Jóvenes de los que no se habla en las revistas ni en televisión


Acaba de llegar a mi mesa una revista que sigo mensualmente. Conozco a la persona que hace las fotos de portada, y siempre son un motivo para, como mínimo, ojearla, echar una sonrisa al aire, pasar las páginas y aprender. Habitualmente la foto tiene algo mordaz y provocador, como la que ofrezco en este post, que es de una edición anterior. Como no quiero plagiar de Septiembre, que no ha puesto la portada tovía en la web, os la cuento: “Son varios jóvenes talluditos, superando la veintena corta de años, que adornados con sus correspondientes pendientes, gafas y gorras, juegan con pistolas de agua.” En la parte inferior, el título del mes: “¿Siempre adolescentes?” Una pregunta interesante, sin lugar a dudas.

Esto me recordó que, el año pasado, tuve un taller con jóvenes titulado “Los jóvenes que sois”, y una de las claves que empleaba era precisamente esa, la de la necesidad de renunciar a la adolescencia para poder vivir, incluso, una verdadera juventud. Porque jóvenes y adolescentes se diferencian, por los menos en los libros de Psicología Evolutiva, en los libros de Pedagogía, en los libros de Sociología, en los libros de Medicina, en los libros de Espiritualidad… en todo. El derecho a votar, por ejemplo, lo puede ejercer un joven y no debería dejarse en manos de un adolescente esa responsabilidad. Pueden estudiar todos, pero trabajar no. La cuestión es que se ha vendido la eterna juventud por doquier a los adultos, y como si un desplazamiento migratorio similar al de los bárbaros que arrasaron Roma y conquistaron la Península, los jóvenes han pasado a ser adolescentes permanentes. Un “tapón” evolutivo les impide avanzar, superando en madurez a sus mayores.

Siento ser mordaz, como las portadas de mi amigo. El párrafo anterior no es del todo cierto. Lo reconozco. Aunque no del todo. Porque no hace mucho, antes de estos análisis despellejadores sobre los NI-NI y la generación Y, con comentarios y subtítulos televisivos, antes de esto nos sorprendíamos al comprobar que los jóvenes estaban perdiendo la referencia de los adultos, de modelos de vida que pudieran iluminar su camino, de ideales que alcanzar pero encarnados. Dicho de otro modo, es tarea de todos y responsabilidad de todos conducir a las generación que llega, abriendo camino en la selva y el asfalto, en el mundo laboral y familiar, en las relaciones personales y vida de fe.

Cuando el año pasado di el taller, lo estructuré de modo que uno de los primeros momentos fuese el de “Críticas a los jóvenes”. Formamos grupos, y cada uno de los grupos se encargó de uno de los cinco grandes bloques. Les pedí que leyesen, que compartiesen un rato entre ellos, y finalmente que intentasen defenderse por ellos mismos de lo que allí se decía. La cuestión no es que “allí se decía eso”, sino que pulula en la sociedad contra ellos, formando un ambiente en el que, sinceramente, se le hace difícil a cualquiera poder respirar. Mi sorpresa fue comprobar que, aplastados por la losa y habiendo tragado tantas veces las mismas palabras, los mismos contenidos, la misma imagen de lo que es o deja de ser un joven, no encontraron demasiados argumentos, ni teóricos ni prácticos para defenderse. Alguno se limitaba a decir “yo no soy así” y poco más, porque enseguida alguien de los otros grupos le presionaba para que lo aceptara. Porque es, a día de hoy, mucho más fácil ser “del montón” que ser un joven de los que no aparede ni en revistas ni en televisión.

Dicho lo cual, comparto con vosotros el material que utilicé con ellos. Por si alguien se anima a comprobarlo. Pero más importante aún, por si algún adulto se anima a hablar a los jóvenes, con los jóvenes y de los jóvenes como si no fueran eternos adolescentes, añiñados y cargados con la culpa y crítica permanente de una sociedad que no les ofrece ni una educación potente (cf. el principio de “La educación prohibida”), ni un trabajo digno (que no es un trabajo fácil, como hemos venido haciendo hasta ahora, donde prime el dinero), ni un ocio sano (porque miramos demasiadas veces hacia el otro lado como si nada pasase), ni una conversación y cultura equilibrada (porque las series que ven en televisión sólo vienen a fomentar esa adolescencia de la que tantas veces renegamos). Todo lo dicho es matizable, evidentemente.

