Espíritu, que es el que une a los hombres. Al final del año no nos habríamos creado a nosotros mismos, de nuevo, sino que habríamos sido recreados desde dentro. Y entonces nos preguntaríamos quién hizo tanta maravilla, quién fue capaz de pensar y querer algo tan increíble como la capacidad del hombre para el bien. Y terminaríamos aceptando la presencia del Bien en nuestras vidas, de forma continua. De su Verdad indiscutible, de lo mucho que importa al hombre. Al final terminaríamos de empezar la aventura definitiva de la humanidad, que no se para en ella misma.

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