Una vida estable


Por muy deseable que sea, en términos absolutos, nos tenemos que conformar con pequeñas estabilidades entre equilibrios presonales de lo más complejo algunas veces. A esto debemos sumar la complejidad humana, que hace difícil la conjunción y la conjugación y la combinación de todo lo que llevamos entre manos. Por eso, estimo que si el equilibrio absoluto es humanamente imposible, conviene cuidar sobremanera los elementos de estabilidad personal. Relacionados, estos últimos, con cuestiones básicas como las referencias personales, la situación laboral, las emociones y sentimientos, las personas del entorno, las opciones de vida. Pero, también es cierto, que en no pocas ocasiones lo verdaderamente humano requiere una decisión valiente por el riesgo y la libertad, para no encerrarse en medio de seguridades falsas creadas por sí mismo y su entorno con el objetivo de defenderle de lo indefendible. A cada palabra por la estabilidad y el equilibrio personal y todo esto, convendría “equilibrarla” con alguno de sus brillantes y apasionantes contrarios. En el fondo, se trata de ser estables en el discernimiento, por encima de todo, que significa llevar una vida donde lo apacible y lo ataráxico no lo son todo. Quienes se consuelan con la búsqueda de equilibrio, se quedan cortos. Buscamos mucho más, ¡mucho más! Porque los equilibrados quieren sentirse vivos, y hacen cosas para salir de sus rutinas. Y los que ven que la vida se tambalea, lo que quieren es un poco de paz. En cualquier caso, comprobamos que lo humano, inconformista de por sí. ¿Inconformismo o estabilidad? ¿Con qué nos quedamos?

Dicho lo cual, vemos sufrir a las personas que no disponen de la estabilidad suficiente como para desarrollar sus vidas con normalidad, fortalecerse, desarrollarse y profundizar. Cuando suceden cambios bruscos, cuando las circunstancias son excesivamente poderosas, cuando se establece un continuo infrenable y sin filtro entre la realidad que le circunda y su propio mundo interior, cuando se apropia de lo que no le corresponde. Y así multitud de veces. Unas por decisiones equivocadas, otras porque no queda más motivo. Hace sufrir, en cualquier caso, porque el hombre busca esa estabilidad básica. ¿Dónde la encontrará? ¿Vendrá sin arriesgar, tendrá que entregar algo a cambio, costará mucho alcanzarla? Todas éstas, preguntas incómodas que dan muchas pistas y muy valiosas acerca de la densidad de lo humano.

Hay, por otro lado, dos tipos de estabilidades deseadas. Unas objetivas, en forma de grandes carriles que orientan la existencia en una dirección. Son algo más que hábitos, y costumbres. En ellas la vida está comprometida, y sirve de vara  para medir, y establece un marco de referencias claro. Por otro lado, otras que comportan una estabilidad precaria, como por ejemplo los ámbitos de la vida en los que intervienen otras personas, voluntades y libertades. Que son, claramente, la mayor parte de la vida.

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