Os paso, sin más, el texto.

PRIMERA CRÍTICA – RELATIVISMO MORAL

Moralidad. La palabra, de por sí, no invita a pensar demasiado en los jóvenes. De hecho, se considera que es algo antiguo, obsoleto y pasado de moda. La modernidad eliminó, entre otras, esta palabra; pero no se puede negar su realidad. Moralidad es la capacidad de decisión en función de unos criterios, opciones y principios personales, o de grupo. Y con ella, por lo tanto, la capacidad de elección, fuerza de voluntad, esfuerzo, sacrificio,
Lo relativo y lo absoluto. Se entiende por relativo todo aquello que depende de circunstancias, situaciones, personas, momentos, contextos. Y por lo tanto, ofrece diferentes posibilidades de actuación. Es innegable que muchas cosas pueden ser buenas siendo relativas, o que hay que atender las circunstancias si se quiere acertar con la decisión más humana y correcta en determinados casos. Lo absoluto, es decir, lo opuesto a lo relativo, sería aquello que es incondicional, innegociable, imprescindible, cuyo grado no pertenece a lo matizable y variable. Es así, ahora y siempre. Y no sólo para “una persona”, sino para el conjunto de la sociedad, para todos.
Relativismo. La exageración de las circunstancias. Hacer que todo, absolutamente todo, “dependa”, se pueda someter a juicio y se critique. Cada uno puede hacer lo que quiera, ejercer su libertad al máximo… Quizá el límite sea la libertad de los demás, pero el relativismo ha demostrado que es tan potente que no permitirá disensiones, generará conflictos y división. No hay verdadero diálogo en la medida en que cada uno quiere hacer lo que quiere, se cree poseedor del bien y no necesita preguntar, mucho menos escuchar otras voces. Es decir, que todo se ha hecho “subjetivo y dependiente” del sujeto, y la realidad objetiva no existe, ni para lo bueno ni para lo malo.
Causas y consecuencias. En la medida en que se ha potenciado el individualismo y el derecho a “decir lo que pienso” en cualquier momento, sin más referencia, hemos llegado a optar socialmente por un relativismo tal, que han desaparecido los puntos comunes y absolutos. Es la exageración de los derechos individuales, al margen de las obligaciones que comportan; entre otras, la de “ganarse” ese derecho por madurez, por criterio, por razonabilidad. Al menos en lo más importante. Carencia de diálogo, de búsqueda de la verdad porque nace de “la mayoría” y de “lo democrático”, haciendo que todo sea opinable, pero sin criterios reales. El relativismo moral concluye en un aislamiento enorme de cada persona en sí mismo, y en la dificultad de iniciar proyectos y procesos comunes, donde los sujetos se comprometan con esfuerzo y paciencia. Si todo se hace en función de algo que no sabemos bien qué es, si no queda claro y no puede ser compartido, si no hay referencias para valorar las cosas como buenas y malas, entonces la vida en sociedad se hace sencillamente imposible. Mucho más la comunión. Y termina haciéndose molesto, y condenando como “dogmático e intransigente” a quien piensa que no todo da igual, que no se puede hacer de cualquier manera, y que algunas fronteras y límites nunca se deberían cruzar. La tolerancia, dicho de otro modo, se vuelve intransigente. El relativismo moral sólo es posible cuando los sujetos creen que saben “mucho” sobre la vida y nadie tiene por qué enseñarles nada. Aquí están ellos, siendo sus propios dueños, decidiendo sobre un mundo que no tiene valor y al que tienen que dar sentido.
Hacia el pensamiento único. Curiosamente, al mismo tiempo que observamos que se produce este fenómeno moral, por otro lado asistimos a la realidad del pensamiento único y la dificultad de mantener los propios principios y valores. La presión social, que ha desintegrado al individuo, al mismo tiempo ha propiciado una serie de principios que son deben ser aceptados universalmente, marginando las voces que opinan de diferente forma, causando enfrentamiento y conflictos insalvables por cualquier camino que se busque. Y esto es así porque el relativismo moral pierde la referencia de la objetividad, de los hechos, y aspira más a las interpretaciones y a los “gustos”.
Cristianamente. Es maravilloso que las cosas sean matizables, porque no todo se puede medir por el mismo rasero. La Ley se ha mostrado como la mayor condena de la libertad, de la humanidad y de Dios. La Ley fue capaz de matar al Inocente. “Publicanos y prostitutas o adelantan en el camino del Reino.” “Dejad que los niños se acerquen a mí.” Todo es relativo para el cristiano, es decir, relativo a Dios. Lo cual hace que muchas cosas, siendo manejables y adaptables, con gran libertad, también se conviertan en excesivamente importantes. Adquiere un gran rostro toda la realidad: la imagen de Dios en todo hombre, los signos de Dios en todas las cosas, la llamada a saber usar para el bien toda la realidad. Y siempre está el deseo de Dios de atraer a todos hacia Él, que no es nada relativo por otro lado.

