Educar para la prudencia


Seguramente pensamos que toda persona ha tenido un momento en el que ha dicho algo que no correspondía, ha metido la pata malamente, y se ha arrepentido de su osadía e incapacidad para ajustarse a la situación. Pero, sin que pueda decir que esto no es cierto y sin poder mostrar a una sola persona de mi entorno que es perfecta e inmaculada, sí reconozco diferencias entre unos y otros. Algunos son mucho más prudentes, luego tienen que quejarse de sus impertinencias en menos ocasiones. Esto sí es cierto. Y la prudencia, creyendo que en parte está en el carácter y la personalidad, en el regalo que Dios hace en concreto a algunas personas, también considero que se educa. Por múltiples vías, sin un camino exclusivo. Porque “prudencia”, entre otras cosas, significa muchas realidades.

Mis preocupaciones en el terreno de la educación son muchas. No lo niego. En primer lugar por mí mismo. Unido, muy unido, a mi vocación educativa y escolar, a la “formación del carácter” de los jóvenes. Compruebo que, en muchas ocasiones, por miedo a parecer algo que no se es y a las críticas despiadadas de la sociedad moderna, hemos hecho dejación de esta responsabilidad encomendada principalmente a la familia y a la sociedad, dentro de la cual formamos parte. Hay algo de escandaloso para los falsos modernos en los sloganes del estilo “Tolerancia Cero” que me invita a pensar y descubrir el valor de lo absoluto y lo relativo, en oposición a sus ridículas simplificaciones en lo absolutista y lo relativista. Y digo esto porque considero que la prudencia tiene, como uno de sus elementos esenciales, la relación con lo absoluto y lo relativo equilibradamente. Prudente no es el silencioso, también quien sabe hablar con corrección y exponer con mesura y moderación. E igualmente, a la inversa, prudente no es quien dice cualquier cosa y de cualquier manera, sino quien sabe callar cuando su opinión no alcanza a salir de sí mismo y de sus mezquindades.

Por lo tanto, y de nuevo sin querer alcanzar la totalidad de todas las cosas, sino señalar vías educativas en este campo, propongo algunas vías prácticas para educarse en ella.

