¿Alguien me puede explicar por qué se nos olvidan cosas?


Estos días sufro mucho, porque mis alumnos tienen exámenes. Y los veo estudiando justo antes, mirando la misma página que después les voy a preguntar, y no les puedo decir que presten atención y que se lo aprendan bien para no olvidarlo. Sufro porque después veo que algunos se olvidan de detalles, que sé que sabían, o se olvidan al menos de ponerlo en el papel. Y, ¡claro!, eso no vale ni entra en las reglas. Pero sobre todo sufro porque un huracán puede pasar por el Caribe, pero se nos olvida, y lo miramos sólo desde Nueva York, atentos a sus metros, a sus aceras, a sus periodistas empapados. Y también sufro mucho porque hace dos días, como aquel que dice, se comunicó que 800 millones de personas viven por debajo del umbral de la pobreza, que es a su vez la misma cifra de adultos analfabetos en el mundo estimados en 2012; a los que hay que sumar todos aquellos que viven como adultos sin serlo, es decir, los millones del niños que prolongarán esa cifra porque en su fértil vida no se sembró a tiempo. Y no dejo de sufrir al ver que se olvida, de un día para otro, la violencia y la injusticia global, por cuya sostenibilidad no tiene nadie que preocuparse, porque su estructura se construyó con buen hormigón armado, pese a la actual crisis de la construcción. Injusticia que prolonga sus daños, en actores públicos que se visten de tragedia para seguir contando chistes, mientras sigue importando más el fútbol que una buena educación que haga pensar y que sea creativa.

Se nos olvidan tantas y tantas cosas, que no puedo recordarlas. Las lecciones de esa gran maestra que es la historia, por falta de atención en la clase de la vida y en la escucha a los más mayores. No tomamos bien los apuntes de matemáticas cuando restaban todavía muchos días para el examen de nuestra responsabilidad, y de nuestras riquezas personales, y no supimos resolver finalmente la ecuación de la felicidad en las pequeñas pruebas de la existencia. Algo no cuadraba en el círculo de la comodidad y del bienestar que se retroalimentaban el uno al otro sin el esfuerzo ni la constancia. Durante las explicaciones que hacía el profesor de filosofía pensábamos que aquello era muy complejo y enrevesado. Por lo menos, me parece, ¡nos hacía pensar! Pero nos conformamos amistosamente con decirle a quienes nos escuchaban que para qué servía todo aquello en las tardes de ordenador y de sofá. No tiene sentido memorizar tantos nombres, ni aceptar tantas preguntas. Alguno, avejentado ya por la experiencia, quizá nos miró y pensó para sus adentros (pensó, porque había estado en clase de filosofía) que ojalá vivir fuera tan sencillo como en aquel libro de pocas páginas había escrito. Si aquello nos parecía enrevesado, ¡espérate a vivir! Y es que, con tantas distracciones, perdimos cuerda y comba donde había que meter pasión por lo que hacemos y sentido en cuanto estamos involucrados, con o sin querer, con o sin libertad, antes de llegar a reclamar el sobresaliente o el aprobado en los derechos. Lo de leer, lo que se dice leer, lo descubrimos tarde. Juntar letras, palabras, y descansar en los puntos lo llevamos bien mientras respiremos en las comas como Dios manda. De lo contrario se nos atragantarán las noticias, envenenadas y embebidas de las ideas de otros que desembarcaban con furia conquistadora en las series de televisión. Allí también se hablaba, se leía, se escribían poemas. Leer y escribir, que siempre fueron de la mano en toda la historia de la humanidad, aparecían disociadas y separadas. Y aprendimos entonces a leer sin decir nada, callados y mudos, recibiendo sin parar y sin que todo aquello chocase con algo que llevábamos dentro. Y escribir se convertía en resumir y hacer esquemas, en completar frases hechas en las que faltase sólo una palabra, o dos, da igual en qué idioma fuera. La clase de ciencias fue la salvación, se propuso a sí misma como salvación y saber completo que hacía inútil todo lo anterior. Olvidando el lugar que le correspondía, y su propia limitación y debilidad. Y allí se lanzó a la aventura de darle algo al hombre a lo que aferrarse, a base de leyes seguras y de precisión y exactitud. Se emancipó de la razón humana, que es humanista, y creó su propia sede y espacio llevándose al latín y al griego esclavo de sus nombres. El inglés, su ancilla, su esclava en el progreso. Gracias a su poderoso saber fuimos capaces de mirar el mundo desde la ventana que, en forma de boquete de libertad y de grandeza del hombre, fuimos capaces de abrir en el limitado horizonte en el que se encontraba la sociedad heterónoma e ignorante. Y notamos el aliento del aire, y le pusimos nuevo nombre. Y sentimos a un tiempo nuestra inmensidad y nuestra debilidad, y le pusimos nombre. E intentamos explicarlo todo, incluso por qué estábamos juntos, y aún más y más cosas, y le cambiamos el nombre que hasta entonces nos habían obligado a repetir. Y yo me pregunto, ¿nadie tenía ganas de subir más allá, a la azotea, y mirar?

