No son simplemente palabras, ni mis palabras – Miniidea


Ponerse a escribir y leer, charlar y discutir incluso no es cuestión de palabras meramente. En más de una ocasión he descubierto al teclear que se plasman en la pantalla realidades que ni yo mismo conocía. Cuando alguien escribe puede plagiar, copiar, imitar, sacar de dentro. Encontrar entonces el propio estilo es una sorpresa admirable, también para uno mismo, y la oportunidad de reconocerse en ellas. Pero en ocasiones, no pocas, existe una sabiduría que se comunica en la tarea. Cuando leo cosas de otras personas, presentes o pasadas, nunca venidas del futuro ni falsos profetas, me provoca una extraña ilusión considerar que alguna vez me ocurrió algo similar, que podía suscribir sus pensamientos, que sus sentimientos humanizan, que sus denuncias me enjuician. Como antes, no pocas veces aprendes de otros aquello que ya llevabas dentro, como si fueras conocido por el escritor a cientos de años de distancia. O por ese contemporáneo con quien compartes historia, pero al que nunca invitaste a una conversación de café o a una cena amistosa. En el charlar, con su complicidad y miradas, bajo el signo de la sincronía se produce el encuentro, el intercambio. Son palabras verdaderamente vivas, aunque no tan pensadas. Un lenguaje más directo, quizá, aunque menos elaborado, pausado, saboreado y detenido en el tiempo. Su realidad es más cruda, porque no intuyes que compartes algo, sino que lo haces presente. No atisbas que es posible ser conocido, sino que estás siendo conocido, en gerundio. El lenguaje de la conversación se crea a sí mismo, y asistes de este modo a su generación y mezcla en el momento. La discusión me provoca incomodidad, desencanto y desilusión. Rompe el tejido de la relación para tensarla, genera huecos y rasga dejando huecos de silencio. Las palabras se pierden por no querer ser oídas, escuchadas, recibidas. No se dejarían, salvo para ofender el doble o el tripe, en ningún lugar escritas. Porque lo escrito perdura, conservando el germen de veneno que lleva dentro. Lo escrito, en este caso, será peor comprendido incluso.

No se trata de palabras, sin más. Tampoco de un juego de palabras. En cada ocasión en que éstas son empleadas, se muestran serviles para ser utilizadas, pero no son mis palabras. Muchos antes que cualquiera las emplearon, las conjugaron, las relacionaron. Dejando en ellas su poso, o robando su tesoro. Respetar las palabras, significa afirmar una relación mayor, que las trasciende y va más allá de ellas. Y deben ser escuchadas, porque ellas acuden, no por ellas mismas, ni para hablar de sí mismas, sino para traer el cielo a la tierra o viceversa, o para trasportar humanidad, ideas, sentimientos, fe de un corazón a otro, o para arriesgarse a escudriñar lo que se esconde debajo de lo que vemos.

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