Huésped indeseable


Todo aquel que tenga casa supongo que habrá podido disfrutar la oportunidad de acoger un huésped, o más. Es una experiencia única. Se siente una gran inquietud al principio por lo que sucederá, se planifica todo al detalle, se sonríe desde el inicio, se ennoblece a la persona pensando en toda la dedicación que exije. Lo cotidiano se vuelve más hermoso, y se saca lo mejor que hay a disposición. Se cuidan las palabras, los temas de conversación, se presta una excelente disposición.

Sin embargo, no todos son iguales, la verdad. Porque cuando algunos se sienten en su casa, no sabiendo cuidar de sí mismo y de sus cosas, se ponen a romper las de los demás. Algunos huéspedes requieren verdadera paciencia, y se llega incluso a desear su pronta partida, en dirección a sus propios lares, para que pueda retornar cada cosa a su sitio y sus voces se alejen lo máximo posible. Algunos huéspedes indeseables se hacen con lo propio, hasta el punto de sentirse insultado y expulsado de la propia morada.

Creo firmemente en las leyes de la hospitalidad. Pero con mis reservas, la verdad. Conjugadas siempre con la prudencia y la cautela necesarias, la misma prudencia y cautela que nos lleva a pedirle a los niños pequeños que no abran la puerta a cualquiera, con la misma cautela con la que se cierran las puertas de la casa cuando se queda alguien débil dentro, con la misma cautela y confianza con la que se asoma cualquiera a la mirilla para saber quién está detrás de la puerta.

Y creo que nuestra sociedad ha cometido un grave error, dejando entrar en su casa a un huésped indeseable, que extiende su acción y presencia al modo como Mordor lo cubre todo de oscuridad. Un visitante que ha entristecido los corazones de los hombres devaluando todo, convirtiendo todo en un sinsentido, perdiendo capacidad incluso para hacer de la libertad el timón que gobierna las vidas y las existencias de las personas. Una palabra, un hecho que ha cautivado con su encanto y que se repite sin cesar en cada momento que antes podría ser importante, que antes hablaba de verdad, que antes proclamaba lo bueno y lo bello sin medida. Lo ha destruido todo para no construir nada detrás de él. Relativismo, nihilismo, nada. Si lo ves por ahí, no le prestes atención, y mucho menos dejarle entrar en tu propia morada, en tu propio hogar. Según dicen camina con carta de libertad, con pasaporte infiltrado entre los habitantes de una sociedad que nunca le quiso entre ellos.

Hay una página en la historia de la literatura y la filosofía que esta tarde me ha puesto la piel de gallina, que me ha hecho pensar en este asunto. Su mismo autor se refirió a ella bajo el título del post. Dice literalmente:

Vi una gran tristeza invadir a los hombres. Los mejores se cansaron de su trabajo. Apareció una doctrina y una fe los envolvió: todo se vació, todo es igual, todo vano… Todo nuestro trabajo ha sido inútil, nuestro vino se ha convertido en veneno. Todos nosotros hemos llegado a ser áridos desiertos. Todas las fuentes están agotadas, el mar se ha retirado.”

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4 pensamientos en “Huésped indeseable

  1. Bueno el relato y bueno el post. El entrecomillado, aunque sea del libro, me suena a apocalipsis. Lo bueno es que en esos momentos de máxima angustia y despropósito, cuando parezca que todo está perdido y que no hay salida, “mirad arriba …”. Lo mejor se hará presente. Sólo (¿solo?) hay que perseverar “a ciegas”.

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