Me pregunto si la persona habrá olvidad, si el hombre y la mujer habrán olvidado que ellos son parte de la solución y no el problema. Me pregunto si no habremos olvidado, con demasiada frecuencia, que no estamos verdaderamente solos en el mundo, que fácilmente podemos encontrar a alguien a nuestro lado. Me pregunto si no habrá descuidado la persona su grandeza, su fuerza, su luz, sus sueños, dejando todo esto en manos de otros que hablan de lo que no interesa. Me pregunto si no hemos olvidado, al menos en cierto modo, que creemos. Me sigo preguntando por qué se nos olvidan cosas, como que no se nos pueden olvidar los últimos de la tierra, o que somos hermanos, o que nuestra vida tiene sentido, o que buscamos la felicidad todos los días de nuestra vida y no unos pocos, y que creemos y confiamos, y queremos confiar y creer aún más si cabe. Me pregunto si no merece la pena recordar, volver a recordar, atender bien y fijar lo aprendido, en lugar de tanto desaprender y de tanto minusvalorar la memoria.

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El valor del testimonio (parte 2)


Ayer prometí segunda parte, al menos, anunciando que el post anterior era la primera. Y voy a ello.

¡Hay que tener valor para dar testimonio! ¡Qué duda cabe! Pero sobre todo hay que tener vida. Nadie puede dar testimonio creíble de algo si no lo vive. Esta es la cuestión por la que tanto interesa hoy el testimonio: quien testifica lo hace desde su propia vida. Si fueran palabras, sin más, creo que no lo llamaríamos testimonio. O mejor dicho, lo que se valora hoy es lo que va más allá de las palabras, o no se queda en ellas, o no son solo palabras.

Por otro lado, sin embargo, se corre el peligro de anunciarse a sí mismo, y de anunciar lo que se vive. Y, sintiéndolo mucho, esto no es así. Ni puede serlo. Si lo piensas sólo un momento, se trata precisamente de lo contrario, de mostrar algo más grande que yo mismo, mejor que yo mismo. Y salir del yoísmo, de los egocentrismos y de las lagunas que, inevitablemente tiene nuestra vida. Para esto sí hace falta valor, porque la pregunta será siempre: “¿Y tú qué?” Y tendrás que decir lo de siempre: “Precisamente no quiero que me miréis a mí, sino a Otro.” El valor, por tanto, no está en la transparencia sino en la capacidad de referencia, en la capacidad de transcendencia, en la capacidad de cuestionar y de dar pie a otras posibilidades.

Comprendo, por tanto que, se dan al mismo tiempo en la persona dos realidades que generan mucha tensión: (1) Querer vivir, con pasión y con entereza, su propia vida centrado en lo que ha descubierto, en lo que va descubriendo; es decir, con la tensión que genera en él buscando su unión y unidad (2) Darlo a conocer sabiendo que no se identifica consigo mismo, ni que él lo es todo; con la humilidad suficiente como para estar delante de los demás, no en la meta y con todo logrado y perfecto, sino igualmente en camino.

