De encendidos e iluminados


Quiero compartir con vosotros este texto, y un par de puntos, en la noche de hoy.

Existen personas verdaderamente iluminadas. Conozco a unas cuantas. De esas que se saben encendidas con luz que no es propia, y que permiten que esa luz brille en todo su esplendor. Os aseguro que ha sido una maravilla compartir con ellas casa, comunidad, misión, tareas, diálogo, inquietudes. Su luz ilumina, prende y se comparte. Quien ha sido incendiado interiormente, desborda en la oscuridad, y donde otros tienen miedo a dar un paso ellos ven con claridad, más o menos, el camino que seguir. Son personas verdaderamente especiales. Tocadas por Dios de forma especial. No voy a citar nombres, porque se conocen. Seguramente sabéis de quiénes hablo. No suelen ser, eso sí, iluminados como el mundo los describe. Se sienten más discretos y abandonados. En parte diría que incluso sufren por momentos esa vocación. Los conozco jóvenes  y apasionados, entregados casi por entero, dejando que la luz les queme. Los conozco igualmente mayores, con más templanza, reconociendo cómo han consumido y gastado la vida. Y me siento muy feliz, mucho, por ellos.

Hoy me nace, ante este Evangelio, no la sospecha sino el agradecimiento inmenso por ellos. Son un tesoro que ha sabido guardarse lo suficiente de sí mismo como para no taparse debajo de ningún celemín, de ningún rincón. Dios los pondrá por encima de los hombres, en lo alto de las montañas, en lo alto de las cumbres. Yo diría que la luz de estos hombres refresca y entusiasma, al tiempo que consume y purifica. Dios, que los conoce y los ama mucho, y ellos responden con amor, les dará lo que desea su corazón.

El texto anterior me lo encontré, no voy a decir dónde ni cómo, y para mí mismo fue una inmensa sorpresa. Puedo decir, sin engañarme, que he sido el primero agradecido a su lectura y bendecido por ella.

Me pregunto ahora qué enciende la vida. Sé que la llama del inicio es débil, no ha escabado todavía en la vela el hueco que necesita para proteger la luz. La llama que enciende es llama viva. Aquel que se deja encender lo sabe, se quema al principio. Puede saberse destinado a ello, puede saberse llamado y creado para eso, y sin embargo sentir al principio un miedo respetable, un miedo por otro lado ingenuo. Me pregunto qué tiene esa fuerza de encender la vida de las personas. Y respondo:

