La necesaria objetividad


Ya son dos noches seguidas disfrutando de apacibles veladas con amigos. Todos ellos/as (por si alguien se enfada, que no debería) con sus muchas peculiaridades. Son terriblemente diferentes entre sí, pero a mí eso nunca me molestó porque creo que cada persona es única e irrepetible, pese a que compren todos en Ikeas y en Decathlones varios. Después de la primera conversación pensé en escribir un post sobre la objetividad necesaria en la vida, y lo dejé pasar. Pero con su repetición un día después, me parece que no debo obviar este requerimiento que la existencia parece clamar.

El punto de partida es sencillo. Hemos “infectado” el mundo y la percepción humana de la realidad de un terrible subjetivismo y nos hemos permitido apostarnos cada uno detrás de nuestras imaginaciones y fantasías, creyendo que podemos crear la realidad a nuestro placer, y manejar y controlar todo, haciendo de los “me gusta” y de los “me siento bien” los criterios de elección más poderosos. Como consecuencia, se han publicado además muchos libros que potencian aquello de “si quieres, puedes”, que son excesivamente falsos y se caen de las manos con estupor de aquellos que se paran dos minutos a pensar en la vida con profundidad y sin alevosía. Pero más allá de eso, en cuestiones radicalmente importante, además nos hacen creer que la objetividad no existe y que cada cual, por lo tanto, puede hacer, pensar y decidir como quiera.

A mis alumnos les explico esto con un ejemplo, que como todo ejemplo es una reducción, pero que se comprende muy bien. Observemos a una persona que quiere pasar a otra habitación de su casa. Está dentro de la casa, por lo tanto ha entrado en ella. Conoce la ubicación y orden de las cosas. Pero se le antoja cambiar de estancia. Hasta aquí ningún problema, porque todos hemos hecho esto miles de veces. Sin embargo, este individuo quiere hacerlo atravesando la pared. Entonces toma carrerilla, y, como era de esperar, se estampa. ¿Por qué? Porque las paredes no se atraviesan. Es objetivo, no dialogable. Supongo que los buenos amigos, quizá no todos los presentes, le aconsejarían otras posibilidades. Pero no, se estampó. Y, no contento con esto, reflexiona lo siguiente: Quizá no he tenido la suficiente confianza en mí mismo; Quizá al final me paré, y por eso no cogí el necesario impulso; Quizá si me lanzo con mayor decisión… Todas estas reflexiones sobran, pero las escuchamos de múltiples maneras. El caso es que vuelve a intentarlo con mayor pasión y entrega, dos grandes valores que parece que no se pueden negar a nadie. Y con fuerza de voluntad, sin tener en cuenta la experiencia previa, se lanza de nuevo… para darse un golpe mayor. Podría continuar el ejemplo anterior tanto como quisiera. Porque después llegaría la técnica y la ingeniería, para decirle que no es imposible que atraviese la pared. Desarrollarían materiales resistentes, capaces de cubrir al sujeto para que este pudiera hacer lo que quisiera. Sería un gran logro y se aplaudiría la inteligencia humana, puesta al servicio de los deseos y caprichos de esta persona. El resultado final sería una vivienda con agujeros, con tantos boquetes, que sería inservible e inútil vivir en ella. Adiós a los proveedores y vendedores de marcos para fotos, a los de los cuadros y a los pintores.

Consciente en cualquier caso de que lo anterior es sólo una paradoia, veo reflejados algunos impulsos de nuestra sociedad del bienestar y del endiosamiento de la libertad parejos a lo narrado. Una falta asombrosa de respeto hacia la realidad. Pero finalmente, la realidad se impone. Más allá de eso incluso, sin identificar imposición con sufrimiento, la persona ansía conocer con objetividad lo que sucede, se espera en ello, y le resultan habitualmente -cuanto más importantes son las deciciones con mayor verdad se ve esta proporcionalidad- insuficientes la exclusividad de sus subjetividades. Nos sabemos inmersos en una realidad mayor que nosotros mismos, la cual no podemos ni atrapar ni “medir” tan fácilmente como demostramos en algunas conversaciones o decisiones, y mucho menos al estilo de las preocupantes canciones adolescentes (que están bien para ellos, pero conviene dejar atrás pasada cierta edad) donde todo es maravilloso, ideal, romántico, o decae en un pesimismo absoluto e hiriente con todo.

