Los que quieren “mi” sacerdocio


Cuando una pareja se quiere casar, ya pone fecha a la boda, y andan con determinada determinación, suelo invitarles a pasear. También nos sentamos a tomar algo, porque mi abuela dice que en la mesa y en el juego se conoce al caballero. Paseo casi con cualquier persona. Aunque cuando estoy acompañado por una pareja, y andamos en la misma dirección, hablando y a corazón abierto, suelo alegrarme mucho. Es una metáfora encarnada.

Una de las indicaciones más precisas que les doy, y suelo volver a repetirlo delante de todos el día de la celebración, es que deben cuidar qué personas entran en su vida. Insito, en “su vida”, no en “sus vidas”. Porque si digo “sus” vidas, les estaría engañando. Son dos personas, con un camino precioso hacia la unidad; dos personas, una vida. Casi a las puertas de la Trinidad. Les pido encarecidamente que aquellas personas a las que “permitan entrar” y abran la puerta (otra cosa son los ladrones, que ni se esperan ni se pueden prevenir, pero ante los que hay que andar con ojo) les estime a los dos, les respete a los dos, ayude a los dos. Nunca podrá ser por igual, pero sería perfecto. La gente que toma parte en su vida debe querer lo que es, no lo que no es; y lo que es cada uno no viene definido por separado, sino en comunión de vida con otra persona. Por eso es tan importante velar y no desfallecer en este ejercicio.

El párrafo anterior habla de la vida matrimonial. Lo mío es otra cosa. Sin embargo, les hablo de esa manera por propia experiencia. Ser sacerdote y escolapio no implica la absoluta soledad. Sí una soledad cierta, pero no absoluta. Sí una soledad radical, pero no total. Sí una soledad en lo humano, no en relación a Dios ni en atención a sus dones, que son muy humanos normalmente. Estamos rodeados permanentemente de personas, en continua comunicación. Unos quedan en la amable periferia del reconocimiento mutuo, de la estima, del saludo. Otros, sin embargo, forman parte del corazón, nos constituyen como personas, como religiosos, como sacerdotes. No vivo, dicho sea de paso, de la sospecha permanente de otros tiempos, impulsada más por una forma incomprensible de entender lo humano, que por una espiritualidad y docilidad fuerte. Hay personas que entran a formar parte de la vida de un sacerdote; no todas, claro está.

Las personas que entran en mi vida aprecian y estiman mi sacerdocio. No puede ser de otra manera. No lo conjugo como deseo, ni como norma de futuro. Sino como presente. Y esta exigencia, indiscutible para los cristianos, la hago extensiva también a los no creyentes, a quienes se confiesan como ateos, a quienes de entre mis amigos nada quieren saber de Dios ni con Dios. Es curioso y es posible. Y no deja de ser una cuestión cualquiera. A mí personalmente me interroga esta posibilidad de comunión, de apertura y de aprecio mutuo. No me deja indiferente en ningún aspecto. Y es una afirmación muy rotunda y contundente, como una especie de admiración por un don que saben que no es mío sólo, pero que porto en mí mismo, que configura mi vida, que me hace ser quien soy. A más de uno de estos amigos ateos lo he visto presumir delante de más gente diciendo que tiene un amiguete cura. Así de simpática es la vida, cuando no se oculta. No pretendo evangelizarlos imponiéndoles nada, mucho menos con chantajes de otro tipo, o con coacciones, y al tiempo reconocen que llevo una Buena Noticia tatuada en el ser. Como una especie de sello, que ha dejado huella, que ha imprimido carácter.

Tanto en el caso de mí mismo, como en el de las parejas, laten la misma clave de fidelidad y de comprensión de la persona en su conjunto y globalidad. No entiendo esta opción por el lado disgregador y separador, como si estuviese diciendo que la opción preferente es rechazar al mayor número de personas. Más bien, al contrario. Estimo que lo que hace al sacerdote es ser para todos, y al escolapio, preferentemente de niños, jóvenes y familias que rodean la escuela. La misión es amplia, la tarea abundante, en renovación constante. Permanece y se mantiene por encima de nosotros y nos supera.

Éstas son las pistas que me hacen pensar que alguien quiere mi sacerdocio:

