Calidades y costes


Todo tiene un precio, o al menos un coste. Y como dice el refranero español, que nos conoce bien, “quien mucho abarca, poco aprieta”. Dicho popular que no nació ni conoció el ritmo de vida moderno, que se supone que surgiría en el campo y se extendería como la pólvora. ¡Ay si hubiera sabido lo que se venía encima! Entiendo que es un refrán profético. Válido para todos los tiempos, pero de suma importancia y relevancia en los tiempos que corren. Ahora bien, ¡en su justa medida y lugar! Que también hemos escuchado aquello de madrugar para que Dios te ayude a sacar lo que llevan adelante. Lo último es anotación personal. Si bien lo cambiaría un poco. Y en lugar de madrugar, daría la opción trasnochadora. Aunque esto es algo propio, muy propio, de los tiempos que corren.

Me parece que, si de algo sirve todo esto, es para mantenerlo de telón de fondo en la vida. Porque aquellos que quieren controlarlo todo y calcularlo todo, lo único que consiguen es perderse en sí mismos y reducirse a ecuaciones de vida imposibles, equilibrios donde la prudencia deja de ser virtud, y pasa a ser impedimento. De vez en cuando, clarísimamente, hay que responder a los reclamos con excesos, con despropósitos arriesgados, cuya calidad no está en el qué se hace o qué se dice o cómo se está, sino en la misma entrega. Las madres y padres, los buenos al menos, saben mucho de esto que cuento. De los flancos de la existencia, de sus múltiples requerimientos, de la atención que debe prestarse a los infinitos detalles que componen un día.

Dicho lo cual, entiendo que la relación calidad-coste en cuestiones de vida significa múltiples aristas. Todas a tener presente, sin cerrarse exclusivamente a ninguna de ellas.

  1. Calidad y perfección no son lo mismo. Si reduces toda tu acción a una sola cosa en la vida, y te entregas a ella por completo, tampoco alcanzarás la perfección absoluta. Los perfeccionismos frenan. Hay quienes optan en la vida por la reserva de sí mismos, sin una entrega apasionada y apasionante, queriendo hacer algo bien y creyendo que no pueden con nada más que “esto”. Me parece que reducen demasiado su humanidad, y generan agobios innecesarios. En este sentido, el deseo de perfección puede ser asfixiante y mortífero, agotando a la persona por alcanzar algo que está muy lejos de lo posible. Hacer las cosas bien y con calidad está más en relación con otros aspectos de la acción y la tarea.
  2. Evaluar siempre y juzgar más adelante. Por evaluar comprendo ese examen permanente al que debemos someter la realidad y someternos nosotros mismos. Nadie más inquisitivo que uno consigo mismo, si es inteligente; y nadie más certero si se anda en esta senda con rectitud. Las conversaciones con otros trazan ese camino por el que seguir mirándose. Pero juzgar lo entiendo en sentido más definitivo. Como una acción que cierra o abre algo, que determina si sí o si no. Y, personalmente, estas decisiones creo que son muy próximas o tendentes al error cuando se toman solos o en malas compañías. De modo que, en relación a lo que nos ocupa de la calidad y los costes, y al equilibrio entre ambos, si bien deberíamos hacer evaluación continua, los juicios deben ser pacientes, tranquilos y sopesados verdaderamente. Relativizar, por consiguiente, las evaluaciones y opiniones personales, y absolutizar los tiempos de “juicio” con decisión, fidelidad y compromiso, con su necesario diálogo.
  3. No se puede llegar a todo, ¡prudencia! Ni sumar por sumar, como si no pasase nada. Las microtareas, acompañadas por microtareas, desboran la vida. Comprobar las necesidades, lo que podrías hacer, el más que se siente continuamente respecto a la acción, y la amplitud de posibilidades, resulta engañoso. Una cosa es educarse en la sensibilidad respecto del mundo, y otra lanzarse sin control ni medida a lo que venga. Por un lado, la apertura de la propia vida y de la inteligencia al mundo que nos rodea, nos hace comprender que falta mucho por hacer, y se siente como propia una llamada que en ocasiones no puede tener respuesta. Se trata de acoger ese requerimiento, madurarlo sin negarlo, y ponerse a clarificar y ordenar la vida. Lanzarse, sin medida, rompe a las personas.
  4. La calidad, ¿en qué se pone o en qué se basa? Comprendo que algo bien hecho resulta llamativo, hermoso y admirable. Que algo a lo que se ha dedicado tiempo y esfuerzo más que suficiente, debe salir bien o muy bien. Salvo que ocurran los típicos imprevistos, que lo echan todo por tierra. Sin embargo, hay una calidad admirable en quienes se dan a sí mismos en lo que hacen que también deberíamos valorar con igual admiración, o incluso más. Quizá la calidad, en ciertas dimensiones de la vida, no se mira por patrones humanos, se tenga que reservar al secreto sin alardes y a la luz de unos ojos distintos de los habituales. La calidad de nuestro mundo, por ejemplo, se ha convertido en burocrática, con empresas evaluadoras, con criterios definidos de antemano. Pero hay otra “calidad”, no cantidad, cualidad del ser humano, que atiende al punto de partida en el que se encuentra. Lo que sí es cierto es que algo “de calidad” satisface verdaderamente al hombre.
  5. Valorar lo implícito, lo que no se ve ni se muestra, lo que despierta. En relación al punto anterior, la calidad de la acción humana está en la vitalidad que se pone, en la preparación y en el poso posterior que es capaz de dejar y transformar. La calidad no se vincula exclusivamente con la acción concreta, sino que la desborda. Algo hecho en un momento puntual, transforma la historia. Al modo como hablamos del efecto del vuelo de la mariposa. En todo esto también hay calidad. Tanto en los buenos previos y motivaciones, como en los posteriores frutos, en lo desencadenado. Experiencia, más que de sobra, hay de aquello que se preparó y realizó con esmero, que no tuvo ninguna repercusión “notable”, y lo que salió con urgencia y buena voluntad que disparó y nos abrió a lo inesperado. Algunas veces, muchas de hecho, pienso en aquello de trabajar como si todo dependiera de nosotros sabiendo que no depende de nosotros mismos. Me ayuda a confiar, me da fuerza y ojos nuevos para ver las cosas.
  6. La calidad también tiene estilo, da forma. Intuyo, sólo eso, que existe una forma global y genérica de calidad que lo impregna todo, o que está ausente en cuanto se haga, mucho o poco. Calidad relacionada con el “olorcillo” que desprende algo, de modo que resulta acogedora y provechosa, o todo lo contrario. Esta “calidad global” permite alcanzar más fácilmente el “más” que deseamos, sin que se convierta en apuro tras apuro. Se relaciona con la imagen generada, la confianza y expectativas, los “prejuicios” positivos de la gente, la tendencia a acoger y escuchar más abierta y menos crítica. Todo esto aporta una calidad difícilmente alcanzable desde otro punto de partida, y algunas veces la estimo empobrecida por falta de delicadeza y cuidado. Por otro lado, entiendo además que a quien lleva adelante una tarea le resulta infinitamente más cómodo entrar en ella y hacerlo bien cuando él mismo parte con seguridad y confianza. Me parece básico.
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