Para esa necesaria objetividad, como pistas para posibles post posteriores, me atrevo a enunciar lo siguiente:

  1. No confundir “personal” con “subjetividad”. Lo personal puede ser muy personal, muy íntimo, muy propio, y muy original. Cargado de deseos y de emociones, denso en sentimientos. Y todo lo que se quiera. Pero la subjetividad la constituye, no lo personal en este sentido, sino la forma de mirar el mundo, el punto de partida empleado, y también el sujeto en su conjunto. Es decir, contando con sus ideas, con la experiencia y con el entorno interiorizado. Cuando del sujeto se eliman dimensiones será más fácil hacer un sujeto endeble incapaz de dominarse a sí mismo, y por tanto, con pretensiones de “dominarlo y medirlo todo”.
  2. Aceptación de las limitaciones del mundo y de la realidad. En parte, quizá sólo en parte, el subjetivismo nace con el desencanto ante la sociedad y la realidad real que toca vivir. A modo de refugio, aparentemente seguro donde cobijarse en tiempos duros.  Como la realidad se impone, a la larga esta tensión se mantiene con dificultad, surgen conflictos entre lo que quiero y puedo, entre lo que deseo y alcanzo, entre mis planes y la libertad de otros, que se pretenden solventar por la vía rápida de “eliminar el polo molesto”, que curiosamente suele ser el de los demás, el externo.
  3. Utilizar “prismáticos” en tiempos de miras cortas. Prefiero una buena conversación con alguien formado que reconozca hasta dónde hemos investigado, o con alguien humilde que sepa decir que no conoce todo y lo suyo son opiniones por contrastar, que a la afirmación contundente y rotunda de las personas inseguras. Los prismáticos son mediaciones que amplifican en detalle, pero con dirección y limitando en campo de visión. Y así sucede también con los estudios científicos (que los hay de todo tipo, muy contradictorios entre sí incluso utilizando el mismo método de estudio), con los análisis “racionales”, con las personas autorizadas de nuestro mundo. Siempre enriquece conocer, y saber más, pero puesto en su lugar.
  4. Respetar las cosas, sin personalizar. Supongo que conocéis a varias personas de las que, digas lo que digas, todo lo hacen suyo y se lo aplican. Y luego andan divagando qué querrás haber dicho sobre él, sobre ella, o sobre ellos. De esas personas que son hábiles en tergiversar y “dar la vuelta” a las cosas, relacionándolas con otros sucesos u otras palabras que nada tenían que ver con la conversación, y que cambian la cara por estupor en un momento. Con estas personas es difícil dialogar, porque suspenden la objetividad.
  5. Ofrecer datos, no sólo números. La realdiad en su amplitud está compuesta por aquello que se ve, lo que no se ve, lo que se toca, y lo que no se toca, lo que se puede escuchar, y no, sentir y no… etc… Y no siempre es reductible a números, cálculos y cifras aproximadas. No creo que sea el único a quien le resulta complejo, y un tanto absurdo, medir el grado de satisfacción de algo entre un uno y un cinco. Cuando hablamos de la realidad no sólo hablamos estadísticamente, y equiparar objetividad y números nos ha traído por la calle de la amargura, haciendo pasar por verdad rotunda lo que era sólo una interpretación personal teñida. La objetividad trata de datos, insisto, y los datos más allá de la percepción de las personas.
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2 pensamientos en “La necesaria objetividad

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