  1. Combatir enérgicamente las falsas ideas de prudencia. Porque ideológicamente manejamos expresiones y nos hacemos “imágenes” estereotipadas y simples que subyugan las personas, sus conciencias, su libertad y su capacidad de acción.
  2. Considerar los extremos, las simplificaciones y las reducciones. Cuánto bien me hizo conocer en la Universidad un profesor que nos invitó a reflexionar de este modo, radicalizando las posturas para saber qué aguantaba el peso de lo absoluto y de la totalidad, y qué se quedaba por el camino cribado por su superficialidad. Así aprendí, por ejemplo, que amar es vocación universal y definitiva del hombre, y que mentir cae siempre por su propio peso.
  3. Evitar las “mediocridades” consideradas equilibrios y posturas intermedias. O lo que es lo mismo, no dejarse engañar por una prudencia que no toma postura e intenta acercar todos los extremos. La prudencia, contraria al exceso, sabe igualmente decantarse convenientemente. Lo dicho anteriormene vale para este punto. La prudencia toma partida.
  4. Frenar la impulsividad, el apasionamiento, la continua personalización de los temas. Dicho de otro modo, educar en el control de uno mismo, autocontrol, y en la expresión personal. Hay quienes esto lo tienen más sencillo de partida por su carácter, y quienes encuentran mayores dificultades. Un buen principio, que recuerda Calasanz, es el conocimiento propio. Pero es eso, el principio. Y como tal debe ser sincero y completo. De nada sirve hacer una constatación teórica, sin conocer en verdad qué consecuencias tiene o quedarse creyendo que sólo hace daño a “mi persona” o a “mis argumentos”. Una vez dado el primer paso, de reconocimiento, queda un largo camino, nada sencillo.
  5. Sin excesos, sin “emborracharse”, sin “retroalimentación” unidireccional. Evitar por tanto los contextos de adulación contiua y de corrección permanente. Más bien, se impone en casos de personas cerradas y posicionadas unilateralmente la necesidad de comprender otras posibilidades. Prudente, relacionado con la capacidad emocional de la persona humana, significa también alcanzar unas cotas decentes de simpatía y empatía. No estamos solos en el mundo, hay diversidad de contextos, multitud de posturas (en principio, o al menos podría ser así), y percibo un exceso de “grupismos sectarios” dentro de los cuales todo camina hacia una visión unilateral de la realidad, muy particular y muy propia, que además implica y se fortalece en la condena del resto, de los diferentes (que son los otros) y de los disidentes en el propio grupo.
  6. Es prudente quien discierne el contenido, también las formas. Maneras y modos relativos a momento, circunstancia y situaciones personales. Lo cual no constituye el envoltorio de los contenidos, sino que los afecta haciéndolos mejores o peores. Por ejemplo, la imposición de amar a alguien deja el amor vacío y desprovisto de sentido, o el amar de cualquier modo justificándose bajo cualquier forma tampoco se adecúa. Las maneras y modos deben ir en consonancia con el contenido, ser expresión ambos de una verdad que los trascienda. Veo a padres hablar suavemente con sus hijos de cuestiones graves, y me preocupa sobremanera el desprestigio en el que se deja su propia palabra y autoridad. Y de igual modo, cuando tratamos absurdos y detalles como si fueran todo, estamos perdiendo el norte. Cada cuestión debe ajustarse a su canal.
  7. Educar en la prudencia no se puede hacer bajo el signo de la prohibición externa y de la condena continua. Como virtud educable, para ser adquirida personalmente, implica la voluntad, la memoria y la inteligencia. La prudencia ha sido clasificada como una virtud propia del conocimiento positivo, no de la negación. Primero porque se comprende interpelada la persona entera, después porque la persona se hace consciente de su capacidad actuante y práctica en el mundo, también por encontrar respuesta. La prudencia, más que barrera, está en consonancia con quienes palpan con ternura y decisión, quienes obran.
  8. Para los más imprudentes, escribir antes de hablar. Completándolo con “leer lo que se ha escrito”. Y pasar un tiempo “ceñido” a esta disciplina. Porque hay “disciplinas” que, bien orientadas y sin excesos ni brutalidades, ayudan a que la persona sea más libre y dueña de sí misma de lo que parece.
  9. Introducir elementos de imprudencia y valentía en la prudencia sencillamente humana. Para que nuestra prudencia no se convierta en la adecuación de la realidad a mí mismo, ni una insercción en el mundo cómoda y sin conflicto, o para que prudencia y cálculo lógico y matemático no se equiparen, porque no son lo mismo. La prudencia, desde siempre, ha sido considerada una virtud, que como tal, conduce a la perfección de la persona y de la realidad.

Sólo es una reflexión que, como he dicho antes, quizá pueda servirme a mí primero, después a otros, y por último a los de más lejos a quienes no conozco. Todo empieza en lo pequeño y cercano, según dicen, aunque la prudencia es de lo más grande.

Gracias a aquellas personas que con mesura, prudencia y libertad me enseñan el camino de la vida, de quienes aprendo en cada momento y con quienes, como no puede ser de otro modo, me siento alumno, compañero, amigo y hermano al mismo tiempo. Un abrazo fraterno.

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2 pensamientos en “Educar para la prudencia

  1. Los números 4 y 6 me parecen fundamentales. Luego, la vida enseña mucho, hasta situarnos un poco en la ” regla recta de acción ” que es la prudencia. Estoy de acuerdo en que esa definición incluye una cierta polisemia, porque prudencia es también asertividad, no dejarse manipular, saber decir NO muchas veces, no estar pendiente de agradar a todo el mundo ( señal de inmadurez, necesitar ardientemente aprobaciones ). Para un profesor es clave saber que es él en quien se fijan los alumnos y, desde luego, toman buena nota. Elías Canetti en ” La lengua absuelta ” tiene un precioso capítulo donde habla de la importancia del profesor que es diariamente juzgado por sus alumnos como modelo/antimodelo de referencia.

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