Todo viaje es una oportunidad – Miniidea


Hoy saldré de viaje, aunque tampoco tanto. No soy de los que viajan mucho, ni quieren hacerlo. Siempre me cae como una incomodidad que me pide orden para no olvidar nada importante y disciplina para no llevarme lo innecesario y cargar con ello. Sinceramente, prefiero el estilo sobrio y kantiano de quien disfruta de lo que tiene alrededor, y aprende a conformarse con lo que hay. Además, lo de los aviones no va conmigo. Sin embargo, hoy toca viaje por motivos no del todo personales. Si fuera por ocio y tiempo libre pondría otra cara, quizá. Dicho lo cual, admiro a otros escolapios a los que les toca darse innumerables paseos por los distintos lugares en los que estamos; y entre todos ellos, me provoca más admiración aún aquellos que conozco que andan dando vueltas por el mundo animando a todos, sorprendiendo con sus visitas, acogiendo lo que haya en cada lugar, intentando sentirse como en su casa sin tener propiamente un lugar donde reclinarla. Como digo, esas tareas están lejos, muy lejos, de mis deseos y aspiraciones, y de mis gustos.

Los viajes han dado mucho que hablar en la historia de la literatura y de la vida. Se han hecho lugar privilegiado para todas las metáforas, de todas las comparaciones. Lugar consumido hasta extraerle casi todo su meollo. Unos serán peregrinaciones, otros serán aventuras, otros hablan más bien de una meta, y otros vendrán dados  por la llamada a dejarlo todo y salir de la propia tierra. Unos viajes serán considerados con motivo de una promesa y de una tierra que les espera, pero en ocasiones también sentimos que hemos sido expulsados y vagamos como desterrados errantes pisando tierra, aceras y bosques que no nos corresponden. Unos viajes significarán premios, otros tareas, otros también castigos. Porque para todo hay. Los viajes, a la Alcarria, de retorno a Ítaca, o en búsqueda del Dorado inundan las páginas de libros y libros. Su denominador común son las personas, que hacen viajes personales y encuentran y descubren y acogen y sufren y festejan. El resto de elementos puede variar enormemente quedando siempre de fondo la sensación de provisionalidad, de escasez, de movimiento, de indeterminación, de libertad… Un profundo canto existe en todo viaje a la tensión que vive el hombre entre su punto de partida y el punto de llegada, un profundo canto al momento que se vive siempre a merced de lo pasado y de lo que pasará, hasta que termine definitivamente su camino.

Mi viaje de 24 horas puede ser una gran oportunidad:

  1. Tomar distancia y escuchar voces diferentes. Lo cotidiano es maravilloso, no nos engañemos. Pero lo extraordinario es de fábula, genial. Lo que no podría sería vivir como si todos los días fueran totalmente distintos entre sí. Mi rutina me agrada mucho. Lo que ahora tengo es oportunidad de verla con otros ojos.
  2. Encontrarme con otras personas. Donde voy sé que hay gente que aprecio y quiero. ¡Qué diferente sería de otro modo! Lo cambia todo. Aportan una motivación final, como reclamándote al final del viaje, que hacen todo más liviano. Hay quien puede mirarlo como una separación de “lo propio” y una despedida, pero yo quiero ir al encuentro, al abrazo, al saludo, al diálogo cordial. No da igual la dirección y meta que se tome.
  3. Saber que en todo camino no ando solo. Tengo una hermana que habla siempre en todos los viajes con alguien. A mí no me sucede eso. No tengo tanto valor ni gallardía. Ahora bien, con esto de ir de cura nunca se sabe. Más de una ocasión tendré para responder a preguntas de alguien, y entablar una conversación, seguro que muy personal e inquietante, con un desconocido. A esto siempre me apunto, cuando alguien rompe mi timidez.
  4. Espacio para una buena lectura. Voy cogiendo rutina, y cada estación se convierte en una librería donde comprar un libro. Los viajes de hoy son cómodos, confortables. Permiten una excelente lectura, dan tiempo para que no te muevas ni distraigas y así poder concentrarte del todo. O para dormir, si se quiere. Como no iré en compañía de nadie directamente, prefiero el libro, y no el ordenador. El libro de pasar páginas, el de toda la vida. Una novela, o historieta, o de los de subrayar. Ya veré por dónde me inclino esta vez.
  5. Ir con lo puesto. Un ejercicio apasionante. Lo necesario, sin maletas ni nada. Lo imprescindible para la tarea, y para estar presentable. Siempre hay que saber pensar en los demás en este sentido. Aunque como no conozco a la gente que voy a ver, estoy libre de culpa. Nos encontraremos, nos miraremos, y la próxima vez ya veré qué hago. Pero lo de ir “con poco”, y estar con poco me parece esencial en el universo de la abundancia. Se disfruta de una felicidad distinta de este modo. Otra cosa es cómo vengas, y qué te traigas. En este sentido reconozco que la vuelta suele ser de mayor calidad.

Como viajo en tren no tengo miedo. Y por eso pongo la foto de los raíles. Otra excelente metáfora de un viaje seguro, en buena dirección y con las cosas claras. Que nos hace falta que nos encasillen de vez en cuando y nos digan, con el típico golpe de amistad en la espalda y una sonrisa un tanto maliciosa, “por aquí, amigo, por aquí.”

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