Cuidado con lo que lees


Leo en el muro de Facebook la recomendación de una joven amiga -no tan joven ya- sobre un libro que se ha extendido como la espuma. Creo que va por su enésima edición. Ya he perdido la cuenta. Bueno, para ser sinceros, nunca la he llevado. No es la primera persona cercana que se ha servido de esta narración para hacerse preguntas y encontrar respuestas. Me pareció al principio una lectura inocente, de las que carecen de misterio y se deboran en una hora y media. Después me paré a pensar de qué iba todo eso con un poco de seriedad. ¿Qué hay en sus páginas que atrae de semejante modo? Utilicé para ello dos pequeños interrogantes, a modo de examen, dos preguntas sencillísimas: (1) De qué habla. (2) De qué no habla.

Como no quiero dar más difusión al libro, omito el resumen y síntesis de la primera pregunta de forma explícita. Se trata de una sencilla narración. Unos cuantos personajes que giran en torno al único protagonista verdadero, que busca su propia salvación. Los capítulos se distribuyen de forma que cada “encuentro casual” en su vida se transforma en un escalón, ordenado y concatenado, que le va llevando de un punto a otro. Todo cuadra estratégicamente, sin más tensión y conflicto que el punto de partida. Y así termina, libre y feliz para proclamar con alegría que comerán perdices.

Pero aquello que calla me parece más delicado. Todos sabemos, desde tiempos inmemoriales antes incluso de Platón, que los poetas (y literatos) reciben muchas veces una credibilidad que no han conquistado, que hablan en sus historias veladamente, como sugiriendo nada más, grandes asuntos sobre lo humano, la vida pública, las relaciones e incluso Dios. De todo se permiten escribir en sus relatos justificando que son invenciones, que sólo explotan el lado humano del conflicto, o que la literatura permite reírse de aquello que en la vida real sólo puede provocar horror y pavor. Se vacían palabras y contenidos de la existencia que, con poco, se recargan para convertirlas en lo que no son realmente. Y esto da miedo. Al final, diciendo, dejan de decir; parece que hablan, pero no es cierto. Transforman la verdad para acomodarla a su narración, sin pudor ni respeto. Y así crean un espejismo.

En esta literatura barata, interesada en el comercio y el dinero pese a su aúrea de ayuda y de descubrimiento, existe mucho vacío y mentiras. Son falsas guías, psicologías que pasan factura y espiritualidades sin Dios, salvación sin mediaciones. Humanidad, por tanto, alejada de sí mismo, descompuesta, abrumada en su terrible soledad y convirtiendo el egoísmo en norma y criterio de vida feliz.

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