Hacer, de quien tengo al lado, una persona mejor cada día


La vida tiene suficientes imprevistos, dificultades y sorpresas como para que me tome en serio que puedo ayudar y dar facilidades a los demás, que puedo hacer de su camino y de su vida algo sorprendentemente maravilloso o una condena terrible, insoportable y desdichada. En nuestras manos está, no pocas veces, lo que sucede a los demás. Y lo sabemos por doble vía: por la de la propia experiencia pasiva, cuando otros nos ayudan o nos estorban; por la de la experiencia activa, cuando nos comprometemos con decisión a servir a otros o a hacerles la vida imposible. ¡Qué enorme responsabilidad! Que ya llevamos con nosotros mismos, que nos une indiscutiblemente a los otros.

  1. Hablar mejor de ellos de lo que ellos mismos son capaces.
  2. Enseñarles lo que no saben, curar sus ignorancias.
  3. Hacer por ellos lo que ellos no pueden hacer.
  4. Dar el número de teléfono, como signo de disponibilidad.
  5. Esperarles con paciencia y caminar a su ritmo.
  6. Ser bastón en la debilidad, vela en las fortalezas.
  7. Dotar de la experiencia que no tienen.
  8. Aprender de ellos, darles la posibilidad de enseñar.
  9. Dejarles libres, hacer personas responsables de sus actos.
  10. Ser claros en nuestras apreciaciones, que encuentren un lugar de autenticidad en tu compañía.
  11. Ofrecer descanso y reposo cuando corresponda.
  12. Tensar y dar movimiento en los momentos en que se frenan.
  13. Saber frenar a quienes van acelerados.
  14. Dedicarles tiempo, si no mucho, sí de calidad.
  15. Disfrutar en su compañía, atender sus necesidades.
  16. Regalar en los tiempos de “todo tiene un precio”.
  17. No permitir cualquier cosa en sus vidas.
  18. Rescatar de sus aislamientos y egoísmos.
  19. Valorarles por lo que son, nunca por menos.
  20. Preguntarles con frecuencia qué tal están.

Somos personas que, cuando nos retiramos y pensamos, nos damos cuenta de que los demás son fundamentales en nuestras vidas y dependemos de ellos, dicho del mejor modo posible. No existe reflexión donde otros no intervengan, ni hay decisión que no esté contaminada con otras libertades y pensamientos, ni pregunta grande que el hombre pueda responder solo, por sí mismo. No hay yo sin tú, sea quien sea. Para bien o para mal. Y nos debería preocupar qué piensan, en este sentido, los demás de nosotros, y cómo nos estiman, y cómo nos colocan en el mundo, y cómo nos tratan, y cómo… En definitiva, que somos demasiado importantes para otros, lo queramos o no. ¡Qué responsabilidad tan grande y tan extensa!

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