Nada he dicho, y soy consciente de ello, de las formas con las que damos testimonio. Pero estoy firmemente persuadido de que la mejor de todas, sin lugar a dudas, es habitar el mundo en gerundio: caminando, viviendo, creyendo, deseando, aspirando, sufriendo, entregando, compartiendo… Mostrar una identidad que, siendo clara y directa, no quede cerrada sobre sí misma, por tanto, como si esto fuera todo lo que hay, abiertos a la duda y a la pregunta, a la confianza que da seguridad y que sabe apoyarse fuera de sí mismo, a la certeza que no proviene en exclusiva de uno sino que ha sido discernida.

Educar el placer de escribir


Ayer pregunté en clase a mis alumnos si leían. Me dijeron que no. Les tuve que demostrar que sí, que sí leían y leían mucho. Que estaban todo el día leyendo y queriendo leer más y más. Especialmente aquello que les gusta. Porque les gusta leer. Y ninguno, al final de la demostración tecnológica que les hice, se atrevió a replicar. Fue como si una verdad contundente llegase a sus vidas, a pesar de estar viviéndola desde hace tiempo. Se han convertido en críticos literarios a su nivel, por vía afectiva e interés personal. Se están haciendo como escritores, y todos los días practican y afilan teclados móviles y fijos en la tarea de decir lo que piensan. Y sienten ya la necesidad de escribir, y la liberación que supone. Y descubren lo importante que es ser leídos, y que aquello lleve más allá incluso de las letras, y permita seguir hablando a través de nuevas letras. De modo que las letras llevan a su vez parejas más letras, y más palabras, y más diálogo, y más vida. Y las palabras que, por desahogo, tensión, interrogantes, sentimientos y emociones salieron de sí son creadoras de ilusión y de más sentimientos, y de más ideas a su vez. Y así, de forma imparable, se extiende por nuestro mundo el valor de la escritura, como testimonio perenne, pero fácilmente olvidado.

Y les pregunté si alguna vez se habían leído a sí mismos incluso. Y qué han pensado al mirar hacia atrás y ver lo que pensaban, y lo que sentían, y cómo lo decían. “¡Qué vergüenza, profe!” Ya no soy el mismo. Ahora he cambiado. Me preocupan otros temas. Lo diría de otro modo. “¡La que se lió!” En otros casos, más de uno lo dijo con excelente libertad, como un ejercicio de superación de la masa, que releía lo que escribía y se asombraba de su capacidad para contar cosas. Buscadores de belleza, y de verdad. Así los definiría yo. Buscadores de emociones, y del otro que es capaz de compartirlas. Buscadores ansiosos en ocasiones, compulsivos y desenfrenados. Buscadores centrados exclusivamente en la consecución de algo de felicidad en un mundo aplastantemente dirigido. Buscadores que, con sus letras expresan libertad y deseos de grandeza, y hacen suya su propia vida. Buscadores, sí. Grandes buscadores, que comunican, que alcanzan a otros, que ennoblecen a los demás señalan sus grandezas en los tiempos de la confusión y que hieren, porque también dañan y con mucha profundidad, cuando ellos mismos se sienten heridos.

Escribir, como siempre ha sido dicho por los grandes, supone una gran liberación, es expresión de uno mismo, más incluso de lo que parece. Supone dar testimonio propio, personal, único. Lo que he escrito, nadie más lo ha escrito al modo como yo lo digo y en el lugar en el que yo lo digo. Genera, delante de mí y ante otros, una realidad compartida a partir de la cual trabar relación, comenzar amitad, profundizar en los sueños, concretar poryectos. Está ahí, más o menos disponible, esperando ser leído al modo como cualquier persona busca ser querido, buscar ser acogido, busca ser comprendido. Las letras tienen ese poder, la inmensa responsabilidad de hacer de mediación más allá de las imágenes de lo que, de otro modo, no se podría decir. Y ajustan, matizan, dan pie a sutilezas, también a engaños entremezclados con la propia ignorancia y los sueños.