  1. Entiende que es una cuestión religiosa, una vida y vocación que afecta todo en mi existir. Si enseño, si predico, si celebro, como si ceno, paseo, descanso. En casa o fuera de ella, en compañía de cualquiera. Nada tiene de tangencial y accesorio, ni marginal en el conjunto. Es totalizante. ¿Todo el día diciendo misa, rezando? No todo el día “en la misa”, aunque siempre con mucho de Dios. No puedo prescindir de Él, y ellos lo saben. Es uno más en mi compañía, que me hace entender el mundo de una forma particularmente propia, que se cuela en todo y le da sentido.
  2. Habla con respeto de lo que me llevo entre manos, y no me deja hacer ninguna crítica fácil. Habitualmente no sólo habla con cuidado y cautela, sino que además está interesado en dialogar y profundizar. Hacemos camino juntos, incluso en aquellas cosas de las que no entiendo poco. De mis amigos aprendo cosas de mi sacerdocio. Como tienen la referencia de mi vida leen cosas por aquí y por allí, y escuchan otras, sobre las cuales es ordinario encontrarnos hablando y debatiendo.
  3. Respetan tiempos y ritmos, también las posibilidades de las que dispongo. Saben que cualquier momento no es propicio, que ando en múltiples ocupaciones y tareas, de aquí para allá. Hay personas especialmente hábiles en esto, que por otro lado insisten en la necesidad de que la vida de un sacerdote se amplíe, en lugar de limitarla y cerrarla, y rodearla siempre de los mismos haciendo las mismas cosas de la misma manera. No se trata de empezar con fuerza y venirse abajo, sino de sostener y crecer constantemente; procurar no retroceder, no reconquistar lo avanzado. A diferencia de la idea fácil de progreso mediado por técnica, hablo de las facilidades de la paciencia de los unos con los otros, y de la capacidad de soportarnos mutuamente.
  4. Me invita a amar más, siempre más. Mis amigos se convierten en un exigente reclamo de una vida intensamente vivida. Algunas veces exageran con esto, como si siempre pudiera aportar algo. Como los grandes amigos, miran con grandeza, no con estrechez de miras. En esto me regalan y despiertan a lo que no incluso en ocasiones no veo. Por ejemplo, cuando nos sentamos a parlotear de esto o de esto otro, no esperan de mí cualquier palabra, sino algo dicho con sentido, y sentido por mí. En ocasiones incontables el resumen de todo es “hay que amar más a tal o cual persona, quererle mejor, buscar el mejor modo de servir”. No andamos con torpes justificaciones, tampoco con críticas rotundas. Sea cual sea la situación, hablar en verdad, con criterio y conocimiento. Evidentemente, su esperanza no puedo cumplirla la mitad de las veces. Aunque reconozco que me ayuda a escucharles mejor a ellos. No lo saben, pero su actitud cultiva mi escucha atenta,  y la altura de su amor y de sus palabras.
  5. Algunos celebran conmigo los sacramentos. Especialmente la eucaristía. Y se sienten libres para confesarse conmigo, aquí o allí. También celebramos la vida, fruto de ese contagio, celebramos muchas cosas a diario. Casi cualquier encuentro, porque no siempre dispongo de todo el tiempo que ellos tienen. Por lo que nos esforzamos en algo que a todos desearía: hacer que cada ocasiones de estar juntos sea particularmente importante. Además, cuando tienen algo en lo que yo puedo servir con mi ministerio, no dudan en pedirlo. Les agrada incluso.
  6. Ofrecen un enorme descanso, refugio. Sobre esto no digo nada más. Parece que trazan un muro defensivo, sin las ocupaciones y preocupaciones usuales.

Lo dicho para mí, con sencillez y agradecimiento, creo que vale igualmente para los matrimonios que tengo cerca. Con ellos, en la misma lógica y reciprocidad, deseo hacer lo mismo. Dar gratis, lo recibido gratis.  Y ojalá este horizonte y mundo se abra cada día más, dé más acogida a quienes venga con ánimo recto, y así fructifique esta reunión. No hay otro camino para vivir lo que somos, empezando por el respeto propio y del otro.

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7 pensamientos en “Los que quieren “mi” sacerdocio

  1. Muy hermoso P.José Fernando.No hay otro camino para vivir lo que somos,empezando por el respeto propio y del otro.Felicitaciones.Mis oraciones.Todo sus escritos de todo lo que tiene ,me llegan por mail y no son pocos..Muchas Gracias.

  2. Pingback: A los que quieren “mi” sacerdocio | Preguntarse y buscar

  3. Del todo de acuerdo. El sacerdocio es un desposorio…esto es importante tenerlo claro por ambas partes, sacerdote y amigos. Requiere una madurez personal grande llegar a este casamiento místico, el camino a veces es largo, no suele ser algo mágico, tiene su proceso. No desvincularse de esta unión con Dios, lo más sagrado le pertenece a Él…es importante para vivir un sacerdocio con sentido.

  4. Vuestra esponsalidad con Dios nos hace bien a los seglares cuando realmente sois uno con Él, sin sentiros cojos en aspectos importantes de la vida. Es un proceso, un trabajo, una conquista, un dejarse mimar cada día por ese amor más grande…Gracias por vuestra fidelidad en medio de vuestra pequeñez, la que todo ser humano portamos.

  5. Pingback: Las personas que entran en mi corazón aprecian y estiman mi vocación de consagrado | Daniel Pajuelo Vázquez, sm

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