  1. El testimonio. Vida vista en otros. Vida deseada para sí. Vida que sorprende y que te cuestiona. Que es provocadora, que interroga, que no deja indiferente a su paso. Son personas que, más allá de lo excelentes que las supongamos o de lo que pensemos en general de ellas, tienen los mismos rasgos que nosotros, aunque puede que con un arrojo y valentía especial, con una originalidad particular. Y esto les hace incluso más fuertes en su vida y en lo que generan en los demás. De los justos se dice que son molestos, de los buenos y rectos lo mismo. Porque despiertan, en definitiva, a una vida que es posible vivir fuera de las justificaciones que nos montamos en ocasiones para proteger nuestra propia mediocridad y falta de libertad. El testimonio brilla como tal por ser palabra profética encarnada, concreta, que hace y dice en coherencia. Tiene capacidad de encender y despertar. ¿Quién no lo ha vivido con alguien? Esa admiración, ese encanto, esa chispa.
  2. El sufrimiento, propio o en otros. Sin simplicar, porque son diferentes realmente. En el primer caso, cuando impacta contra nosotros personalmente no hay escapatoria posible. Lo ves, o lo ves. En el segundo, sigue impactanto contra nosotros, pero con la habilidad suficiente se puede sortear. Somos expertos en esto. De hecho, creamos estructuras para que no nos encienda demasiado la pobreza, la marginación, la precariedad, la esclavitud de nuestro mundo. Miramos, y nos hiere. Así que miramos de reojo. Sin embargo, cuando nos encontramos palpando el mundo, cuando optamos por no quedarnos en casa, y compartir y sentir el sufrimiento de los otros, nos vamos distintos. Hemos sido encendidos. Lo cierto es que unos llegan a la indignación, a la queja, al fracaso del sistema y de la sociedad, y otros se adentran un poco más para pasar a comprender cuál es su grano de arena, su lugar del mundo, su capacidad de respuesta generosa y amorosa.
  3. Un diálogo puntual, o un diálogo sostenido. Tengo experiencia de ambas cosas. De la sorpresa del momento, del diálogo inesperado. Y también de lo que, en ocasiones, hay que esforzarse para llegar a saborear algo en profundidad, y atisbar su misterio. Me maravilla saber que la palabra adecuada puede cambiar la vida de alguien, abrirle una perspectiva nueva, brindarle una posibilidad para él desconodida. Prefiero hablar de diálogo por no convertirlo en una palabra solitaria, monologuista, solipsista en el peor sentido de la palabra. Y porque la soledad no enciende, como tampoco el aislamiento. Un diálogo rutinario, que repita una palabra al modo como los antiguos hacían fuego frotando, da sus frutos. Lo sé por la oración, por la liturgia de la Eucaristía, por peticiones incesantes que se van grabando a fuego lentamente. También por aquello que digo de mí, de otros, de Dios. Se convierte, o puede hacerlo, en claves radicales y esenciales de vida. De donde conviene tener cuidado con ellas, y saber elegir las mejores. Pero también me sorprende lo otro, la palabra que es capaz de llegar a la vida de alguien en un momento puntual y convertirse en priedra angular de su existencia. Igualmente lo he vivido. Con la Palabra de Dios directamente, con esa lectura que se proclama y no te dejará jamás en paz, y que cuando vuelvas a escucharla te trasportará a un pasado original en el que te das cuenta de que todo cambió de plano en cuestión de un instante. Con la palabra del amigo, del hermano, del desconocido incluso. Palabras dichas, estas últimas al modo más humano posible, sin la intención fuerte y única de la Palabra de Dios, aunque capaces de llegar al corazón de la existencia. Palabras que crean, en definitiva diálogo y despiertan el ser en su totalidad, que nos abrazan como si nos conociesen desde siempre, como sabiendo en qué estábamos pensando, qué estábamos sintiendo, qué necesitábamos justo en esa etapa de la historia para seguir adelante.
  4. El amor, y siempre lo mismo. Alguno pensará que tanto repetir, cansa. ¿Por qué otra vez? Porque somos así, qué le vamos a hacer. Creados por amor, y para amar. ¿De qué tratar si no de lo esencial? En amor recibido enciende la vida, nos hace sentir importantes, apreciados y valorados. Prueba lo contrario, y comprobarás lo fácil que es venirse abajo, caer y no tener ganas de levantarse. Sin embargo, el que es amado tal y como es queda impregnado de un coraje y vitalidad diferente. El que se deja querer como es, ¡claro! No los otros, que juegan a que alguien les quiera por lo que no son, por lo que no serán, por las puras apariencias y por los servilismos deprimentes que les cohartan y merman la libertad. Pero el que es amado tal y como es, incluso si necesita perdón y lo alcanza, ése queda radicalmente encendido, radicalmente iluminado.
  5. Amar, también enciende. Es la senda más maravillosa, también la que requiere mayor tiempo de camino. Al principio el amor que damos es “de aquella manera”, como muy pegado y unido a intereses personales, a las propias carencias. Un amor que dándose mendiga. Y que, con el tiempo, se va sabiendo purificado y sostenido de forma distinta. Cuando llega este segundo momento, pasados los primeros pasos y las primeras afrentas de los enemigos del amor, nos damos cuenta de que no podemos vivir sin él, sin su bondad, sin su rectitud, sin su honestidad. ¡Cómo no querer! Lo que quisiéramos, más bien, sería encender el mundo entero. Romper las luchas y divisiones, pactar con la envidia su alejamiento de los hombres y destruir el odio y la violencia de la faz de la tierra. Quisiéramos verlo todo en cordialidad, en sana comprensión, en acogida valiente y decidida los unos de los otros. Quien ama, sabe que algún día soñó con un amor que no fuera único de algunas personas o de unas circunstancias particulares. El amor, que busca siempre más, pretende ser el mismo con todos, y encuentra muchas barreras en su despliegue. Pero sigue y lo intenta, una y otra vez.

Y también me pregunto sobre cómo dar luz. Y descubro que son las mismas claves de antes. Que dar luz supone esa experiencia en la que no solo iluminas, y te vas, y desapareces. Sino que algo queda. Has pasado el testigo a otros, responsabilizándoles así de lo nuevo surgido en ellos. Dar luz y encender deberíamos entenderlo, al menos en este sentido metafórico que ando empleando, en la misma línea de verdad. Algo tuyo queda, sin sentir pérdida por tu parte. Algo tuyo sigue brillando, fuera de ti, en otro. Se sabe luz común, única. Tampoco era, a decir verdad, la “mía”. Fue recibida. Humildemente recibida. Y ahora continúa su rumbo.

En el mundo hay luz. No aislada, sino luz que se comparte.

Anuncios

5 pensamientos en “De encendidos e iluminados

  1. Pingback: De encendidos e iluminados | Preguntarse y buscar

  2. Gracias por deficar tiempo a pensar, por compartirlo y ayudarnos a quienes te leemos…no se hace cansino hablar del Amor cuando del genuino se trata. Saludos.

  3. Gracias por el texto. Sobre el punto 2, discrepo un poco. Protestar públicamente es una forma de adentrarse y reaccionar. Una protesta sabia puede ser “el grano de arena”. Quejarse y responder amorosa no son actitudes incompatibles. No creo que sean reacción “superficial” y “profunda” respectivamente.
    Creo que entiendo lo que quieres decir. En el fondo estamos de acuerdo. Pero las formas también son importantes.
    Un saludo con mucho cariño.

    • Sabía que discreparías. La queja no puede ser lo último, ni la expresión humana de lo mejor. Quizá un camino hacia algo, pero nadie piensa que lo humano, el hombre feliz, se para en ese punto del camino.
      Pero entiendo perfectamente lo que dices. Y reconozco que estamos de acuerdo en algo más que “en lo fundamental”.
      Las formas son muy importantes. Absolutamente de acuerdo. También traslado esa cuestión a quienes se quejan en las calles, a quienes protestan, a quienes gritan… Las formas siempre son importantes. Y no se deberían perder. O si se pierden, al menos pedir perdón por ello.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s