En nuestro mundo, con estos jóvenes tan maravillosos, con tantas personas buenas y estupendas, ¿cómo no empezar a descubrir el placer de escribir, y educar en él, pese al esfuerzo que suponga en ocasiones, para alcanzar mayor humanidad, mayor personalidad y más definida, mejores búsquedas? Si las letras de otros pueden hacer de brújula en esta tarea, las propias letras nos señalan las coordenadas exactas en las que nos encontramos. ¡Qué gran regalo ha hecho la educación de enseñar a unir signos! ¡Qué gran tarea queda por hacer, hasta convertir letras en expresión del espíritu! ¡Qué responsabilidad leer, y acoger lo que otros dicen, y seguir así esa búsqueda y pista!

Vístete de ti mismo – Miniideas


Curioso disfraz, que nos revela la necesidad de ser quienes somos, de vivir conforme a lo que somos. Pero más aún, decir a dónde vamos y a dónde queremos llegar, a qué estamos abiertos o cerrados, disponibles o no. Vístete de ti mismo, porque es el mejor traje que puedes ponerte. ¡Piénsalo! No lo confundas con la ropa, ni con cosas, ni con otros signos. Lo más valioso eres tú. Si para llegar a eso tienes que despojarte de otros ropajes y disfraces que nos han puesto en nuestra existencia, ¡hazlo! Si tienes que buscar lo que es más apropiado para ti, ¡sal a por ello! No te quedes sin disfrutar de este regalo tan grande, ni a otros de poder contemplarte como eres. Tú sabes, ¡lo sabes!, que es lo más bello que hay en tu vida, lo más rico, lo más inmenso, lo más noble. Tú, con tus aspiraciones y sentimientos, con tus sueños y locuras, con tus ideas e ideales. Eres tú, en todo tu explendor, en toda tu grandeza. Aunque, cuando lo intentes, si te atreves, te darás cuénta de lo difícil que es vivir de este modo, porque será más fácil esconderse y escondernos, por medio a que se pueda romper. Cuando lo intentes, sabrás de qué estoy hablando, si es que no lo has hecho ya. ¡No desesperes! ¡Es posible!

El valor del testimonio (parte 1)


Escucho con renovado entusiasmo, y atiendo sorprendido, al resurgir del testimonio. No sé si os pasa lo mismo. Puede que sea sólo cosa mía, o quizá no. Pero tengo la sensación de que en muchos ámbitos y ambientes se reclama el valor del testimonio.

Expresión que he pretendido ambigua, porque también encuentro diferencias en los planteamientos de quienes lo piden y solicitan. Por un lado situaría la llamada a dar testimonio con valentía, y de ahí “el valor” en tanto que el atrevimiento, la autenticidad, el mostrarse tal y como se es, el plantear interrogantes y ser significativos en el mundo y en las masas del mundo, el salir del anonimato, el dar una palabra y ofrecer un testimonio. Por otro lado, sin embargo, se plantea valorar y darle valor al testimonio, dotarle de contenido, recuperar la importancia de los testigos, de los modelos y de las referencias.

Ambas claves se dan la mano, si lo leemos bien, y se demandan mutuamente como diálogo en el que hay una pregunta y una respuesta. Porque quien pide, pide vida, y que nos dejemos de canciones, de palabras. Quiere testimonio, concreto y práctico, de lo corriente y cotidiano, de lo que se ve aunque no se vea todo, de lo que sugiere que algo más hay detrás de todo esto, del sentido de las cosas y del sentido de su propia vida. Se necesita, como agua de mayo en medio de un árido desierto, testigos que marquen rutas, que señalen nuevamente por dónde, y cómo avanzar.

