Dejarse mirar


Parto de que toda persona desea ser mirada en profundidad. Y que el miedo que provoca dejarse mirar por otros es precisamente la falta de profundidad, de cordura y sensatez que hos hemos encontrado por el camino, la falta de sensibilidad del espíritu práctico que domina nuestro mundo, de quien tenemos delante, de quien cree conocer sin saber ni saborear, y de quien piensa que dos o tres palabras bastan para condensar lo que para nosotros nunca dejará de ser un misterio. Y seguimos deseando que nos miren. En la adolescencia, entre mis alumnos, se ve con claridad cómo dejarse mirar y que digan algo bueno tiene que ir unido. Sin embargo, con el paso del tiempo, las miradas de los demás descubren vacíos, no misterios, que a la larga resultan insulsos y estúpidos, como un baile de máscasras.

Por otro lado, no nos incomodamos a nosotros mismos, porque miramos habitualmente hacia afuera; nos han contagiado la falta de sensibiilidad y bondad en la mirada. Y con nosotros mismos ejercemos la mirada-pisada de la misma manera. Y no nos incomodan las miradas de los demás, porque estamos acostumbrados a parapetarnos oficialmente detrás de máscaras, detrás de opiniones formadas según la situación, detrás de razonamientos lógicos que brindan la seguridad que no poseemos, detrás de tantas y tantas otras cosas…

Por esto, propongo hoy transformar nuestra mirada. Empezando por cómo desearíamos que nos mirasen, y aprender y fortalecer nuestra manera de contemplar el mundo para que otros aprendan también a saborear el misterio de esa manera. Una mirada que esté acompañada de una sonrisa, una mirada que no se quede en la falta y el error y comprenda la humanidad limitada que somos, y deseamos seguir siendo. Una mirada que se aterrorice ante la falta de amor, y no ante el amor. Y se sienta empujada a amar, porque puede amar con la mirada. Una mirada que cautive por su bondad, que desarrolle la persona sacándola incluso de sus primeras impresiones. Una mirada que no genere espejismos y reduzca cosificándonos, sino que amplie su visión en horizontes y nuevas preguntas sobre lo que somos, y que nunca, bajo ningún concepto, sea dominadora, arrogante y soberbia. Una mirada humilde, al tiempo que generosa, de las que brindan solemnemente ante la vida que se agita en los corazones y se desborda en las relaciones. Una mirada pacífica y libre, atenta y exigente, pequeña y grandiosa. Una mirada inconformista consigo misma, una mirada purificada del egoísmo y la envidia, una mirada agradecida por el don que es ver colores, atisbar el futuro, reconocer al hermano y al diferente, dignificar la persona. Una mirada que salga de sí misma, porque es un regalo, y se regale al tiempo como instrumento de concordia y unidad.

Lejos de considerar meramente poesía y poética, la contundencia de la mirada nueva que necesita el hombre nuevo, entiendo que es posible dar pasos para alcanzarla poco a poco.

  1. Mirar con bondad sin desfallecer en la falta de reconocimiento. Nada grande se cambia de la noche a la mañana, y no podemos pretender que esta forma, tan petrificada en nuestras sociedades, se abra a nuevas bellezas a la ligera, y de golpe y porrazo. Probablemente, quien comience a mirar así, sufrirá bastante. Por varias razones, y una muy importante, es porque sabrá que los hombres pueden vivir de distinta manera, y los contemplará esclavos de sus costumbres, hábitos y cerrazones, y un cierto pesimismo amenazará su esfuerzo y constancia. En estas circunstancias, renovamos nuestra llamada a permanecer.
  2. Mirar a cada persona, como única. Frente a las miradas panorámicas, generales y generalizadoras, las miradas impersonales y descabelladas, miradas sin rostro y miradas sin pasión, atender a cada persona como única. Fijarse, detenerse, contemplar, profundizar. Y no confundir a la persona que tenemos hoy delante con la que vimos ayer, o la del otro día. Cada momento es único, y la persona dentro del tiempo es siempre original. Hoy tiene algo distinto que puedo descubrir si soy hábil e intenso, hoy porta el mismo misterio en la misma vasija de barro, y sin embargo todo puede ser renovado. Parte de ese cambio, de esa conciencia, de esa transformación está en manos de quien mira, reconoce y señala.
  3. Mirar sin encerrarse. Las imágenes en toda su grandeza, nos permiten llevarnos con nosotros, en la cabeza y en el corazón, muchas cosas para siempre. A modo de álbum de fotos, o cámara de video, recordamos, salvando del olvido, una perspectiva de la realidad. Y nos dicen dónde hemos estado, en qué hemos invertido el tiempo, cuándo supimos amar y cuándo dejamos abandonado a quien nos necesitaba y requería. En toda su grandeza, las imágenes también pueden falsearnos la realidad y no reconocer nuestras limitaciones e ignorancias más profundas. Bien sobre nuestra condición humana, bien sobre las relaciones sociales, bien sobre el Misterio que nos anida, bien sobre todo aquello que existe y no se puede ver, o no soy capaz de ver en estos momentos. Por lo tanto, ante las imágenes hacer una selección conforme aprenda que me ayudan a amar más y mejor, y tirar a la basura, o dejar aparcadas, aquellas que no aportan nada a este fin. Y en uno y otro caso, no dejarme atrapar por ellas, buscando cada día más y más imágenes.
  4. Cerrar los ojos de vez en cuando, en diversas circunstancias y situaciones. Sea en casa, o yendo de viaje, acostado o levantado. En el trabajo o disfrutando de un paseo. Cerrar los ojos supone acallar amablemente, siendo dueños de estos maravillosos instrumentos que son nuestros sentidos, qué queremos hacer con ellos. Y abrirlos después para buscar. Como quien retiene un perro de caza mientras le da a oler la prenda de aquella persona que desea encontrar, y acto seguido desata su cadena. Ya está domesticado, ya sabe dónde tiene que ir, ya puedo dejarme guiar por él.
  5. Mirada reveladora. Que dé a conocer a quien mira y a quien es mirado en fraternidad y comunión. Mirada que una y se done, entregue y tienda puentes. Lejos, por lo tanto, de las miradas prismáticas y anónimas, de los catalejos de antaño y del zoom de ahora. Mirada con rostro, personalidad y humanidad. Mirada, en definitiva, en la que otros puedan ver sus propia humanidad, deseen ser mejores, se esfuercen por ser mejores, quieran de todo corazón ser mejores. Mirada que revele, que cuente, que narre un mundo más digno, más justo, más pacífico. Que es posible porque lo tengo delante, que es real porque está ya encarnado.

Toda esta experiencia abisal, enorme y grandiosa, sólo podrá hacerla aquella personas que siente necesidad de ser mirada porque ha conocido una Mirada más grande. Tengo presente aquella frase de la Palabra que pide a Dios con insistencia “no apartes de nosotros tu mirada, tu rostro, tu misericordia“. En no pocas ocasiones, el ser humano, consciente de su precariedad, vulnerabilidad y falta de fidelidad, alza a Dios esta oración suplicando Su cercanía frente a nuestras distancias. Quien ha conocido la mirada de Dios sobre su vida, no la imagen de Dios sino la presencia de Dios mirándole y conociéndole, sabe de qué estoy hablando. Y ojalá todos pudieran ofrecerse, liberarse y desear ser mirados así.

(Tomado de mi otro blog Preguntarse y buscar, del 14 de marzo de 2012)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s