En resumen, formación


Aunque prefiero las sillas en las que escuchar, ayer me tocó pasar a la palestra para dar una formación sobre la importancia de la formación en los tiempos que corren. Fue en Valencia, con un simpático y educado auditorio compuesto por los acompañantes de grupos Hinnení. Junto a una imagen de Calasanz, con el ordenador siempre a cuestas, y una hermosa pizarra de las de toda la vida a la espalda. Desde ya les agradezco su buena disposición e inteligente recepción de lo expuesto. Estuvieron sentados durante toda la mañana ejercitando la virtud de la paciencia, y escuchando de forma ordenada lo que ya todos sabemos. ¡Qué importante es la buena formación en los tiempos que corren! ¡Qué necesario es el ejercicio del diálogo, no vacío y demagógico, sino competente y bien argumentado, buscando razones y, sobre todo, la verdad! ¡Qué difícil es hablar de algo tan sencillo como esto, y además hacerlo bien!

Insisto en que fueron muy educados al escuchar durante dos horas lo que probablemente se puede resumir en diez minutos. Fue una reflexión personal y abierta, sobre el contexto en el que vivimos, de una persona que confía enteramente en la razón y en las personas.

Os paso un pequeño resumen en 10 puntos, con ánimo provocador:

  1. Partí del Evangelio que ese mismo día tocaba en la lectura continua de la Iglesia. Un hermoso texto en el que Jesús le dice a los suyos: “Vosotros meteos en los oídos estas palabras, porque…” (Lc 9,44) De hecho, es el título del largo escrito de 24 hojas preparado al efecto. En esta expresión descubro la intimidad de la formación y la obediencia a la Palabra que se deriva, para toda la vida, de recibir algo grande y majestuoso -el kerigma- capaz de dar razón y sentido a toda la vida. Después de las palabras de Jesús, su grupo ni entendió ni se atrevió a preguntar. Pero escuchó y guardó. Sabían que era el Maestro el que hablaba, y lo hacía con autoridad.
  2. La iglesia necesita personas competentes para anunciar el Evangelio y transmitir la fe a los pueblos. No laicos, no sacerdotes, no familias… Debajo de los números, muy al fondo de los mismos, hay un problema mayor que es el de la calidad de los agentes y de los acompañantes. Que si no reciben y no se nutren en las fuentes de la Iglesia y de la fe al final terminarán comunicándose a sí mismos, sus ideas, sus sentimientos y sus experiencias. Esta competencia no se deriva, sin más de cualidades personales y humanas, sino de la conformación de las mismas con Jesucristo, con la fe de la Iglesia, con la revelación. En este punto también insistí en que no puede evangelizar un sujeto individual, sino que el verdadero sujeto es la comunidad cristiana, aunque la tarea quizá recaiga especialmente sobre algunas personas concretas.
  3. Necesidad de nuevas formas y nuevos caminos. Y aquí mantengo una lucha personal contra la renovación lingüística. Creo que muchas veces evitamos llamar a las cosas por su nombre, con palabras cargadas de sentido a lo largo de la historia, para inventar nuestras palabras y símbolos vacíos que nos costará la vida darles sentido y luego hacer el “empalme” con la tradición. En lugar de eso, propongo el respeto a un lenguaje que es propio, a unas formas que son propias, y la llamada a descubrir su profundidad y hondura, su calado y significatividad. Aquí sí que tiene sentido la palabra “actualización”, que no implica ni ruptura ni destrucción. Esa actitud ya fue conocida en la historia bajo el signo de la iconoclastia, que no terminó con las imágenes, sino que fue más allá. Lo que sí necesitamos son métodos y formas nuevas, casi por entero. Seguir con lo de siempre, nos dará los resultados de siempre.
  4. Comprender el sistema global, una formación integral. Las palabras empleadas nos descubren sentidos y relaciones que a nosotros quizá se nos escapan. Quien no tiene formación suficiente sólo ve las cosas en particular, en concreto. Y ahí se hacen muchos excesos al no acoger todo en su conjunto. Una buena formación, por tanto, requiere esa primera visión e introducción general. Lo saben en todas las facultades y de todas las maneras, en cualquier lugar que ofrezca una verdadera formación. De ahí que la especialización sea algo no deseable en ciertos temas, o para ciertas personas.
