Derecho a enfadarse, y desenfadarse


Tienes derecho a enfadarte. Todo el del mundo. Tú, y el que está a tu lado. No pertenece a la carta magna de ningún país, ni se subraya en la Constitución, ni siquiera en la declaración de los derechos humanos. En ningún lugar viene recogido. Porque se da por supuesto. No tienes, por lo tanto, que preocuparte demasiado cuando estés enfadado con alguien por algo. Lo que sea. Repito, ¡tienes todo el derecho del mundo! Formar parte de nuestra humanidad, que ojalá no se disparase algunas veces tan rápido y a la ligera, pero qué le vamos a hacer. Y como es humano, es legítimo verse así de vez en cuando. Quizá no todos los días -si es así, háztelo mirar-, ni con todo el mundo -hay gente con la que resulta complicado discutir y poner mala cara-, ni siempre agriando fiestas. Pero de verdad que no tienes que sentirte culpable por ello ni nada por el estilo.Y puedes enfadarte con quien quieras: con tus padres, con tu pareja, con tus hijos, con tus amigos, con tus sobrinos, con tus compañeros, con tu grupo, con el que pasa por la calle y no te saluda, con los vecinos que viven dos pisos más arriba, con quienes caminan contigo y quienes no lo hacen, con la iglesia de arriba y la de al lado, con los curas y las monjas y todos los cristianos, budistas, musulmanes, hindúes, con los políticos, con los ricos y con los pobres, con los jóvenes y con los mayores, y con Dios. Si te enfadas con los parados o los enfermos, quizá te estés pasando. Pero estás en tu derecho. Con todo el mundo si quieres, al mismo tiempo. Dispuestos a enfadarnos, ¡incluso con nosotros mismos más de una vez! ¡Por qué no!Y tienes derecho a ello. Últimamente se lo digo a mucha gente, y creo que lo hago de corazón, conociendo su situación y circunstancias, atendiendo a lo que viven con especial interés y acogida.

De hecho, me parece incluso normal y sano. ¡Qué desastre de mundo tenemos entre manos! ¡Como para no indignarse, quererse bajar y arrinconar las esperanzas junto al cubo de la basura! Y si entramos en el terreno personal, ¡ni te cuento! Conociéndonos como presumimos de conocernos, 24h al día junto a nosotros mismos, no perderíamos ocasión de estar de morros ante el espejo con frecuencia y decirnos un par de cosas fruto de la situación de cabreo que nos embargaría. Siempre podríamos haberlo hecho mejor, siempre nos hemos descuidado en algo, rozamos la perfección y no la alcanzamos, nos vemos superados, nos dejamos en cierta medida… ¡ufff! Qué desastre sería si nos escuchásemos de este modo demasiadas veces.

En cualquier caso, junto al derecho a estar enfadado llevando o no la razón -que equivocarse también forma parte de lo humano, decía Cicerón en latín soberbio-, incapaces o capaces de controlarnos siempre -y quien esté libre de esta duplicidad, que tire la primera piedra-, aparece el derecho a que otros también se enfaden con nosotros. Es más, bien pensado, el derecho al enfado revela cosas muy importantes de la humanidad propia: nos enfadamos con aquellos que nos importan, habitualmente; o por temas que nos tocan “la fibra” sensible; nos enfadamos cuando algo no va bien, creyendo que podría ir mejor; o por no haberlo intentado entre todos a la vez, empujando en la misma dirección; nos enfadamos de rabia, de dolor, con criterio personal, porque no todo el mundo se enfada de la misma manera. Y dicho esto, ¡cuidado! Hay quienes se pillan un mosqueo (cabrean) porque no tienen dinero y otros porque no tienen qué comer ya no tienen ni fuerzas para hacerlo o expresarlo. Hay quienes se cabrean porque les han rozado la chaqueta nueva que acaban de estrenar, y quienes lo hacen porque otros no viven dignamente. Hay quienes se cabrean en sofás de cuero y quienes lo hacen en las aceras de Calcuta. Hay quienes se cabrean ante una enfermedad suya o de alguien muy cercano, y otros que lo hacen porque se les ha roto una uña (lo he visto esta semana). Y algo me dice que, aunque el reconocimiento al derecho de cabreo sea universal, no puede estar igualmente justificado.

