Tú tienes un lugar en el mundo


No dos, ni tres, ni cuatro. Sino uno, y sólo uno. Tu lugar en el mundo es tu cuerpo. De él no puedes salir realmente. Quizá navegar con la imaginación, pero poco más. El cuerpo te centra, aquí y ahora. En tiempo y espacio vividos. La comunicación y tecnologías de nuestro mundo nos permitirán acercar ideas, sentimientos. Pero las personas necesitan encontrarse, cara a cara fuera de la red y de internet para reconocerse. Cuando vives con alguien, cuando hay roce, te da cuenta de quién es verdaderamente. El cuerpo es maravilloso, porque nos obliga continuamente a elegir qué, cómo, dónde y cuándo, de qué manera. El cuerpo no es una parte de ti, sino la persona encarnada, concretada, concentrada, libre o esclava, pero aquí y ahora siempre.

De ahí que sea necesario plantearse no sólo qué hago con él, sino dónde estoy y por qué aquí y no en otro lugar, por qué ahora y no en otra época de la historia. Aceptar el cuerpo es algo más que una imagen, una sexualidad, un físico, unas características. Aceptar el cuerpo es concretarse, y hacer opción precisamente por eso, por el aquí y el ahora, con sentido de pasado y de la propia historia, con miras al futuro y con esperanza. El cuerpo no es la cárcel del alma, no juega a los dualismos de los filósofos. El cuerpo me integra, me visibiliza, me relaciona con el entorno. Por eso al cuerpo le ocurren todas las cosas que a la persona la construyen o la destruyen, en él se materializa una opción de vida entregada, en él se materializa el servicio, la alegría y el llanto, la libertad o la esclavitud, la comunión o la soledad. En el cuerpo se funden las personas. En el cuerpo se portan las marcas, propias y ajenas, de una vida verdaderamente compartida, o excesivamente solitaria y reservada, de una existencia anodina o de la apacible tranquilidad de saber en qué lugar estoy y por qué aquí y no en cualquier otro.

El cuerpo es, en definitiva, lo que me permite elegir también mi vocación. Conocer el cuerpo es descubrir capacidades, saberse “compuesto y dimensionado”, preguntarse por lo que no se ve, por lo que se desea alcanzar, por el lugar del mundo que quiero ocupar. Por eso es tan importante el cuerpo. Porque el cuerpo obliga a tocar el mundo y la realidad, y a escuchar permanemente. Puedo ver o no ver, podré cerrar los ojos y silenciarme, podré mirar hacia otro lado y no dejarme mirar por los ojos que me miran, podré o no ver la vida. Pero el cuerpo no engaña. Santa Teresa preguntaba, a quienes discernían su vocación, si sonreían, comían y dormían bien. Las tres preguntas, relacionadas espiritualmente con el cuerpo. El cuerpo es claro y conciso; como digo, difícilmente engaña. El cuerpo, mi cuerpo, se sabe habitado por una presencia que no es sólo mía, que también me reclama y me guía, que me hace optar, elegir, discernir, dialogar y buscar. El cuerpo me señala cuándo estoy parado o en movimiento, cuándo adelanto o retrocedo, cuándo repito sin cesar lo de siempre de la misma manera, con los mismos gestos. El cuerpo, que no permite ver todo, me habla de los secretos del mundo, de los corazones inciertos y apasionados, de aquellos que confían, dejan casa, padre, madre, hermanos, familia y crean su propio hogar en el que habitar, al modo como su propio cuerpo es habitado por ellos mismos pero esta vez compartido. El hogar está lleno de presencia, como también lo estamos nosotros. El hogar recuerda y proyecta, como también nosotros vivimos obligados en el ahora sabiendo que no pertenecemos a un solo tiempo, a un solo espacio. En el cuerpo se narra una historia, aunque se elija exclusivamente.

Sin cuerpo no sé cómo sería el asunto. Tampoco me es lícito pensarlo, es un absurdo. Si estaríamos desparramados, si nadie nos vería. De eso no quiero saber. Lo que me interesa es reconocer la encarnación de la persona, su puesta en marcha en pequeñez y en continuo crecimiento. Asombrarme por el modo en que estamos hechos. El cuerpo es una palabra, creada para nosotros, que estamos despiertos. Para que miremos y conozcamos, para que observemos con atención y veamos, para que aprendamos de límites y limitaciones. Y que no todo límite tiene que ver con las condenas, ni con las prisiones, ni con las imposibilidades. Sino también con la libertad. Estoy aquí, y ahora, porque he podido decidir qué hacer con mi vida, porque me he conducido en ella, porque me he dejado guiar, porque escuché algo y vine a ver qué había y qué era, porque aquí hay más luz que oscuridad, porque aquí hay vida y no su puesto, porque aquí hay calor de hogar y no rencores.

El cuerpo nos pide que seamos uno, en definitiva, sin maquillarnos. Porque aunque se revista, aunque se maquille, aunque se quiera cambiar, el cuerpo siempre está. Y nos pide fidelidad a lo que somos, no engaños de los que no somos. Y nos pide fidelidad a lo comprometido, nos pide también que nos miremos. Y al igual que con tantas otras cosas, que seamos capaces de ir más allá, aventurarnos y adentrarnos en ese lugar que ocupa en el mundo, en ese volumen, en ese espacio. Nos interroga lo que “hay dentro”, y también aquello que determina dónde y cuándo fue visto, aquello que es lo que “hay fuera”. ¿Qué has elegido y dónde vives?, parecede decirnos.

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2 pensamientos en “Tú tienes un lugar en el mundo

  1. Como siempre,acertada su reflexión,que ayuda a preguntarnos,además,a repensarnos,¿qué hay en mi interior? qué elegí para mi vida que es de Dios en realidad?

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