En la comunión de los santos


Uno de los momentos más impresionantes de mi vida, que no puedo sino recordar con los pelos de punta y un gran entusiasmo y alegría corriendo por mis venas, fue el momento en el que en la Ordenación Sacerdotal, todavía diácono, me tumbé en el suelo boca abajo mientras se cantaban las letanías de los santos y santas. En ese instante, prolongado y repetitivo, a no pocos se les encoge el corazón, y le brotan las lágrimas. Dos veces antes había vivido lo mismo, en mi consagración solemne en la Orden y en la ordenación de diácono. Pero en la ordenación sacerdotal fue diferente, verdaderamente intenso. Puedo decir con absoluta certeza que no había vivido nunca antes algo similar. Los santos habían sido en mi vida personas agradables, simpáticas, inteligentes y valientes, a quienes leer o sobre quienes leer, cuyas historias me ayudaban. No tanto ellos, sino sus historias. En ese momento fue al revés, no eran sus historias, sino ellos los que se hacían presentes, oraban con nosotros porque la iglesia alzaba su voz y canto. ¡Qué momento!

Los santos no están olvidados en la Iglesia. Quizá debamos recuperarlos un poco más, cada uno en su medida. Creo que nos haría mucho bien, ciertamente. En la liturgia y oración de la Iglsia se recuerdan todos los días, cada uno tiene su momento, y suponen una gran sorpresa y una palabra continua. Un año me dedicaré a escribir cada día sobre uno de ellos. A mí me hace especial ilusión hacer memoria de sus vidas, rezar su oración, que es compendio de toda una vida larga o corta pero entregada completamente, unida a la de Jesús. Creo que ayudan mucho, en diferentes horizontes. Desde lo más sencillo, hasta lo más alto. Quien se acerca a sus vidas, a sus escritos, a sus obras, a sus carismas sale siempre enriquecido. Hoy, por ejemplo, la Iglesia celebra con inmensa alegría la memoria de San Francisco de Asis, que es a su vez motivo de unidad de creyentes y no creyentes por la paz en todo el mundo. Siempre son una riqueza.