  1. No vale cualquier testimonio, ni cualquier testigo. Es más, algo me dice que todo aquel que se quiera presentar a sí mismo como testigo de algo se desprestigia, y cae en lo peor, en la manipulación. No necesitamos, entiendo, que ahora le dé a la gente por ser más no sé qué, por ser más no sé cuanto. Cuando esto sucede, y alguno sale con algún letrero especial que pone “seguidme, porque sé a dónde hay que ir”, lo que sucede precisamente es el rechazo.
  2. Creo que la vía y la necesidad está poniendo sus ojos en otros horizontes. Personas con vida, personas felices, personas auténticas. Y en ese sentido, normales y sin rarezas ni extravagancias. Con particularidades, y únicas ciertamente, con personalidad y criterio, con realismo y sueños. Aquellos que viven su normalidad de forma extraordinaria. Que sientan que están donde tienen que estar, sin encajar del todo. Llamativas, y provocadoras, provocativas, cuestionantes, sin dar la plasta continuamente con preguntas y alegatos.
  3. La cuestión que me parece más relevante en todo esto, según se plantea en ocasiones, es la de la visibilidad. Se incide en dar la cara, en no ocultarse, en no empequeñecer la grandeza, en hacer un ejercicio de trasparencia y de utilizar las formas de hoy, en ese sentido. En lugar de atrincherarse en las actitudes, provocar actos de valor. En lugar de quedarse en las materias, pasar también a las formas. Aunque creo que esto nunca fue algo que fuera desconexco, porque todos sabemos,  y lo sabemos bien, que finalmente termina apareciendo aquello que llevamos dentro, que termina por mostrarse. La visibilidad que hoy se reclama creo que va más en la línea de la unidad de la personas, sin dicotomías entre ser y hacer, entre ser y parecer, que a la larga son falsas y engañosas. La visibilidad va en la línea de la coherencia y de la totalidad de lo que la persona es.
  4. Por otro lado, me pregunto si cuando se habla del valor del testimonio no se llenará de contenidos artificiales y de formas poco comunicativas. ¿Qué supone hoy dar testimonio de lo que somos? Me pregunto cómo una familia vive esto, entre un padre o una madre y sus hijos. Y descubro muchas claves, de las cotidianas. Como la risa contagiosa, como el abrazo y cercanía, como la seguridad y confianza, el proceso de libertad y de responsabilidad de unos con los otros, en el compartir. Y sobre todo, en que sepa desde pequeño quién es su padre o su madre, y cuánto le quieren. En los momentos buenos, en los malos, en las fiestas, en los exámenes. Estar a su lado es el mejor testimonio que se puede dar, que puede existir. La conversación, la compañía, el trato familiar, el involucrarse unos en la vida de los otros. Así un niño crece, con el testimonio de los suyos.

 

En internet también se dan relaciones sinceras, nada superficiales


Esta tarde debatíamos en mesa ovalada sobre el tipo de relaciones que se dan en internet, y del “modo de estar” en este espacio público tan amplio y diverso. Y el tema no resulta nada fácil, ni dedicándole tiempo. Podemos hacer un análisis detallado de la situación real de jóvenes y adultos en las redes sociales, y encontraremos a ciencia cierta de todo lo habido y por haber. Desde la falsa identidad hasta la relación más auténtica. Entiendo que para valorar ambas lo que hacemos es “verlas desde fuera”. Y aquí me parece que hay un criterio que puede ser clave y decisivo a la hora de pronunciar nuestro “juicio” al respecto: a mayor autenticidad, con más facilidad traspasará los muros virtuales de la red y se encontrará en un cara a cara directo, no mediatizado; lo digo porque la “falsa identidad”, la relación pobre y engañosa se ve encerrada y limitada a la red de forma exclusiva. De modo que, para que se puedan dar relaciones no superficiales ni efímeras, ni vulgares y simplonas, hace falta introducir en la red la propia vida, estar como en la vida misma, sin que existan las famosas dicotomías y diferencias que hacemos habitualmente en la teoría. Claro que, de máscaras y engaños, ya estábamos cansados de escuchar hablar antes incluso de la era de las redes sociales. Y, si bien entiendo que hay un modo nuevo, que aprender en tanto que nuevo, de estar en la red, también es cierto que ese aprendizaje sólo es posible hacerlo haciéndolo, aceptando limitaciones y equívocos, purificando y estando despiertos a las consecuencias que se provocan. Las posibilidades y los problemas no están en la red, sino en las personas que entran a formar parte de ellas, y de sus motivaciones e intenciones.

