El abrazo que te di, ¿vale para mañana?


Menuda tontería de pregunta. ¡Claro que no!

Hay cosas esenciales que saben a poco cuando no se repiten continuamente. Al menos en el deseo, si no hay oportunidad de más. Sería mediocre la amistad que no aspira a pasar el mayor tiempo posible con el amigo, sería necio e ignorante aquel que se cree saciado con un detalle al año para aquellos que quiere, sería ridícula la vocación y el trabajo de aquellos que no aprovecha al máximo sus oportunidades, que regatean con su dedicación, que se guardan para sí sin compartir sus dones. Se repite una y otra vez, se vuelve incluso rutinario, pero igual que el golpe de pala en la tierra, cada vez cava más hondo y se adentra hasta encontrar el tesoro escondido, dar con el misterio.

Se me ocurren, aunque puedes ayudarme a extender la lista, cinco cosas para repetir todos los días. Una y otra vez, sin cansarse, sabiendo que se parece mucho a lo que ocurrió ayer.

  1. Saludar. De muchas maneras se puede hacer. Quizá al principio sólo hay un tímido saludo, un par de palabras sin diálogo, sin escucha de ningún tipo. Sólo el reconocimiento, que no es tampoco cualquier cosa, de que no estás solo en el mundo. Pero con el tiempo, el saludo repetido se convierte en algo más, en verdadero interés por la situación del otro, en gesto acompañado por el nombre de la otra persona. Seguro que no soy el único que, por coger durante un tiempo la misma línea de autobús, acabó algún día entablando conversación con el conductor. Pero en cualquier lugar encontramos personas a las que saludar diariamente. Dejar de hacerlo significaría perder la oportunidad de conocer a alguien más que, quién sabe, puede ser presencia determinante en nuestra vida. Aunque sólo sea como inversión a largo plazo, deberíamos saludar siempre, sin desfallecer.
  2. Amar, y servir. No en todo, la verdad. Sólo en ocasiones, bajo el signo de la debilidad y del pecado. ¡Qué rabia! Y cada vez que no queremos a la altura de nuestra ilusión y deseo, sentimos sed de más. Incansables, una y otra vez, nos enganchamos a la vida cuando nos damos cuenta de que amamos, somos amados, y esta sed no se apaga un día, ni se calma fácilmente. Aquí no hay voz que pueda ser acallada, ni fuerza que se pueda resistir. Queremos amar, queremos ser amados. Y decirnos esto lo transforma todo. También se iluminan las posibilidades y oportunidades para hacerlo una y otra vez, repetidamente. En todo, nuestro deseo. En ocasiones, nuestra realidad dolorosa. Pero siempre se repite. Hemos aprendido una forma de querer, y somos incapaces de vulnerar nuestra estructura.
  3. Muestras de cariño, detalles. Cada uno a su altura, con sus grados. Conozco a personas de las que se dice que no son detallistas que se valen de lo más pequeño y con mucha humildad, para estar pendientes de los demás. Lo que pasa es que no se atreven a dar pasos, pero sí a estar cerca, y saben qué sucede con mirar a alguien. Los detalles no son sólo cosas compartidas, no se reducen a gestos. Y en parte, me parece injusto considerarlo de ese modo. Si todos nos diésemos la oportunidad de considerarnos detallistas, veríamos a qué lado se inclina nuestro corazón, por dónde se mueven y a qué se engachan nuestras preocupaciones. Además, seríamos más felices. Tenemos multitud de detalles (considerados o desconsiderados) todos los días. Miradas, caras, rutinas aprendidas que comunican mucho más de lo que creemos. Y cada día se repiten, incansablemente, una y otra vez. Algo tendrán que decir de nosotros. Habrá que cultivarlos más, ya que inundan la vida.
  4. Sentir y pensar. No sé separar del todo ambas cosas. Entiendo que nadie puede dejar ninguna de las dos cosas. No conozco a nadie impasible absolutamente, sin sentimientos. Y tampoco a nadie que no hable consigo mismo, en bajito para que nadie le escuche. A eso le llamo pensar, a ese diálogo íntimo. Al menos con uno, aunque sea afirmar la soledad más grande, la que no puede compartir su vida. Pero en mi caso van de la mano, y quiero que así sean, recíprocamente. Las ideas despiertan sentimientos, y los sentimientos los prefiero pensados a cabalgando por sí solos. El caso es que no hay ningún día que, en la circunstancia que sea, no me reclame atención. El caso es que si no podemos dejarlos de lado, ni pasar de ellos, ni vivir a sus espaldas, ¿no será que debemos aprender su lenguaje y dedicarles un poquito de tiempo son seriedad? Cuando las cosas se repiten, y se repiten… ¿por qué no pensamos en que son esenciales, y por lo tanto le damos el lugar y la importancia y la seriedad que le corresponde?
  5. Preparar el día siguiente. Las tres o cuatro cosas esenciales para levantarse y tirar por la vida. Los niños hacen las mochilas, cogen los libros y cuadernos que llevarán a la escuela. Los mayores también disponen bien sus carteras, sus asuntos, su horario para que todo cuadre más o menos si son capaces de torear bien los imprevistos. Pero en esa preparación también se puede incluir al resto de personas, o una buena acción para el día siguiente, algo que distinga ese día del resto.
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Un pensamiento en “El abrazo que te di, ¿vale para mañana?

  1. Me hacía un poco de gracia la respuesta a la pregunta, pero si me lo permites, claro que recuerdas cuando ha sido un abrazo de alguien que llegó en un momento determinado, cuando mas lo necesitabas, no es que dure, pero se queda en la memoria. El ser afectivo de todas las personas marca esta entrada, y me veía reflejado en varias de las cinco propuestas. El ser detallista me ha acarreado problemas porque algunas personas no lo entienden, pero sí que llegamos con algunas de estas formas de ‘llegar’ a los demás así! Yo diría agregar ‘no prepararse’ (lo digo por experiencia) para el encuentro con los demás, pues aunque sea un arma de doble filo, lo bueno sería ser recibido bien en todo tiempo que no es la regla de lo que sucede, pero estar ‘disponible’ al otro sí que deja una huella en los demás porque al final todos andamos igual necesitando al otro, porque no vivmos solos. Vivimos con, por y para el otro.

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