  5. Nuestro mundo, y sociedad, desprecia las ideas para manipular mejor a las personas. Las consecuencias de la modernidad y la devaluación de las mismas, sólo han convertido a los sujetos en más volubles y en más dóciles a consignas generales. Cuando no hay pensamiento particular y personal, se produce un fenómeno fácil de enteder: masa, pensamiento único, borreguismo. Nadie puede dejar de pensar. Es connatural al hombre el diálogo consigo mismo, especialmente en determinados momentos. Sin embargo, nuestro contexto está sembrado por el relativismo (del que sólo se puede salir acogiendo lo Absoluto e interrogándose por él), un increíble cientificismo (absurdo al no reconocer sus límites ni sus extrapolaciones, utilizando una autoridad que no le es propia), el nihilismo (como destrucción de valores, sin mayor propuesta que la destrucción de los mismos)… Y más indicadores. Hoy, formarse y ser crítico, pensar y reflexionar, dedicar tiempo a conocerse y conocer la realidad, es antisocial, una apuesta por la diferencia, un camino contracorriente. Quizá hoy y siempre ha sido así. Tampoco nos vamos a poner medallas.
  6. La formación no sólo es sobre los temas actuales y de urgencia. Nadie en su sano juicio ofrece formación para los jóvenes pensando en que son sólo jóvenes, como si fueran a seguir siéndolo durante toda su vida. La formación es para la vida. Tiene una dimensión de preparación para lo que no vivimos ya, aquí y ahora, que mira al horizonte y ortoga esperanza a los pueblos. Puede que ahora no se entienda todo, ni se pueda vivir todo. Y tampoco importa en exceso que sea así. Que ahora quizá dé refugio, fortaleza y defensa, pero mañana sea indispensable para mantenerse firme. Es la parábola de aquellos que asentaron casa sobre arena o sobre roca, y recuerdo que en la parábola se hablaba de la Palabra. El que vive de la urgencia y la necesidad ni es libre ni alcanza libertad. Es un esclavo más, que provoca esclavitud. Al final, esa semilla no fructifica por los agobios.
  7. Hoy no hay excusas para la formación. Sí que hay problemas con la información excesiva, la necesidad denodada de filtros y caminos que nos conduzcan por ella, la visión global y sistemática de la realidad. En la era de internet, con la cantidad de blogs que hay y de las redes sociales con los contactos que propician, no hay excusas. Tampoco debemos abandonar ni desechar el acceso increíble que tenemos a bibliotecas excelentes, a las páginas ya escritas y editadas, al cuño de las editoriales y a sus indicaciones en autores, temas y referencias. El mundo tan grande que tenemos a nuestra disposición sí provoca parálisis, un cierto desbordamiento . ¿Necesitamos y hacemos apuestas por conducir y filtrar en este mundo, por el diálogo posterior a la propia reflexión y lectura? Puede que no tanto. Por otro lado, no debemos olvidar que las ideas que mueven el mundo son las que generan transformación en él.
  8. Las ideas y la razón, y su trascedencia. Ya he hablado sobre mi defensa de las ideas y de la razón. Pero la trascedencia de la razón también se refiere a la capacidad para ir más allá de las cosas, preguntarse continuamente, descubrir y acoger lo absoluto sin dejarse llevar por el mundo cambiante.
  9. Al final, todos terminamos confiando, de una u otra manera, en algo más que certezas y verdades. Porque formación no significa encontrar la seguridad absoluta y los raíles en los que dejar de pensar. Muchas veces al contrario. La formación sirve para interrogar nuestra ignorancia, desvelar nuestras impurezas y purificarlas a fuego. Nos deja más desprovistos, nos conecta más con la vida, nos ilumina una senda que puede que nunca hayamos pasado y nos reclama coherencia e integridad. Piensan mal quienes piensan que la formación es algo de razón y lo que importa es la vida. Piensan mal porque siguen anclados en la fragmentación del individuo. Una verdadera formación no sé si es aplicable o no, si es útil o no, pero configura personas y eso se nota en su existencia. La pregunta que siempre nos hace la formación, finalmente, se parece mucho a la pregunta del amor: “¿Me crees? ¿Me quieres? ¿Confías en mí?” Y cuando la formación cristiana pone en contacto con Dios, más allá del ponente o del libro, estamos ante Dios mismo amándonos, antes Dios mismo interesado en nosotros y en el mundo.

