Buscando la voluntad de Dios


Todas las noches encuentro mensajes en la bandeja de Facebook a los que responder. Personas que conozco en persona o por la red, y otras que desconozco. Ayer me sorprendieron dos preciosos mensajes a propósito de unos post de mi blog que ha publicado catholic.net. El primero de ellos, con agradecimiento, me contaba su vida entera. No es el primer caso, ni el décimo. Sucede muchas veces. Existen dramas inconfesables en nuestras sociedades modernas, y soledades increíbles, que pugnan por espantar de sus vidas el sufrimiento, el miedo, las heridas de la historia. Y también otras personas que han sido colmadas de dicha, felicidad y bendición. Ambos tienen necesidad de contarse. Es humanamente esencial. Es personalmente indispensable.

El segundo mensaje, sin embargo, iba por otros derroteros. Me preguntaba por la voluntad de Dios en su vida. Tenía claro que Dios quería algo de él. Había llegado a preguntárselo en más de una ocasión. Curiosamente, para ello me exponía -con gran detalle- sus búsquedas en diversos ambientes, sus interrogantes, sus deseos, sus esperanzas, y llegado un momento, en el que reconocía que últimamente esta pregunta estaba siendo muy intensa, confesaba sus miedos, sus temores y sus resistencias. Cuando terminé de leer el mensaje tenía la sensación de que él mismo se había dicho todo, con bastante claridad. No es la respuesta lo que le preocupaba, sino haber encontrado respuesta. Por no dar detalles particulares, entiendo que me estaba reconociendo (1) que comprometer su vida le haría feliz y le aportaría tranquilidad, sin ir picoteando de un sitio a otro, cambiando continuamente, (2) que Dios le hablaba con suficiente claridad en la Palabra y a través de personas, que le decían que le veían feliz estando en “aquel lugar” y “con aquella gente”, y (3) que lo que en otras ocasiones le costaba esfuerzo y sacrificio, allí le resultaba más fácil de lo normal, incluso él mismo se sorprendía de su capacidad para  amar, para servir, para estar alegre, para acercarse a la gente.

Dado que él mismo se respondió, sólo tuve que escribir un saludo, con dos palabras. La primera, que se sintiera feliz y dichoso. Lo que contaba eran signos claros de que Dios quería algo, y que estaba moviendo su corazón. Incluso el miedo y el respeto por ello forman parte de la universal experiencia de predilección y de amor. Lo segundo, que no perdiera ocasión de hacer experiencia, con confianza y libertad, y dejarse acompañar por una persona con experiencia. Nadie abraza una vocación (la que sea) siendo perfecto. Si te consideras perfecto y el mejor de todos, mejor déjalo. Pero con sencillez, con pobreza y dispuesto a aprender y dejarse guiar la carrera se hace más ágil.

Soy consciente de que Dios habla con claridad. De hecho pude que muchos jóvenes sientan miedo a preguntar a Dios qué quiere de ellos, y entablar así un diálogo personal. No puedo forzar nada, somos libres. Pero de verdad que encuentro muchos testimonios en la misma dirección. Dios llama a la felicidad. Lo único que te puedo decir es que te lances y seas feliz. ¡Atrévete! ¡Sé valiente! Vas, pruebas. Como aquello de “ven y verás”, porque hay cosas que sólo se conocen sobre el terreno. Además, se escucha mucho mejor de ese modo.

Había leído este post que escribí en 2008 con el título: Señor, ¿qué quieres de mí? Aquí lo dejo, para quien quiera volver a leerlo con calma. Cuatro años después cambiaría algunas cosas, claro está.

Excelente pregunta. Es una oración completa. Una buena pregunta para tener permanentemente en el corazón, para pegar a la vida, para llevar a donde quiera que vayas. Buena pregunta por dos cuestiones: porque empuja a la vida hacia lo mejor, y porque es un diálogo continuo con Dios. Y además, vale para cualquier cosa que suceda, para cualquier acontecimiento en el que se mueven las personas, para cualquier situación o diálogo, para cualquier instante en el que la libertad de la persona se quiere hacer responsablemente personal y religiosa.

