Si haces lo de siempre…


Para todos aquellos que están empezando un nuevo curso. Retomo este post. Espero que sea iluminador, os haga cuestionar algo de lo que vivís, cómo lo vivís y qué podéis hacer con el maravilloso tiempo e inteligencia que tenéis a vuestra disposición.

Si nos planteamos siempre las mismas cosas desde la misma perspectiva, y con las mismas problemáticas, obtendremos siempre las mismas respuestas y nos enfrentaremos a las mismas cosas de nuevo en la siguiente reunión o tiempo especial. Tanto en las cuestiones personales, como en las familiares, como en las relacionales, como en las comunitarias, como en las laborales, como en las profesionales, como en las inquietudes que nos mueven. Sea en relación al horario personal, al tiempo que dedique a los otros, al tiempo que se lleva mi trabajo, en toda cuestión siempre hay algo que aparece recurrentemente y de manera continuada. Lo voy aprendiendo por repetición. Una vez y otra vez, así hasta cansarnos y provocar malestar. Cuando se escucha que vuelve de nuevo el mismo planteamiento tendemos a decir algo así como “Ya estamos otra vez con lo mismo.”

Y es cierto. Quien no aprende a cambiar de perspectiva en aquello que tiene anquilosado, al final lo da por imposible. Aparecerá, porque tiene que aparecer. Pero el ritmo en el que se trata caerá progresivamente en una mayor superficialidad, en un creciente “ya lo sé”, en una justificación insana que no conduce a nada. Esas cosas que “siempre se repiten” hay que abordarlas desde perspectivas diferentes. Al modo como el excelente profesor de “El club de los poetas muertos” pide a sus alumnos que se levanten de sus pupitres, caminen hacia el encerado, y se suban a la mesa del profesor. Cambiar la mirada es transformar en asunto. Y si se mira desde lo alto, se mira con superioridad, como algo que puede ser dominado o que podemos conquistar de una vez por todas. Cuando César luchaba contra Vercingetórix, en una de las primeras batallas, le engañó haciéndole mirar al frente y dejando que estuviera seguro en su fortaleza, para pasar a atacarle por la retaguardia, al descuido, por sorpresa. Así también nos enseñó Alejandro Magno que las batallas eran mucho más fáciles de lo habitual, aunque el ejército fuera muy superior en número y conocimiento del terreno. Y el Gran Maestro de la Historia, Cristo Jesús+ también hacía comprender a sus discípulos las cosas invitándoles a fijarse en los detalles en los que nadie reparaba, o cambiando absolutamente la forma de comprender todo, como en la parábola del Buen Samaritano, en la desproporción que busca la oveja perdida, o cuando les pidió que salieran una vez más a pescar aunque aquella noche hubiera sido en balde, laboralmente hablando.

Para cambiar de perspectiva necesitamos empujón, imaginación y mucha creatividad. Es lo que no pocas veces nos falta. Sabemos de qué va, y nosotros mismos reproducimos los esquemas que no deseamos ni siquiera ver. Pero no es fácil. Lo sabemos, y lo vivimos. El hombre es animal de costumbres incluso en aquello que le inquieta y molesta, y la costumbre es un segundo hábito constituido fuertemente en la forma de hacer y de vivir.

Ofrezco algunas pistas para que “lo de siempre” sea visto desde “otra perspectiva”.

  1. Darle la vuelta al asunto. Por ejemplo, en una cuestión vocacional, en la que me he preguntado con sinceridad qué pinto yo en el mundo y para qué sirvo, y no encuentro la respuesta con claridad, aprender a responder al menos por aquello donde me he sentido más feliz. Si no me he sentido especialmente feliz en ningún lugar, o en ninguna actividad concreta, descubrir dónde otros, que me han llamado la atención, sí lo han estado.
  2. Cambiar de lugar. Los viajes turísticos tienen mucho que descubrirnos. Si nos vemos en un entorno que no es habitualmente el nuestro tendemos a “empezar con lo de siempre”, pero somos rápidamente confrontados con lo que hay alrededor, con los nuevos modos de proceder. Así se pueden abordar esas cuestiones espinosas de manera distinta. Por ejemplo, recuerdo que el ritmo de vida en África me parecía, sobre todo al inicio, tan lento y pesado que lo creía carente de vitalidad y de exigencia; sin embargo, al cabo de unos meses, descubría en él algo mucho más humano de lo que Europa además debería aprender, porque entre otras cosas no permite que la persona se agote de lunes a viernes de modo tan salvaje como en nuestras sociedades modernas.
  3. Tratarlo con personas diferentes. Aprender de lo que tienen que decirme otras personas que quizá no sean las de siempre, incluso de otro ámbito completamente distinto. No estoy diciendo que si tengo una dolencia cardíaca se me ocurra cambiar mi médico especialista por un frutero, por muy majo que este sea. Pero seguramente que puedo ver las cosas de manera distinta, por ejemplo en clase, si pregunto a los alumnos mayores del centro para que me digan qué recuerdan ellos que fuera importante y significativo a la edad que para mí es un problema, o preguntar por ejemplo a un profesor de Infantil sobre algo de Secundaria, y viceversa. No tendré quizá la respuesta más excelente de todas las respuestas posibles, pero me ayudará a cambiar de perspectiva. Lo difícil aquí es aceptar la novedad que la otra persona está dando a mi vida. Porque estamos demasiado acostumbrados a tratar por separado ámbitos, a conocer excesivamente bien de qué puede ser especialista cada uno.
  4. Relacionarlo con otros temas de los que habitualmente creemos que tienen algo que ver. Si hemos aprendido que la acción y la oración van relacionadas, y las tratamos en oposición y lucha… por qué no pasamos a coordinarlas y ver qué sale y qué se nos ofrece. Si la vida de familia está dándose de leches con la vida laboral y una roba tiempo a la otra, establezcamos unión a ver cuál es el producto. Porque las relaciones hechas y aprendidas nos ciegan también en las posibles respuestas que podemos ofrecer, y en la novedad que requiere el tiempo en que vivimos.
  5. Preguntar de otra manera. Si nos preocupa el tiempo, preguntar por el modo. Si nos preocupa el modo, cuestionarnos, por ejemplo, por el lugar. No sé si será muy acertado en abstracto, pero en lo concreto se vuelve luminoso. Por ejemplo, si alguien está especialmente alegre en un lugar, y se quiere preguntar algo puede hacerlo al modo de siempre o puede abrirse a una nueva pregunta: ¿Qué quiere Dios de mí y por qué me da tanta felicidad aquí y de esta manera? Si alguien se encuentra, a la inversa triste, puede cuestionarse una y mil veces sobre su tristeza y a lo mejor tendría que ver las cosas de forma diferente. Y eso le ayudaría.
Hay mil formas, seguramente, de aprender a ver la realidad desde otro ángulo diverso, que nos brinde la oportunidad de entendernos y entender la realidad de otra manera más alegre, más viva, más evangélica.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s