Por lo tanto, entiendo que internet es un espacio en el que es posible, sin duda alguna, conectar algo más que ordenadores entre sí, o perfiles entre sí, o palabras entre sí, generando una verdadera comunidad, una auténtica relación personal, sea de amistad, esa de compañerismo, sea de colaboración. Y esta autenticidad, como en todo, salvará a la red de la mediocridad. Otra cosa es que, dadas las dimensiones de la vida de las personas, quiera alguien hacer valer que con todos los “amigos de facebook” o “seguidores de twitter” o “lectores de blog” se establezca el mismo grado de intensidad. Algunos todavía preguntan sobre esto, si conoces o no conoces a todos. Y la respuesta, como en la vida misma, entiendo que es un claro y rotundo no. Se establecen, como no puede ser de otro modo, grados de relación y de colaboración, de diálogo y de discusión. E insisto, ¡como en la vida misma! Y siendo como en la vida misma, entiendo por tanto que es, como poco, normal, aunque yo lo valoro como de lo más humano. El problema está en que las personas no sean capaces de graduar estas relaciones, o la dejen en dos simples planos: el público y el privado. Sin aprovechar los medios de los que dispone la misma red para hacer seguimientos diferenciados de personas, o para compartir en grupos y niveles diferentes. Insisto en que muchos de los problemas que se ponen a la red y a las redes provienen de la falta de educación y de la carencia de conocimientos suficientes sobre el medio en el que nos movemos. Somos demasiado nuevos, y nos perdemos en ocasiones y cometemos fallos. ¡Como en la vida misma!

Por otro lado, mi experiencia no puede sino invalidar las críticas que tantas veces escucho. Parto de que no es oro todo lo que reluce. ¡Como en la vida misma! Sin embargo, me quito el sombrero ante ciertos diálogos que he presenciado y en los que he participado en internet, a través de Twitter o de Facebook, y de igual modo ante conversaciones en las que, de forma clara, directa y sencilla, más de una persona -a la semana- comenta en privado alguna situación personal en forma de mensaje de búsqueda. Incluso a través de la lectura de blogs, o páginas web. Existe un mundo completo aquí, en la nube, conformado por aquello que debajo de la nube se refleja. Al igual que hay tiendas, centros comerciales, y ocio por doquier, también existen casas y viviendas acogedoras, o espacios públicos en los que conversar. Y me parece muy significativo que, lo que mayor auge tiene, sin lugar a dudas, son las redes sociales. No los blogs, con entradas largas y tediosas, sedudas y reflexivas como este blog, sino el mundo de la inmediatez de la presencia de unos con otros a través de perfiles, de fotos, de estados, de frases, de comentarios, de links, de “me gusta”, de “comparto”, y de tantas otras cosas. Sin duda alguna, y ahí están los datos para comprobarlo, lo que engancha el corazón de la persona es otra persona, con sus palabras e interrogantes. E, insisto una vez más, ¡esto da mucho que pensar!

Elogio de los prejuicios


Hace aproximadamente una semana que escribía a propósito de la dureza de corazón que provocan los prejuicios, y las consecuencias que tienen, en tanto que incapacitantes para un diálogo abierto y sincero. Ya entonces, consideré que no se puede condenar, o al menos así pienso, los prejuicios como si fueran lo peor de lo peor, y la raíz de todos los males. Consciente de que no era ni mi intención llegar a ese extremo, y a partir de uno de los comentarios, comencé la reflexión en línea contraria. ¿Se podría hacer elogio de los prejuicios? Considero que, como casi todo en la vida, resulta ambivalente y puede ser orientado hacia el bien y la verdad. Os paso ahora en unos puntos, este sencillo elogio:

Los prejuicios viene en las personas. Y no tiene autonomía al margen de ellas. Tomar en cuenta esto, su espacio vital, me lleva a entender que se trata o bien de un virus -que es como muchos lo plantean- o un depósito de sabiduría y un facilitador de pensamiento -que es como siquiera presentarlos-. Los prejuicios ayudan indiscutiblemente a la memoria, construyen la realidad escalón a escalón. Se dan, la mayor parte de las veces entiendo, al margen del pensamiento y se sitúan como marco y horizonte explicativo. Y aquí está la cuestión. En la orientación que tomen, en el respeto que ejerzan, en si hay conciencia o no de ellos por parte de quien es su morada.

