Sin nadie que te defienda – Miniidea


¡Qué triste! Ver la injusticia, conocerla y sufrirla, sentirse impactado por ella. Y no poder defenderse. Someterse y doblar la cabeza ante palabras odiosas, cargadas de rencor, ancladas en los prejuicios. Y no tener nadie que te defienda, sentirse solo y abandonado, mirado sin cercanía, contemplado con compasión distante. Estar obligado a desprotegerte para que peguen más fuerte cada vez, defendiendo así una vida frágil descompuesta, ya sin lágrimas. Y no recibir del mundo más palos porque la muerte pone fin a tus sufrimientos. Desear que todo termine allí, en esa compañía miserable, dejando que corten la trama. Y que sepas, al mismo tiempo, que volverá a repetirse con otros, pero no te dolerá a ti. ¡Qué triste!

Ayer me dormí, en parte, viviendo una conversación sobre África, en la que un compañero nos explicaba cómo eran las cárceles de ese lugar, que también yo conozco en este mundo aunque sus muros sean diversos. Me desperté con tristeza a mitad de la noche. Sólo pude rezar. No para dormir mejor, sino porque sentía que en algún lugar del mundo esa terrible pesadilla no era un sueño. En algún lugar del mundo, en ese preciso momento, existían esas cárceles, y en ellas se apostarían los malos contra los buenos, y en ellas se jugaría la vida de otras personas como yo. Unas prisiones diseñadas para sepultar la dignidad de las personas, se podría decir que sin barrotes o sin necesidad de los mismos. Rincones oscuros y zulos que no verán la luz de las cámaras de Hollywood, ni los relámpagos de las cámaras de los periodistas amarillos, rojos o azules.

No sé a vosotros, pero a mí, este mundo me arranca lágrimas con excesiva frecuencia. Y no son las lágrimas lo importante, sino la vida. Y la impotencia en la que nos hemos apostado en este primer mundo nos convierte en los últimos y más desdichados de todos al comprobar el sufrimiento de otros, la injustica brutal campando a sus anchas… Hay asuntos que no se pueden tratar de cualquier modo, que no permiten esbozar ni una sonrisa, que hacen que la denuncia no pueda ser nada más que la antesala de una acción que pueda, quizá, hacernos mejores y darnos el mundo que necesitamos. Hay algo en determinadas sonrisas que es lo contrario de la justicia y de la humanidad. Porque no toda sonrisa es humana, ni toda alegría significa plenitud.

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