SEGUNDA CRÍTICA – HIPERSENSIBILIDAD

Sentidos y afectos. Lo creamos o no, durante una gran parte de la historia de la humanidad, y en muchas culturas actualmente, los sentimientos personales y los afectos entre personas, no tienen gran valor ni representan algo decisivo. La vida afectiva ha sido cultivada casi en exclusiva por el pensamiento occidental, de raíz cristiana, y a la sombra de la Biblia y de los padres de la Iglesia. El corazón era el lugar de los deseos, y de la voluntad. Y portar sentimientos era referirse no tanto a “un presente” como a un futuro como inicio de una acción, de un camino, de la toma de decisiones. Si me siento así, si siento esto, haré y arriesgaré por este camino. Sentimiento era intuición profunda, más racional que cardiaca, y más voluntarista que acomodaticia. Por otro lado, la afectividad estaba puesta al servicio de la comunión, de la unión entre personas, creando lazos intensos y duraderos. Lo afectivo ejercía lazos más allá del sentimiento, como un compromiso con alguien concreto.

Situación actual. Decimos que vivimos en una sociedad hipersensible, que ha elevado lo emocional a la cumbre de lo real. Y todo lo que “es” tiene que ser obligatoriamente “sentido”, haciéndose dependiente de sus emociones. Absolutizando el sentimiento, por encima de la razón, cegándose por lo tanto a cualquier capacidad de objetividad. Provoca sujetos inestables, que a todas luces están a merced de lo que viven, e intentan saciarse con lo que pillan a su alrededor. Van de un sitio a otro buscando y pretendiendo alcanzar emociones “fuertes”, que les hagan sentirse bien. Y bajo ese ritmo de consumo, ya no valen los sentimientos de “siempre” sino que se miden en intensidad. Lo verdadero será aquello que provoca euforia al máximo o lo que haga que se salten las lágrimas hasta rabiar. Hacer frente, por otro lado, a la vida, es pesado y rutinario. Y por consiguiente, despreciable. Hay que romper, salir, huir, hacer lo diferente, ser original… aunque sea un camino transitado por muchos.

Prevalencia de lo irracional. Detrás de todo esto se esconde, como no puede ser de otro modo, la ceguera de lo irracional. Ya no somos personas porque “pensemos y reflexionemos”, tarea ardua y pesada, sino porque sentimos. Nos sentimos vivos cuando sentimos. Lo real se siente, padece y provoca. Los sentimientos no se pueden negar. Lo irracional es la pérdida de referencias

Altibajos emocionales. Ya no son sólo una situación adolescente, sino de todos los grupos de personas. Hoy me siento bien, mañana mal. Y cuando me encuentro incómodo por algo, casi incapaz de dominarme y por el malestar que me provoca, decido, obro e intento huir. Hay días que no tendríamos que habernos levantado, según esto, porque todo fue un desastre que se venía venir. Y hay otros que estoy mermado para pensar correctamente, que todo me hace daño. Y mañana, lo contrario. Y así sucesivamente. Y uno no saben bien qué pensar, qué hacer, cómo estar.