  1. Modelos de vida. De muchas maneras, en múltiples tareas, en estados diferentes, en continentes y épocas distintas muestran su particular forma de vivir. Animada y habitada por una presencia misteriosa, que les mueve y que no deja indiferente a las personas que tienen alrededor. Quedarse en sus nombres, o en sus títulos de pastores, varones, mártires es no llegar a nada. Lo de “me suena”, queda en poco. Está claro que el mundo necesita referentes radicales e incondicionales. Algunos les llaman héroes, y no me extraña ni lo más mínimo. Aunque los hay pequeños y sencillos, alejados de grandezas que brillan ante el mundo.
  2. Su imagen y representación, en algunos casos, me ayuda. En otras no, más bien me desconcentra y me hace perder la dirección y el rumbo. No son las espadas o los libros o las palmas, sino los rostros lo que busco. En ocasiones porque son desgarradoras, en otras por su serenidad. Pero me imagino a estos hombres en un mundo como el mío, compartiendo su tiempo y su historia. Supieron vivir en la grandeza del Espíritu lo que les tocó, sin elegirlo, ni quererlo. Fueron dichosos con o sin ordenadores, viajando en barco o en mulos o con coches, en las selvas o en las calles, en las clases o en las camas del hospital o en sus cuartos orantes. Son una maravilla encarnada, viviendo el Evangelio.
  3. Centran el corazón en lo importante, en lo único importante. Y lo hacen poco a poco, dando pasos, sabiendo lo que es avanzar, copmrendiendo mejor que nadie nuestras luchas, tensiones y miedos. Ellos las superaron. Todos ellos son reflejos de un Amor inmenso que quiere y desea conquistar el mundo y salvar al hombre. Todos ellos, con toda su vida y con todo su ser, se pusieron al servicio de este Amor, amando en la educación, en la sanidad, en la enseñanza, en la caridad, en la pobreza, en la libertad, en la vida comunitaria, en el cuidado de los demás, en la oración, en la reforma de la Iglesia. Siempre movidos por amor, hasta el punto de que sólo les movía el amor. Una de las cosas que más me apasiona de su vida es el camino de santidad que han abierto. Esto de que son santos desde siempre, me parece cuestionable. Pero su camino es camino de santidad, y es una maravilla adentrarse en sus sendas.
  4. Hablan de lo imposible, hecho posible. Siempre hay una distancia, causan admiración. Siento debilidad por los imposibles de estos hombres, que ahora quizá veamos con relativa normalidad incluso. Pero alguno fue el fundador del primer hospital del mundo, otros de la primera escuela, otros del primer hogar para ayudar a morir con dignidad, otros ofrecieron perdón, misericordia y perdón a cambio de insultos y violencia, otros fundaron instituciones para promover y unir el cielo y la tierra, otros fueron maestros en el discernimiento, acompañantes en los caminos de los hombres y de sus inquietudes, iluminaron la tierra con su presencia, otros fueron excelentes administradores del perdón y de la misericordia durante horas, acogiendo incondicionalmente a los hombres en su corazón de pastores, otros abanderaron la construcción de la iglesia en la verdad del amor y en el amor a la verdad. Todo esto me parece imposible, a las fuerzas humanas.
  5. Una mirada limpia, centrada en sus posibilidades, en su camino. ¡Qué lejos están estos hombres de alejarse de sí mismos y de Dios! ¡Qué comunión tan bonita! Pendientes de lo suyo, de su misión, de sus tareas, de sus pasos, huellas y caminos. La mirada lanzada al mundo desde sus vidas es sobrecogedora. Se consideran a sí mismos bajo una luz brillante, se ven sumidos en la máxima debilidad y pobreza mientras hacen y obran conforme a la plenitud misma del amor de Cristo. Y no hay quienes le arranque otro pensamiento, siempre solicitando de Dios misericordia y encendidos de agradecimiento.
  6. Un grandísimo invento de Dios. Me alucina que Dios sea tan creativo uniendo personas. Porque la comunión de los santos no se refiere sólo a la unidad de los grandes santos entre sí con el Señor, ni de los grandes santos entre sí formando la asamblea. También nos habla, y lo experimentamos, de la fuerte relación de nosotros aquí y ahora cuando dejamos brillar la santidad en nuestro corazón, de la relación tan intensa que se puede llegar a crear entre los hombres y mujeres dentro del tiempo, que conecta la santidad de unos con otros haciéndoles mejores, más humanos, más compasivos, nunca solos, con coraje renovado, con apoyo firme más allá de la propia debilidad.

La pregunta: ¿Y tú? Se responde fácilmente.

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6 pensamientos en “En la comunión de los santos

  1. Y sabes, seguro que te ha pasado, la vida de los santos en algo que les ha pasado o en momentos concretos se parece a la vida que tenemos en el siglo XXI aunque hayan vivido hace 600 o más años. Saludos!

  2. Una primera leída muy rápida, en “diagonal”; una segunda con un poco más de atención, y una tercera que vendrá en un rato para leer con pausa. Estoy sorprendida-agradecida por esto que escribiste. Qué genial que alguien te haya inspirado esto a modo de respuesta; me siento en comunión con quién pregunta y encuentro destellos de respuestas en este post. Me siento de verdad agradecida y contenta como si alguien me hubiera hecho un regalo… De verdad es así.

  3. Padre gracias por compartirnos su experiencia… y la llamada que todos tenemos ser santos.-esa comunión que logramos unir la de los santos que estan el cielo y los que esta en la tierra cuando nos amamos los unos a los otros y nos alegramos ,lloramos,rezamos con los hermanos—

  4. Pingback: En la comunión de los santos | Preguntarse y buscar

  5. He redescubierto la importancia de los santos hace relativamente poco. Siempre los tuve presentes. Mi regalo favorito de Primera Comunión fue un libro con la vida del Santo de cada día. Los he vuelto a traer a la primera fila de mi vida de fe, tal vez porque estamos necesitados más que nunca de modelos, de testimonios, de vidas sencillas y humildes como la mía elevadas al cielo… Los santos son una bendición para la Iglesia, referencia imprescindible…

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