Ahora bien, no tienes derecho a ciertas cosas alegando que estás cabreado. Es más, puedes reconocer tu propio enfado como una oportunidad para algo más grande y mejor, darle la vuelta a la situación y seguir adelante con las miras bien altas.

  1. No tienes derecho, por ejemplo, a decir cualquier cosa soltando por la boca perlas negras y dardos envenenados. Los enfados suelen desembocar en disputas diferentes a las que motivaron el inicio de la situación, porque abren frentes y arrojan basura sobre otros que nunca quisiéramos haber dejado escapar de cualquier modo. Algo nos dice que quien habla enfadado, pierde la razón, o al menos el sentido de lo que cuenta. Difícilmente será escuchado quien mantienen una postura cerril y cerrada, cabizbaja y huidiza.
  2. No tienes derecho a perder de vista la persona que tienes delante. Que unas veces será más débil que tú, otras más fuerte. No necesariamente en relación al físico. Sino al rango, poder o autoridad. Nadie puede esconderse detrás de su enfado para olvidar lo que otros han hecho por él en multitud de ocasiones en la vida, del amor compartido, de la amistad labrada. El enfado no puede conducir, legítimamente, a la destrucción de lo comenzado antaño, hace tiempo, y conservado en otras ocasiones. Me duele enormemente esta situación entre familiares y amigos, que por cabezonerías dejan que un enfado marque un antes y un después.
  3. No tienes derecho, por estar enfadado directamente, a considerarte mejor que nadie, ni a usurpar el lugar que no te corresponde. Y esto creo que incluso en aquellos casos en los que lleves toda la razón del mundo, incluso estando en posesión de la verdad absoluta.
  4. No tienes derecho a mantener una postura eternamente, limitando a otros en sus palabras, en su petición de perdón, en su deseo por aclarar y reconciliar las situaciones. El enfado no puede suponer la eliminación de la condición libre de los demás, juzgándoles siempre del mismo modo, como si no tuvieran la oportunidad, y el privilegio humano, de rectificar y cambiar. En el caso de estar enfadados con motivos más que suficientes. Y lo dicho de otros, vale también para uno mismo, cuando los motivos de nuestro enfado están infundados, carecen de base o son fruto de engaños y apariencias, a los que todos estamos tristemente sometidos con frecuencia. No tenemos derecho a limitar nuestra vida a un enfado concreto, ni a impedir nuestro propio cambio.
  5. No tienes derecho, en útlima instancia, a quedarte solo, ni a vivirlo solo. En esto, como siempre, vence el individualismo y la separación cultivada durante años en las sociedades “modernas y desarrolladas” (siempre en tono de ironía, porque no creo que sea cierto que vayan tan unidas como las pintamos habitualmente). El enfado será cosa de dos, o más. Y como tal, responsabilidad de todos. Luego atañe a todos, quizá en distinto grado e implicación. Pero lo personal y lo solitario no se dan la mano. Un enfado, para ser vivido y afrontado, requiere de varias presencias. Nadie puede perdonar en abstracto ni perdonarse a sí mismo.

Lo dicho de los enfados, en general, se abre también a otros campos. Son estos aquellos que nos permiten descubrir que nos tomamos en serio las cosas, que conviene no traspasar determinados límites, y que no estamos solos en el mundo, ni siquiera cuando pensamos que así es. Este sentimiento puede, si se quiere, abrir la puerta de una reflexión madura y compartida, de una sentada serena para conversar sobre algo importante o un paseo determinante en nuestra propia historia. Sin duda alguna, el enfado propicia que estemos más sensibles a lo que otros nos dicen, y también por ello exige una cierta prudencia que es motiov de alegría, de la que carecemos en situaciones ordinarias. Nos provoca igualmente un desahogo grande, al decir ciertas cosas que llevamos dentro, que quizá no sabíamos que estaban almacenadas, y en ese sentido pide una cierta reconciliación con uno mismo de forma natural y sana.

Se me antoja terminar el post diciendo una pequeña barbaridad, que confío no enfade demasiado a nadie: “Si estás enfadado, ¡felicidades! Algo te importa de aquí abajo y de allí arriba, alguien reclama tu amor y tú reclamas el amor y cuidado de alguien.” E igualmente, si es con Dios, que sepas que tienes una oportunidad excelente de ponerte a la escucha, pasados los primeros combates, porque Dios resiste el enfado del corazón recto que busca la verdad y se sienta con él a hablar como amigo.

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