Cristianamente. El descubrimiento de nuestra dimensión afectiva, con la importancia del amor, es radical para el cristiano. Nada es, casi, tan importante en este mundo como amar y sentirse amado. Y ser capaces de amar es una gran responsabilidad y un enorme derecho. Tan es así que sufrimos cuando no amamos, y descubrimos el amor cuando somos capaces de sufrir, entregar y donarnos por alguien. ¡Ésa es la grandeza! A Dios, también le podemos sentir. Mantenernos a la escucha, que nos pueda tocar el corazón, y hacerlo tan dentro, con tanta fuerza que parece que se reconstruye todo y toma una nueva cara, nuevos matices, y una grandeza desconocida. Los sentimientos son un don de Dios que nos ponen en comunicación a unos con otros: sufrir con quien sufre, sentir compasión; alegrarme por éxitos de otros, sentir curiosidad, dar un paso valiente confiando en la vida. Pero en medio de una sociedad hipersensible, que exige sentir a toda costa y en cualquier momento, lo cierto es que reina la confusión, también respecto de Dios, de la iglesia y de nuestra propia misión. Y peligran cosas importantes entre tanta maraña.

TERCERA CRÍTICA – SIN ASUMIR RESPONSABILIDADES, NI RIESGOS, NI DIFICULTADES

Responsabilidad y limitación. La persona se construye. Es cierto que nace dotada de grandes dones y virtudes, pero sobre todo, se construye. Nuestra cultura y sociedad ha tenido esto claro siempre, por lo que abrir el campo de las posibilidades, y ofrecer justamente las mayores posibilidades posibles a todos los individuos de la sociedad, ha sido siempre valorado como positivo. A mayor número de posibilidades, capacitando para la libertad, también tendremos personas más comprometidas, justas, que hagan aquello para lo que realmente valen y quieren ser.

Dificultad para asumir responsabilidades. A todos los niveles: familiares, académicas, relacionales, afectivas… La responsabilidad es vivida como una carga, pesada y fastidiosa. Lo mejor es tener personas que lo hagan por nosotros, y que además podamos criticarlas en sus fallos, comentar porque sabemos más y  somos mejores que los demás. La dificultad para asumir responsabilidades está relacionada con nuestra falta de libertad, clarísimamente, y también con nuestra incapacidad para el sufrimiento y la crisis. Hemos dado el paso a considerar al responsable como un pringado, como alguien antisocial, como alguien aburrido, tedioso y poco vital. Tenemos que ir despacio con las “cargas” porque somos más pequeños y limitados de lo que creemos. Y somos libres cuando disponemos de “tiempo libre” para salir, ir, hacer y deshacer. El compromiso es la tortura social por excelencia, y su secuaz es el horario, ladrón despiadado de las horas del día. La responsabilidad, míralo de este modo, me coloca “por debajo de algo”, y no estoy dispuesto a que esto suceda; me somete a la voluntad de otro, que tengo que obedecer, atender y escuchar, o de la tarea que llevo entre manos; me desapropia de mí mismo, para dejarme al margen y sin tanta importancia como al principio pensé que tendría. Y lo que nos gusta es seguir soñando que las cosas pueden ser de otro modo, y que otros tienen que hacer las cosas de esa manera. La falta de responsabilidad me sitúa en el mundo de Yuppy y allí todo es maravilloso.

Libertad como ausencia de esclavitud y compromiso. Libertad significa sin ataduras, y por lo tanto con las posibilidades siempre abiertas y calentitas. Creyendo que puedo dar marcha atrás cuando quiera, que vivir esto o esto otro no causa nada, que puedo hacerlo porque no pasa nada, porque no pasará nada, porque se podrá olvidar, borrar, desmemorizar. O porque lo de hoy no tiene que ver con lo de mañana. Nos hemos hecho demasiado frágiles al considerarnos “demasiado solos” y por lo tanto sabemos que nuestra debilidad puede dar al traste con cuanto queremos realizar y queremos alcanzar. Quizá desearíamos comprometernos, pero nos da miedo que tenga que ser para siempre, lo que pueda venir.