Me parece un tema sumamente interesante. Del que no podemos liberarnos, ni es humano prescindir. Pero que, al menos una vez, deberíamos tomar en serio y aprender a dialogar los unos con los otros.

  1. Si entendemos por prejuicio una verdad afincada y afianzada en la persona de manera inconmovible, entonces está todo dicho. Si lo entendemos como un pensamiento, sin más, que puede ser puesto en tela de juicio y confrontado, orientado y purificado, entonces considero que de los prejuicios puede surgir algo excelente. Es más, que en el mismo prejuicio se encuentra la posibilidad del diálogo abierto. Lo que marque la diferencia entre una actitud primordial y otra está de la mano de cada uno. Nadie puede imponer a otro esto, aunque sí que hay una buena base de educación y de costumbre social. ¿Tendencia a defenderse y apoltronarse en lo propio, sin riesgos ni más vueltas? ¡Quizá!
  2. La existencia de prejuicios puede elevarse aún más, y dignificarse. Siempre y cuando se reconozcan, llevarán a la persona a tener primeramente cuidado de sí misma y a conocerse mejor. No en vano, son sus pensamientos y sus ideas lo que está en juego. Si son o no verdaderas o falsas, buenas o malas, en absoluto carece de relevancia. Deberíamos ser, no sólo los primeros en responsabilizarnos de nosotros mismos, sino también los primeros en mostrar interés por alcanzar algo más que la propia mirada sobre lo que somos y pensamos.
  3. Por lo tanto, los demás son imprescindibles para iluminar los prejuicios personales. Quien ha vivido en otra cultura se da cuenta, en menos de dos semanas, de la cantidad de cosas que había asumido, sin más y sin pensar, por el hecho de haber nacido dentro de una sociedad concreta. Y, entonces, se le brindará la posibilidad de cerrarse en ellos, o aceptarlos libremente depurando lo que hubiese en ellos de mentira, de maldad, de injusticia… Pero necesito al otro para conocerlos adecuadamente. Dos personas con los mismos prejuicios no serán conscientes de ellos, a ciencia cierta, ni de las implicaciones que puede tener, ni de sus consecuencias.
  4. Pedir que alguien deje sus prejuicios a un lado es una petición de carácter inhumano e irrespetuosa. De hecho, deberíamos contar con ellos, insisto nuevamente. Y debemos salir al encuentro del otro sabiendo que todos tenemos prejuicios, de rechazo o de aceptación, de mayor o menor credibilidad. Sólo una persona puede, a sí misma, ponerse entre paréntesis para escuchar con cierta novedad al otro. Con esfuerzo, mucho esfuerzo, claramente.
  5. Lo que sí deberíamos tener más presente es la necesidad de pulir nuestras interpretaciones y de abandonar las cátedras en las que nos subimos con cierta facilidad para enseñar a otros. Hoy mismo leía un post que, en apariencia me parecía maravilloso, y que por eso me ha hecho detenerme más en la reflexión. La conclusión que sacaba es que, con él en la mano, se podía hacer de todo por exceso de seguridad en uno mismo y en los propios criterios, sin nada objetivo, sin ninguna referencia clara. Tampoco creo que sea cuestión de ir por el mundo buscando seguridades externas y olvidándose de uno. Digo que, de partida, no estaría nada mal que tuviésemos en cuenta nuestras propias interpretaciones de la realidad para huir de razonamientos y de explicaciones simplonas. Hoy también, en una de las clases, una alumna decía que la fe se había vuelto compleja, cuando se trata de algo muy sencillo. Pero en su mismo razonamiento se dio cuenta de que la vida es compleja, y una fe que quiera dar respuesta a la vida de la persona, no se puede reducir a dos o tres palabras, sin más. Menos aún, acogiendo a Dios mismo. Pero, ¡claro!, quien crea que tiene a Dios entre sus manos y en sus labios, y él y sólo él tenga la verdad, se ha convertido en alguien que no se da cuenta de lo que está diciendo.
