Profe, ¡lo has dicho al revés!


Qué interesante es darle la vuelta a las cosas, y verlas desde el otro lado. Se sigue leyendo lo mismo, con un poco más de esfuerzo. Se sigue viendo lo mismo, con sacrificio. Es curioso, pero aunque le des la vuelta al mundo, el mundo sigue siendo el que es, porque no hay otro. Pero surge la sorpresa, el descoloque, un movimiento sutil del alma y del espíritu que te devuelve diferente al mismo mundo del que antes venías, para que sigas tus pasos. No sé si el mundo ha cambiado en algo, creo que no, pero tú sin duda alguna sí.

Termino el día de hoy, que por otro lado ha sido agotador, con la conversación entrañable con una amiga de toda la vida. Me cuenta que en el pasillo de su instituto -ella también es profesora- ha encontrado un alumno de esos que se pasan demasiado tiempo fuera de las clases y resultan incómodos porque no están quietos en sus sillas, ni se callan para escuchar. Uno de tantos, quizá, en los que pensamos a nuestra manera, creyendo que se han salido del carril de la normalidad y que llevan una vida que no quisiéramos que se extendiera. Entre ellos, entre mi amiga y este muchacho, ha habido más que palabras, se ha producido un encuentro.

Mi amiga: “¿Qué haces aquí, otra vez?”

El muchacho: “Me han vuelto a echar de clase.”

Mi amiga: “¡Ya quisiera yo darte clase!”

El muchacho: “Profe, ¡lo has dicho al revés!”

Y es que hay gente a la que se le ha enseñado, no sé cómo, que su presencia es indeseable, que su comportamiento no puede ser adecuado, que su lugar son los pasillos de los institutos. Y lo dicen con sus palabras y a su modo, como dándose cuenta de que las cosas no son como parecen, que hay una bondad que rompe la lógica hasta el momento establecida, que hay un encuentro que abre nuevos mundos, devuelve a la vida, sorprende por su compañía. Este joven, desentendido en tantas materias, escuchó algo que chirriaba e intentó reconducir, sin éxito, la conversación a lo de siempre.

Creo que mañana, sin ir más lejos, intentaré decir algo de esto inesperado, algo de lo que otro se pueda sentir orgulloso, algo que reconduzca a la bondad y al encuentro, que provoque por su capacidad para romper los esquemas y prejuicios, que cuestione lo que hasta ahora vamos haciendo. Esto es fácil, creo, si uno sabe qué es lo que han aprendido otros a esperar, ya desde niños y jóvenes, del mundo que les rodea.

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