Señor, ¿qué quieres? Y “qué quieres” no es qué te apetece, sino qué te parece más amable. Señor, ¿qué amas tú?  Porque lo que no quiero, aquello que no amo, aquello que no deseo, es que tú dejes de amarme. No quiero alejarme de tu amor. Es más, Señor, te pregunto qué quieres porque lo que deseo sinceramente es ser testigo de tu amor en el mundo, que amando las personas pregunten y eso por qué lo haces, y eso quién te lo ha dicho.

Es más, Señor, estoy convencido de que tu amor da una fuerza especial a mi vida. Es más, Señor, tu amor empuja, impulsa, enciende, dilata, desarrolla.

Hace unos años ya que comprendí que el lugar donde no había amor tampoco era un buen lugar para que viva cualquier persona. Porque una persona sin amor no puede vivir. Los niños pequeños lo saben, los mayores muchas veces sufren por eso. Los adultos, y más los matrimonios, son testigos de que algo que merece la pena es algo perpetuado a base de amor, de entrega y generosidad, de vida común. Y sinceramente vivimos gracias a ese amor.

Quizá lo menos comprendido sea que una persona que el amor no tiene por qué salir del corazón de los demás hacia mí, que no tengo por qué ser un “receptor” meramente, pasivo y deseante. Quizá lo más maravilloso es que tengo la oportunidad, del modo como he sido creado y como he nacido, de colocar en medio del mundo un amor más grande que cualquier otro soñado, un gesto de amor lo suficientemente significativo como para cambiar el mundo, un detalle amoroso que rasgue el mundo de tal manera que el niño herido sea capaz de sonreir y el que sonríe siempre sin motivo tenga una nueva esperanza por lo que seguir siendo así.

La pregunta es fácil: ¿Esto es difícil? Pues… tú mismo. ¡Atrévete! Pero si empiezas, hazlo de corazón y con la verdad por delante. Algo sencillo es dejarse llevar por el Espíritu, hacer nacer en nosotros un diálogo intenso y sincero con Dios. Él fue el primero que, antes de recibir amor, amó hasta el extremo. Señor, ¿qué quieres de mí?

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5 pensamientos en “Buscando la voluntad de Dios

  1. Pingback: Buscando la voluntad de Dios | Preguntarse y buscar

  2. lo había leído, y me impacta distinto ahora.
    Hay preguntas que no se acallan, y sin embargo es cierto que hasta la búsqueda de respuesta-camino se va haciendo en sí misma ya respuesta y camino; así lo experimento.
    En el corazón, y en medio de mi modo de vida que por ahora no encuentra “formato” preciso, mi sí al señor está dicho, arde dentro un deseo hondo de pertenecerLe, lo busco, ahondo en mi identidad de hija especialmente amada. ¿Qué quiere Él de mí? en lo cotidiano, en lo concreto a veces me respondo “no tengo idea”; pero en el fondo, en lo más verdadero, sé que lo quiere es amarme y que ame… Eso me da al menos hoy, libertad frente a las”formas” que no veo para mí, ni entiendo. El corazón sigue en movimiento, buscando, a veces con más paz, a veces con bastante incertidumbre… Lo que sí es claro es que deseo vivir y ser en Su Presencia, y que Su plan -si hay uno- se cumpla en mí. Lo rezo.

  3. Felicidades Padre. Por tan buenas reflexiones la verdad que me gustan mucho y estoy seguro que me han de ayudar. Quisiera preguntarle ha leido los mensages que le he mandado por fb?

  4. A mi siempre este post me manda mensajes distintos. Pensaba en ese amor de Dios y cuando estoy en momentos bajos de ánimo, he pensado que quizás Dios está allí pero yo no lo veo, pero luego lo vuelvo a ver. Me pasó por muchos años que buscaba en otros con sus consejos, las respuestas más hondas a estas preguntas, pero con los años fueron apareciendo cuando debían hacerlo y sin que yo con mi afán quisiera apresurarlas. Dios habla y te dice en el corazón cuál es su plan, la cuestión es oirle (dejarse), tirarse al agua cuando tu acompañamiento de camino lo vea conveniente y dejarse tocar por ese amor que es inconmesurable. Le pido diario por ese plan que ya se vislumbra y se concretará en acciones cuando Dios vea que yo estoy listo, aunque de repente lleguen nubes negras o situaciones difíciles, pero para siempre está Dios. Es un hecho.

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