  6. Adentrarnos en los prejuicios nos obliga a considerar su riqueza y diversidad de cada persona. Algunos son prejuicios sociales, nunca pensados y recibidos sin más. Otros son más personales, puede que de carácter afectivo, emocional. Hay grados, y por tanto, también diversidad de posicionamientos ante ellos. Tomarlos todos “como lo mismo” no es más que una de tantas formas de engañarse a uno mismo y engañar a los demás. No sólo me parece descortés, sino cruel, pedir a alguien que se sitúe al margen de sí mismo para buscar una “pureza en el diálogo” que nunca existirá.
  7. Debemos aceptar, de partida, la limitación y la precariedad de muchas de nuestras conversaciones y opiniones. De hecho, es la única forma de llegar a algo más que eso y de no caer en la nada del relativismo y de la diversidad de posturas y creencias sin más. Los prejuicios serán la herramienta que nos encauce en la búsqueda, a modo de carriles en ocasiones. Y podemos ir “metidos en el tren” disfrutando el paisaje y viéndolo, sin llegar a pisarlo nunca, o a perdernos en sus paisajes.
  8. Los prejuicios, como herencia cultural, no pueden confundirse con la acción que están provocando los medios en nuestras sociedades modernas e industrializadas. Los prejuicios comportan cosmovisiones, estudian al hombre y lo encuadran en el mundo, dibujan el sentido de la realidad, generan imaginarios fuertes para seguir entendiendo e interpretando. Los prejuicios heredados a través de la cultura han sido “comprobados” quizá por muchos otros anteriormente, que también se expusieron a su propio análisis y al diálogo con otros. Quizá en esos prejuicios haya mucha sabiduría, que por nosotros solos no alcanzaríamos tan fácilmente. Y por lo tanto constituyen una herencia valiosa, siempre y cuando nos permitan seguir caminando y entendiendo. Comprendo entonces que “lo recibido culturalmente” era un inmenso tesoro hasta la llegada, hiriente y despreocupada en tantas ocasiones, de los medios de comunicación con sus intereses. No condeno los medios, sin más. Pero sí hago distinción entre lo recibido de una u otra manera, y los prejuicios que se derivan de una u otra vía, resaltando sobre todo la riqueza de la herencia cultural de occidente y su apuesta por valores humanos muy altos y nobles, como la razón, la democracia y el diálogo, la compasión y la solidaridad. Prejuicios que, a su vez, nos llevaban a interrogarnos hondamente por el hombre y la sociedad, la naturaleza de las cosas y su origen, la finalidad de la creación y nuestra posibilidad de contribuir en ella y en su crecimiento.
  9. Respecto a la tolerancia o la intolerancia ante los prejuicios propios y ajenos, considero oportuno establecer criterios. Antes, por ejemplo, la persona que cualquier cosa. Y no hay por qué entender que no se pueden criticar algunos aspectos sin acoger al otro tal y como es. Cuando hacemos de las diferencias de opinión motivo de distancia entre personas, y lo significamos claramente, quizá no estemos obrando conforme al bien o a una escala de principios racional y humana. Una cuestión no puede llevar a la otra, a mi entender. Se pueden criticar y demoler ideas hasta cierto punto, sabiendo que no existe la diferencia virtual entre la persona y lo que cree. Y que, por lo tanto, para respetar a la persona también he de acoger y partir de sus prejuicios, que sí son materia de diálogo.

Siento mucho que unas aportaciones y otras vayan un tanto “separadas”. Y acepto gustosamente más aportaciones para seguir creciendo en la importancia del diálogo y de las personas. Todo bien, así lo creo, en ayuda de la búsqueda de la persona si quien busca lo hace con rectitud y en función de la verdad que le llama y reclama por entero.