La dificultad se identifica con el fracaso. Hoy se evitan las cosas complicadas (facilidad, todo hecho) hasta que no queda más remedio. Somos sobreprotectores, hay que eliminar riesgos y problemas de seguridad, encontrar soluciones antes de las encrucijadas y de que todo termine mal, o damos rodeos para no caminar por las zonas peligrosas (metáfora de la vida). Aislamos nuestra vida en una pequeña burbuja, que dentro del mapa global es más que pequeña, donde no existen los problemas de otros lugares, sin enfermedades, sin preocupaciones, sin hambre, sin conflictos, sin tensiones, sin problemas graves, sin desasosiegos, sin desencantos, sin exigencias, sin motivaciones… Todo para no contar con la dificultad ni enfrentarnos a ellas con libertad. Entendemos que la dificultad es mala, indeseable, la asociamos a la equivocación y al fiasco, aunque digamos que es normal, que es parte del camino, y que hay de todo. La actitud cotidiana más ordinaria es evitarla.

La dificultad lleva a la ruptura. Si algo me parece difícil tengo que abandonar, lo antes posible para no hacerme más daño. Es una rendición antes de tiempo, pensada y sopesada, prematura y pactada con la realidad. En cuanto no sea fácil, abandono, ahí te quedas, yo por mí camino y tú por el tuyo, sin que volvamos a cruzar miradas ni a encontrarnos en este mundo. No quiero volver a ver lo que hace sufrir, ni el dolor, ni la crisis. Tras una crisis, que normalmente provoca crecimiento y madurez, lo que tenemos en los jóvenes de hoy es un regreso a su infancia, sin querer saber nada de “ser mayores” salvo unas cuantas cosas que son de hombres y mujeres.

Sin responsabilidad conmigo mismo, ni con otros. Ya no hablo sólo de la falta de responsabilidad con los demás, también evitamos la responsabilidad con nosotros mismos. Sentirnos culpables por algo parece lo peor del mundo, un límite que nunca deberíamos haber cruzado, que nos va a traer la peor de las condenas posibles y que hará que seamos infelices y estemos insatisfechos. Los suspensos hay que afrontarlos con dignidad. Y si alguien es culpable, siempre es el hijo del vecino, el compañero de clase, el ambiente, y no sé cuántas cosas más. Todos menos yo. Porque el camino es el de la irresponsabilidad personal, no tener que dar cuentas a nadie de lo que hago, ni de por qué lo hago, ni de si lo hago por algo o no.

Cristianamente. La libertad no es ningún fin, sino un medio. La vida cristiana exige mucha responsabilidad y compromiso. Decir “cristiano” es decir que “es imagen de Jesús+ en el mundo”, que los demás verán en él a Cristo+ con todo lo que eso significa. Es la renuncia a la propia vida, y es dificultad. El amor no es egocéntrico, sino exocéntrico. No se centra en uno tanto como en los demás, en ellos. Se descoloca, vive para otros. Y la libertad es compromiso y comprometida.

CUARTA CRÍTICA – JÓVENES MEDIATICOS MEDIATIZADOS

Los medios de comunicación. ¡Qué maravilla tan grande! Podemos comunicarnos casi con cualquier persona, en cualquier lugar el mundo. Y eso sin renunciar a casi nada, sin estar dependiendo del lugar, del momento. Puedo lanzar un mensaje hoy que será visto por millones de personas, o puede ser visto por muchos. De igual manera estoy al tanto de todo lo que sucede en el mundo casi al instante. Tengo información por todos los sitios, tanto que no alcanzamos a

Filtros comunicativos. Toda comunicación que recibimos está filtrada y pone la atención sobre algún aspecto, más o menos importante. Nos oculta algo, para mostrarnos la realidad a su manera, con sus intereses y con sus peculiaridades. De algún modo, esos “medios de comunicación”, que hacen de intermediarios también se convierten en “la fuente” de la verdad, del bien y de la humanidad. En dichos filtros se enarbolan algunos temas que se convierten en lo principal, en la causa justa que hay que defender, y en la injusta que hay que combatir. Frente a ellos, la mayor parte de individuos se siente desprotegido, a merced y carente de criterios para hacer un juicio sereno y general.