El último punto lo perdono. Ayer la conferencia fue excesiva. Hablo muy rápido.

Agradecido por la oportunidad. Y esperando ser formado la próxima vez. Ojalá algún día devuelva con educación y con paciencia una conferencia de quienes ayer me escucharon a mí. Sería un verdadero placer, y se hará justicia. Espero que ellos sean mejores que yo en esto, y en otras muchas cosas.

Elogio de las distracciones


Creo que las excentricidades y el ser humano se llevan bastante mal. Creo que a las personas les gusta, y se complacen, en andar centrados por el mundo en un par de cosas esenciales. Sin obsesiones, pero centrados. Muy centrados en ellas, como recibiendo lo que les falta para completar su vida. Es hermoso comprobar, de esta manera, cuáles son los nudos gordianos que, si los desatas, hacen de cada uno un ser vulnerable y frágil, dejan reconocer la debilidad connatural que nos asusta ver y les abre al maravilloso y misterioso mundo en el que cada uno se desenvuelve.

Centrarse y atender, cómo puedes ver, no significan lo mismo. A pesar de estar constitutivamente diseñados para esta entrega absoluta de nuestra persona a una realidad capaz de contenernos, esto no significa que lo podamos hacer sin esfuerzo cuando queremos y como queremos. Encontramos resistencias en nuestro camino, incluso cuando nos topamos con aquello que nos ha prometido la felicidad total y más alta que podamos alcanzar en la faz de la tierra. No se trata de una tragedia, sino del fruto de nuestra división y de los apegos de nuestra historia. Para abrazar algo, previamente nos hemos debido soltar convenientemente de lo que nos atrapa. Tarea que todo educador, acompañante y persona que se conozca bien a sí misma, reconocerá que resulta tremendamente arriesgado y exigente. ¡Cosas de la vida! La atención pone como condición la libertad y la voluntad de las personas, las cuales a su vez son frágiles sobremanera. Digamos lo que digamos.

Por otro lado, nuestra capacidad de centramiento puede resultar y devenir obsesión y ser muy poco deseable para la persona. Son esos momentos en los que nos encontramos “enganchados” a lo que no queremos y como no queremos. La vida nos atrapa sin preguntarnos ni cómo ni por qué, y nos vemos sumidos en la falta de alternativas reales para salir de nosotros mismos, escapar de la realidad que nos ha cautivado contra nuestra propia voluntad. De ahí el título del post, y la necesidad de atender, cuidar y ensayar multiplicándolas al máximo, las grietas de las paredes que tienden a encerrarnos en sí mismas condenando nuestra libertad. El gran deseo del hombre es abrazarse a una o dos cosas sabiendo, al mismo tiempo, que podría estar en cualquier otra parte del mundo. Si no puede, está ahí su condena. Si se ve limitado ajeno a sí mismo, también encuentra desasosiego, desesperanza y desesperanza. Pierde el amor, al tiempo que pierde su movilidad y apertura.

Las distracciones juzgo que en ocasiones se convierten en enemigas. Sobre esto hay mucha literatura. Pero en otras, mostrando que son relativas y necesitan orden, pueden ser utilizadas para el mayor de los bienes y deseos del ser humano, que es conducirse a sí mismo y seguir gobernando la nave de su vida. No cualquier distracción la considero adecuada.

  1. Como medio, personalmente creo que debemos ser muy inteligentes en su selección y que no debemos tomarlo ni de cualquier modo ni desprovistos de ética.
  2. Una buena distracción debe devolverte a la realidad mejor de como fuiste a ella. Siempre sabiendo, por otro lado, que en las distracciones se puede encontrar igualmente lo fundamental de la existencia. Sin hacer de ellas, un juego de niños, una tarea de huida de la propia humanidad, ni la excusa para alejarse de lo que verdaderamente somos.
  3. Una buena distracción buena debería igualmente abrir la libertad y desconectarme de lo común y cotidiano, sin que por ello lo tomemos como algo excéntrico, en el peor sentido de la palabra. Quienes caminan así por el mundo no se recrean en las escapadas de la vida, sino que la quiebran, tensan y descomponen.
  4. En las distracciones encontraremos sentimientos, ideas y creencias, realidades también profundas de la existencia, que debemos tener en cuenta que no pueden suponer un combate contra la opción fundamental que hayamos tomado.
  5. Una buena distracción ofrece descanso, reposo y soseigo. En ocasiones, para verse mejor, despejarse y nutrirse. Son excelentes estas distracciones. Y no otras. Aquellas que nos componen de nuevo y renuevan nuestras fuerzas.

