Rígidos o dialogantes. ¿Con quiénes te quedarías?


Como estos días sigo de reunión, y en estos encuentros se habla, debate, dialoga, propone a base de bien, y mi blog trata sobre aspectos de la vida, me ha surgido esta pregunta. Entre los que se dicen rígidos y los que se llaman dialogantes, a la hora de hablar, ¿con quiénes me quedo? Algunos ya tendrán su respuesta, yo voy a dar las mías.

En mi primera versión, de buenos y malos, los rígidos son unos prepotentes e indeseables que parecen haber sido abducidos al lugar donde han robado toda la verdad y se la han quedado ellos. Están tan seguros de sí mismos, que en nada ni nadie se apoyan. No cabe otra posibilidad que la suya. Los rígidos tienen criterio, y no pasan una. Como además saben de qué hablan, y no se callan, llaman la atención continuamente. Toman la palabra, estorban el curso normal de las cosas. Los segundos son los buenos. Ya sabemos de la amabilidad de los dialogantes, a quienes todo se puede contar, con quienes da gusto hablar durante horas y horas, porque encuentras consuelo y esperanza, y te sientes escuchado. En las reuniones participan abiertamente, y condecen el mismo beneficio a los demás, idéntica condición libre, sin ataduras. Nada parece dirigido, y todo fluye como la seda. Gracias a ellos se trata lo que estaba oculto, y en otras circunstancias sería imposible mostrar a la luz. Con ellos al frente de la historia ésta avanza rápidamente, olvidando los pasados mortecinos que en otros tiempos

En la segunda versión sucede  la inversa. No puede ser de otro modo. Los rígidos son personas críticas porque poseen criterio, pero son los buenos. La rigidez en su caso no proviene del egoísmo feroz que en ocasiones atenaza al hombre, incapaz de mirar algo que no sea él mismo. Su rigidez aparente es figura de su sabiduría, de un conocimiento e intución que los eternos dialogantes se afanan por encontrar sin alcanzar en repetidas ocasiones. Por eso a los dialogantes les molesta tanto su presencia; están incómodos por envidia. Quisieran hablar de igual manera, sin tener ese don. No se han esforzado tanto como parecía en dialogar, porque su comunicación no era nada más que un vagar y divagar por la existencia sin horizonte, ni rumbo, ni objetivo. Los dialogantes se vuelven rígidos impidiendo otra cosa que no sea seguir hablando para siempre, tratando los mismos temas sin cerrar ninguno de ellos. Pero los que antes eran llamados malos y rígidos se sujetan y atrapan las verdades, sin relativismos ni absolutismos. Los rígidos juntos llegan a acuerdos, curiosamente, y una particular característica de su rigidez implica que no se cerrarán a las mentiras y a aquellas cuestiones que todavía quedan por investigar y profundizar.

Si me dan a elegir no sé bien cuál de las dos respuestas escoger. Ambas incompletas, en la mayor parte de los casos. Porque descubro que toda persona tiene sus rigideces, y a nadie considero tan obtuso como para no dialogar cuando se avanza en la conversación y se es sincero en la búsqueda de la verdad y del bien común. De los griegos, con sus preciosas reflexiones, aprendí que la verdad no se construye a capricho de los interlocutores ni resulta de la medida de un hombre solo; y también que la herramienta más potente en ese camino y en esa aventura es el diálogo. Dos polos vinculados permanentes en los que, eso sí, nos encontramos todos.

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