Exceso de información. Tanto que provoca saturación, desinterés y falta de impacto de algunas noticias. De otras, a las que ni siquiera prestamos atención, ya no sabemos ni siquiera qué decir o si son importantes o no. Y entre la abundancia, sucede igualmente la falta de memoria. Hoy ya no se recuerdan las noticias de hace unos días, por muy importantes que fueran, se carece de historia que permita englobar y sopesar todo adecuadamente, y además, se hace difícil la relación entre unos y otros conceptos. Tanta información –como demuestran buscadores como google- motiva conformismo con las primeras palabras que encontremos y con dos o tres matices, sin importancia. Sabemos que hay más, pero no hacemos uso de otras opciones. Tendemos a la comodidad y lo fácil, por lo que lo primero será suficiente. Con lo que me digan, y cuatro cosas que aprenda por ahí, tengo todo dicho.

Secuestro emocional. Los medios de comunicación ya no son sólo los noticiarios, la radio y la prensa escrita, periódicos o revistas. Ya en su tiempo, la sustitución de los libros por este tipo de prensa generó una gran revolución y malestar. Ahora, las verdades se reciben de las series de televisión, de los anuncios que prometen belleza, de las noticias impactantes que dejan “tocados” a los usuarios. Algo particular es el fenómeno de las series, donde en escasos 20 minutos o menos de una hora, aparecen mini-historias entrelazadas en otra macro-historia con personajes de todo tipo, y que son vistas para “dejar de pensar” y “pasar un buen rato”. Sin embargo, esas series traen consigo una imagen de la sociedad, unos valores determinados, una opinión de la vida, unos deseos, proyectan imágenes, crean expectativas, dan opiniones sobre cosas, y en otros casos, ocultan juicios, ridiculizan escenas, minusvaloran personajes. Las series, bajo el aspecto del ocio y del tiempo libre, secuestran emocionalmente para impedir la reflexión y el pensamiento. No se dialoga sobre el “contenido” sino sobre las formas. Y entre tanta belleza, también se generan “deseos”, “identificaciones”, y conexiones sentimentales con unos personajes o con otros, con unas situaciones o con sus contrarias.

Internet y las redes sociales. Una nueva forma de consumo, continuo y constante. Se ha abierto nuestro mundo a posibilidades que todavía hoy no controlamos, pero nos controlan. Perfiles en redes sociales donde los jóvenes dicen “lo primero que se les ocurre”, suben fotos “sin calcular las consecuencias”, crean imágenes y perfiles que no les corresponden “en la realidad”, y se expresan sin los tapujos y limitaciones de la vida ordinaria. Donde tienen acceso, más allá de lo negativo que se quiera hacer ver, a vivir una vida paralela a la realidad, en la penumbra y en la ocultación. Intenet es un mundo abierto, sin personas, y sólo con imágenes. Es fácil hablar, decir, escribir, opinar, pero ¿dónde quedó la acción y la creación? Sin olvidarnos, por otro lado, de que estamos creando nuestra propia imagen a través de las opiniones de los demás, de las frases que encontramos, y de las limitaciones de un mundo tan virtual como fantástico.

Cristianamente. Todo lo que sean medios, deberían ser considerados como tales, no como fines en sí mismos. Es impresionantemente positivo que podemos acceder a tal grado de comunicación e información. La cuestión es en manos de quién está, si la información sirve a la verdad y se remite a ella y a lo profundo del corazón, si genera dependencias, si potencia mentiras y engaños, si aisla y condena opiniones por el hecho de no ser “como gustaría o quisieran”.

QUINTA CRÍTICA – INDIVIDUALISMO MENDICANTE

Individuo. Es maravilloso que nos hayamos dado cuenta, en la historia de la humanidad, que cada persona es individual, es decir, única e irrepetible. Y por lo tanto que seamos conscientes de que es portador de un gran valor para todos. Podemos asociarnos con otros, hacer grupo, sin que eso signifique que dejemos de ser “quien soy”. El “yo” ha sido puesto en el centro de la historia, y sobre él sobreviene la responsabilidad de construir el resto, de hacer, de elegir, de ofrecerse o quedarse al margen. El individuo lo es todo. De ahí, el individualismo: cuando en el mundo existen demasiados centros, cuando no hay nada que sea realmente compartido, cuando todo se someta al juicio y criterio de cada uno.