Pero esto son nada más que opiniones. Lo mejor es que las estoy viviendo. Y soy agradecido con las personas que las hacen posible. No lo entiendo como un hobby aislado, sino como algo connatural y propio de mi existencia. Y ojalá todos pudieran disfrutar de ellas.

La sencillez no está fuera, está dentro


Cito textualmente a Olga, una amiga que siempre me lleva la contraria al principio. Fue una conversación sostenida, de la cual no me acuerdo, el 3 de diciembre de 2011. Lo sé porque me acabo de encontrar en un libro un post-it con la frase, la genial autora y la fecha. De vez en cuando hago cosas de estas. También de mis alumnos. Y luego, con el tiempo, me llevo sorpresas agradables. Aunque en el contexto se entendería mejor, desprovista de su tiempo y espacio, universalizada y hecha para todos, considero que tiene algo de genial. Y es que, en verdad, muchas de las cuestiones que más preocupan al hombre exterior, al que vive fuera de sí mismo, se solventarían con una pizca de cariño por sí mismo, de recogimiento y de reflexión. En concreto, en relación a la sencillez estimo que esta frase está en lo cierto.

Lo que para algunos resulta una cualidad suya, innata y recibida, en otras personas se convierte en un verdadero esfuerzo por caminar. La sencillez exige esfuerzo (Prov 10,9). ¿Quién dijo que esto de la sencillez fuera siempre fácil? Con la de información que recibimos, con la de encuentros que propiciamos. Nada de eso. Mantenerse en la sencillez, ser fiel a ella requiere mucha disciplina y sobriedad. Es un lujo en los tiempos que corren, donde todos piensan de todo y hablan de todo.

  1. Son capaces de valorar la sencillez externa y en otros. Para los más recargados interiormente, los que más acumulan, probablemente todo eso quede en pobreza, en precariedad, en insuficiencia. Pero los sencillos aceptan la sencillez de las circunstancias y de la vida, no necesitan mucho más, y además son más felices, más entusiastas, y se dejan sorprender con más facilidad. Es propio de una persona sencilla mirar con sencillez, y esto me parece que debería entrar dentro de lo sublimemente humano.
  2. Respecto al pensamiento ocurre tres cuartas de lo mismo. El sencillo ordena con mayor facilidad esto, aquello y lo de más allá. Quienes tienen sin embargo un interior complejo, enrevesado y obtuso todo lo vislumbran desde su propia confusión interior. De donde no hay, no se puede sacar. Y reinará entonces en todo la confusión. Basta que digan una palabra los sencillos y se hará la luz, pero cuando hablan los complejos y confusos volvemos al toju baboju del inicio de la creación, cuando todo era caos y desorden.
  3. Afectivamente ocurre lo mismo, exactamente igual. En las relaciones, se alejan de las dobles intenciones. Se prefiere una buena pregunta a una mala interpretación. Calasanz hablaba, como muchos otros, de la necesidad de cultivar la rectitud interior, no dejarse liar por las circunstancias y poner las miras en lo importante, de ajustar las palabras a lo conocido y no dar pasos en falso. Hay algo en la sencillez que tiene mucho que ver con la prudencia y las limitaciones humanas, no sólo con su respeto sino con su aprecio y estima.
  4. Da sin esperar nada a cambio. Y recibe en la misma lógica, sin pensar en devolverlo. Y en los tiempos que corren, ojalá se cultivase más este intercambio. Más directo y según lo necesario, que apoyado en cálculos matemáticos y cuentas que pesan y sobrepesan pros y contras.

Es para pensar. Hoy estoy de acuerdo con Olga. Visto lo visto, y conocidas las complejidades del mundo y sus confusiones, que son muchas, alguien sencillo tiene que empezar a poner luz. ¿Alguien con sencillez de corazón, nobleza y rectitud? Yo conozco uno de quien sé que nos podemos fiar.

