Como niño con zapatos nuevos


Comienza el curso. Acabo de darme un paseo por las clases de los más pequeños. Esos niños diminutos de tres años que se mueven sin consistencia y en frágil equilibrio, que estrenan colegio. A ellos todo les parece grande y hermoso. No saben que este día es único en sus vidas, pero lo viven con absoluta sencillez y con absoluta ilusión. Da gusto ver sus caras de asombro, el miedo y pavor que les causa alejarse de sus padres, que también lloran la distancia. Soy testigo de este momento de sus vidas, aunque no conozco sus nombres, y no se atreven en principio a pronunciarlo. Algunos, los más valientes y lanzados lanzan palabras al viento que no consigo descifrar del todo, y yo repito aquello que entiendo. El diálogo entre nosotros, el primer diálogo de toda nuestra historia, ¡qué ilusión más grande! Estos niños no saben qué importante es este primer paso. Aprendizajes, amigos, experiencias, sufrimientos, alegrías, vocación. En la escuela se esconde un tesoro que tardarán años en desvelar. Hoy simplemente rastrean.

Me gustaría volver a la candidez y a la pequeñez de estos niños. Estrenar, sin saber que estreno. Creer con firmeza en los primeros pasos. Confiar a medida que me adentro en el mundo, aprendiendo cada día cosas nuevas. Me gustaría contagiarme de su mirada silenciosa, de su timidez impresionada, de su coraje para jugar y coger de la mano a otros. Me gustaría poder abrazar su pequeñez, desaprender tanto que me ha hecho daño sin conducirme a ningún lugar y volver de nuevo a darme una tercera o cuarta oportunidad. ¡Si supieran qué importante es este momento de sus vidas!

Hay tres cosas que he observado en este paseo, que me han devuelto a la infancia por unos segundos:

  1. Los niños no saben, sólo intuyen y crean. Pocos son los “amiguitos” que conocen del parque, y se ven rodeados de otros cientos de pequeñitas personas, de su misma edad, con quienes explorar el macrocolegio en el que se encuentran. Todo está hecho a otra dimensión, con muchas más cosas de las que tienen en su casa, con pasillos que dan a escaleras que no saben si conducen al cielo. Pero ven, cogen lo que sea, y en seguida se ponen a utilizarlo. Una pala para comer, una cuchara para llegar al corazón de la tierra, un disfraz para revestirse de nueva dignidad, plastelina que ellos saben qué es. Con las pinturas escriben en códigos que sólo conocen entre ellos. Y se entienden. Lo que más me asombra es la relación con otras personas. No saben quiénes son, sólo intuyen. Están creando relaciones y vínculos de amistad que no recordarán cómo surgieron. Y empiezan hoy, ante mis ojos, entre los suyos. ¡Asombroso!
  2. Lo segundo, la inocencia con la que son conducidos. Les puedes decir cualquier cosa. Te escucharán con los ojos abiertos como platos y la boca de un león devorador de respuestas. Con los niños hay que tener cuidado. No siempre recuerdan todo, pero lo que se les queda permanecerá grabado para siempre. Su “siempre” da el pistoletazo de salida prácticamente ahora, y les acompañará suceda lo que suceda en su historia. Vigilar a los niños, darles pautas y conducirles resulta esencial para su seguridad y el desarrollo de su confianza, pero también lo es vigilarse a nosotros mismos como adultos ante ellos, seleccionar prudentemente nuestras formas y nuestras palabras, nuestros gestos y acercamientos. No desean nada más que ser queridos, pero distinguirán quiénes les han querido bien y quienes han hecho de ellos unos desgraciados para siempre. Toca sembrar en sus vidas, terreno fértil y receptivo. En su inocencia vislumbro una especie de campo que se extiende hasta el horizonte sin límites, todo él ansiando que la lluvia, que es la Palabra, llegue pronto.
  3. Con los niños nos volvemos mejores personas. Los pequeños hacen que los adultos seamos mejores, sin duda alguna. La vocación del maestro supone una oportunidad, regalada y sumada al resto de la vida, para alcanzar la excelencia, para conocer el amor, para no dejarse llevar por lo de siempre.

Este post no puede terminar de otro modo que no sea hacernos una seria invitación a vivir entre niños, o más decididamente a contagiarnos y ser como ellos. El Evangelio marca este rumbo, esta meta. No para unos pocos, sino para todos los que siguen al Señor Jesús con el nombre de cristianos. Ser como niños es más fácil entre los niños. Por eso los maestros deberían sentirse especialmente afortunados. También los padres y madres, cuya vida se entrega por amor cada día, con paciencia y siendo solícitos y diligentes con los hijos de sus entrañas.

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2 pensamientos en “Como niño con zapatos nuevos

  1. Quizá lo de “desgraciaos para siempre” suene un tanto exagerado pero es cierto que lo niños son lupas para los sentimientos. Nos recuerdan a los adultos que fuimos lupas y que podemos volver a serlo. ¡Qué mágico el comienzo del cole!¡Qué estupendo para los que empiezan en su vida y para los que volvemos un curso más!

  2. Lo mejor de los niños: no existe ni futuro ni pasado, solo presente. Un minuto antes estaba contento y expectante, su madre se va y aparece el miedo, medios segundo después está jugando a la pelota con un niño que se ha encontrado.

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