Yo vivo, yo elijo, yo decido. Todo lo mío acaba siendo lo primero. Y por lo tanto, estamos sometido al más cruel de los egoísmos. Sin más salida que la de intentar ser yo mismo, crearme una imagen, y ser valioso para ser querido sin perder el centro ni descentrarme de mis propios criterios y opciones. El “yo” situado al principio significa que lo mío es intocable, que acabo creyéndome que soy portador de una fuerza cuasi-omnipotente que me hace estar por encima del bien y del mal, y con capacidad para dar sentido a la realidad que me rodea como si la fuente estuviese en mí.

Único e irrepetible, es decir, el mejor. Porque de lo que se trata finalmente es de demostrar la propia valía y el propio acierto. El individualista presume de quedar por encima de los demás siempre, compite por ser el mejor. Que es la mejor forma de mostrarse necesitado de otros, aunque no lo reconozca. Oprime a otros para quedar por encima, juega sucio hablando de los demás, miente para estar en los primeros puestos. Al final hemos confundido, con tanta jerga maravillosa, que ser únicos significa reconocimiento por parte de los demás. Y si no se consigue, problema al canto, decepción, fracaso y más combate, lucha y

Es mi mundo, el mundo. Nada hay más allá de lo que vivo, y vivo pensando para mí y en mis cosas, en tener y conquistar a toda costa y con todo lo que comporta. Mi mundo lo construyo yo. Con mis relaciones, de las que soy el centro, y con mis cosas, de las que soy el dueño. Y va creciendo y va aumentando. Y nadie tiene derecho a entrar en mi mundo, salvo que yo le dé permiso. Ni esos otros lugares del mundo donde se sufre, ni esas otras personas que se preocupan por mí. Yo voy a lo mío, con lo mío. Me lo guiso y me lo como. Es incluso difícil querer a estas personas, que al final se vuelven insensibles, indolentes, o consumen los sentimientos e ideas de otros haciéndolas suyas para poder vivir. E igual que nada entra sin su permiso, nada sale de su mundo salvo que lo considere desecho, porque lo suyo es maravilloso, envidiable, y así se siente un rey. Nada sale significará que nada compartirá, que no se preocupará de ayudar salvo por medio de un intercambio en el que salga ganando.

Mendigos de amor y aprobación. Paradójicamente, tanto individualismo conduce a unas dependencias brutales a cambio de amor y aprobación, y el ideal de ser único e irrepetible pasa a ser una ola de jóvenes iguales con una senda marcada de la que nadie se puede salir “demasiado”. Algunas cosas se permiten, pero no todas. ¡Cuidado! ¡Peligro! De entre todos los individualismos posibles, el mendicante es el más lastimero. Es el que ha hecho la prueba de la soledad que comporta ser diferente, y se ha estrellado contra un muro que es insoportablemente duro, que no puede atravesar, y vuelve cabizbajo y sin dignidad en busca de apoyos, malherido. La búsqueda de amor, de aprobación, de estima, de aplausos y de palmaditas en la espalda algunas veces es beligerante y exigida a otros. “Soy libre… pero dime que soy bueno.” “Soy único, y hago lo que quiero, pero apláudeme en mis decisiones. Te guste o no.” Y otras veces, es un viaje tan difícil de recorrer por uno mismo, el del individualismo, que deja sin dignidad ni autoestima a las personas que lo emprenden, haciendo que regresen por otros caminos de mayor dependencia y necesidad, con más carencias que nunca en busca de cualquier amor fácil que se deje conquistar. El amor mendicante, sin dignidad ni prestigio, da lo único que le queda por entregar a cambio de algo que le haga sentir mejor: se da a sí mismo, se pierde.

Contrastando con los otros. Los demás no son una amenaza, hasta cierto punto. Vivo los contrastes como confrontaciones, y la diversidad como una fatalidad porque no vamos todos al unísono.

Cristianamente. Claro que somos únicos. Pero únicos en relación, en igualdad en tanto que todos somos personas, y en comunión. Ser único no es aislarse del mundo, montarse un universo paralelo donde poder ser el rey, olvidándome de los demás y de Dios. Hoy necesitamos recuperar un sano individualismo, para jugar contracorriente nuestras mejores bazas y aciertos.

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2 pensamientos en “Jóvenes de los que no se habla en las revistas ni en televisión

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