Todo viaje es una oportunidad – Miniidea


Hoy saldré de viaje, aunque tampoco tanto. No soy de los que viajan mucho, ni quieren hacerlo. Siempre me cae como una incomodidad que me pide orden para no olvidar nada importante y disciplina para no llevarme lo innecesario y cargar con ello. Sinceramente, prefiero el estilo sobrio y kantiano de quien disfruta de lo que tiene alrededor, y aprende a conformarse con lo que hay. Además, lo de los aviones no va conmigo. Sin embargo, hoy toca viaje por motivos no del todo personales. Si fuera por ocio y tiempo libre pondría otra cara, quizá. Dicho lo cual, admiro a otros escolapios a los que les toca darse innumerables paseos por los distintos lugares en los que estamos; y entre todos ellos, me provoca más admiración aún aquellos que conozco que andan dando vueltas por el mundo animando a todos, sorprendiendo con sus visitas, acogiendo lo que haya en cada lugar, intentando sentirse como en su casa sin tener propiamente un lugar donde reclinarla. Como digo, esas tareas están lejos, muy lejos, de mis deseos y aspiraciones, y de mis gustos.

Los viajes han dado mucho que hablar en la historia de la literatura y de la vida. Se han hecho lugar privilegiado para todas las metáforas, de todas las comparaciones. Lugar consumido hasta extraerle casi todo su meollo. Unos serán peregrinaciones, otros serán aventuras, otros hablan más bien de una meta, y otros vendrán dados  por la llamada a dejarlo todo y salir de la propia tierra. Unos viajes serán considerados con motivo de una promesa y de una tierra que les espera, pero en ocasiones también sentimos que hemos sido expulsados y vagamos como desterrados errantes pisando tierra, aceras y bosques que no nos corresponden. Unos viajes significarán premios, otros tareas, otros también castigos. Porque para todo hay. Los viajes, a la Alcarria, de retorno a Ítaca, o en búsqueda del Dorado inundan las páginas de libros y libros. Su denominador común son las personas, que hacen viajes personales y encuentran y descubren y acogen y sufren y festejan. El resto de elementos puede variar enormemente quedando siempre de fondo la sensación de provisionalidad, de escasez, de movimiento, de indeterminación, de libertad… Un profundo canto existe en todo viaje a la tensión que vive el hombre entre su punto de partida y el punto de llegada, un profundo canto al momento que se vive siempre a merced de lo pasado y de lo que pasará, hasta que termine definitivamente su camino.

Mi viaje de 24 horas puede ser una gran oportunidad:

  1. Tomar distancia y escuchar voces diferentes. Lo cotidiano es maravilloso, no nos engañemos. Pero lo extraordinario es de fábula, genial. Lo que no podría sería vivir como si todos los días fueran totalmente distintos entre sí. Mi rutina me agrada mucho. Lo que ahora tengo es oportunidad de verla con otros ojos.
  2. Encontrarme con otras personas. Donde voy sé que hay gente que aprecio y quiero. ¡Qué diferente sería de otro modo! Lo cambia todo. Aportan una motivación final, como reclamándote al final del viaje, que hacen todo más liviano. Hay quien puede mirarlo como una separación de “lo propio” y una despedida, pero yo quiero ir al encuentro, al abrazo, al saludo, al diálogo cordial. No da igual la dirección y meta que se tome.
  3. Saber que en todo camino no ando solo. Tengo una hermana que habla siempre en todos los viajes con alguien. A mí no me sucede eso. No tengo tanto valor ni gallardía. Ahora bien, con esto de ir de cura nunca se sabe. Más de una ocasión tendré para responder a preguntas de alguien, y entablar una conversación, seguro que muy personal e inquietante, con un desconocido. A esto siempre me apunto, cuando alguien rompe mi timidez.
  4. Espacio para una buena lectura. Voy cogiendo rutina, y cada estación se convierte en una librería donde comprar un libro. Los viajes de hoy son cómodos, confortables. Permiten una excelente lectura, dan tiempo para que no te muevas ni distraigas y así poder concentrarte del todo. O para dormir, si se quiere. Como no iré en compañía de nadie directamente, prefiero el libro, y no el ordenador. El libro de pasar páginas, el de toda la vida. Una novela, o historieta, o de los de subrayar. Ya veré por dónde me inclino esta vez.
  5. Ir con lo puesto. Un ejercicio apasionante. Lo necesario, sin maletas ni nada. Lo imprescindible para la tarea, y para estar presentable. Siempre hay que saber pensar en los demás en este sentido. Aunque como no conozco a la gente que voy a ver, estoy libre de culpa. Nos encontraremos, nos miraremos, y la próxima vez ya veré qué hago. Pero lo de ir “con poco”, y estar con poco me parece esencial en el universo de la abundancia. Se disfruta de una felicidad distinta de este modo. Otra cosa es cómo vengas, y qué te traigas. En este sentido reconozco que la vuelta suele ser de mayor calidad.

Como viajo en tren no tengo miedo. Y por eso pongo la foto de los raíles. Otra excelente metáfora de un viaje seguro, en buena dirección y con las cosas claras. Que nos hace falta que nos encasillen de vez en cuando y nos digan, con el típico golpe de amistad en la espalda y una sonrisa un tanto maliciosa, “por aquí, amigo, por aquí.”

2+2=5


No se puede comulgar con ruedas de molino.

Hoy me he alegrado mucho al ver que un padre ha puesto a prueba a su hijo. Le intentaba convencer a la salida del colegio de esta fórmula matemática. Y el niño no se lo ha tragado, ha dado la cara y ha presentado batalla. Porque si no es así, no es así, y punto. Y el pequeño, aguerrido y armado con tus propias manos, le ha enseñado al padre los cuatro dedos que le daban como resultado final. Las cuentas estaban claras. Allí no salían cinco por ningún lado.

El ejemplo me ha parecido luminoso. El niño defendía lo que sabía. Si no supiera, y estuviera convencido de ello, pisando con pies firmes, su padre le habría engañado. Porque es más fácil confiar en la autoridad y en quien te da de comer, que en otras fuentes de conocimiento. El niño, además, hablaba con criterio, buscaba estrategias para sacar a su padre del error. Se tomaba en serio aquello que él podía hacer por otro. Algo que, dicho sea de paso, ya sabemos que es tremendamente difícil en la vida ordinaria. También es cierto que el niño no dudó ni un solo instante, lo cual me parece sorprendente. Estaba grabado a fuego en él que aquello era así. Y en este momento se me hizo un nudo en el estómago. Porque pienso que otros saberes de la vida no son tan ciertos como las matemáticas, y no pueden, de hecho, ser ni la mitad de contundentes gracias a Dios, porque hay verdades que no se adelantan en los libros, sino que se realizarán o no dependiendo de las personas y su libertad. Y entonces me quedé desconcertado, porque enseñar a un niño a defender lo que piensa no significa que no sea capaz de hablar, de dialogar, de mostrar con más sencillez incluso lo más básico, o de abrirse al diálogo.

Me alegró que aquel niño nunca hubiera existido, porque nunca vi la imagen que he descrito. Me preocupó a su vez que probablemente se repita entre jóvenes y adultos en tantas ocasiones, en las que unos y otros se dicen lo que saben como si fueran verdades incuestionables y mostrándose a sí mismos incapacitados para hablar con un poco más de seriedad de las cosas que verdaderamente importan. Me inquietó que la dinámica en la que entre la sociedad con motivo de la crisis sea la de intentar educar a los otros en lugar de una pregunta mucho más próxima a los hombres, como por ejemplo… y eso, ¿por qué lo dices?

Más allá de las clases


Existe ese más allá, porque las clases terminan. Hoy he tenido seis horas, seguidas una detrás de otra. Un día de esos en los que alumnos y profesores deberían hacer una fiesta ante su final. Porque existe vida más allá. Sin embargo, he tenido una sorpresa agradable que me ha hecho pensar; de eso que los profesores entendemos que ocurre de vez en cuando, pocas veces, no muchas. Un grupo de alumnos se ha quedado para seguir hablando del tema que nos ocupaba. Es entonces cuando yo he pensado que en verdad existe algo más que las clases.

  1. Momentos en los que los profesores no dejan de ser profesores, y los alumnos no dejan de ser alumnos, y se tratan como personas, dialogan como tales, hablan como tales, se esfuerza en entender la vida como tales. Personas, ambos, que están deseosos de aprender en medio de sus inquietudes y a través de sus interrogantes. Esos momentos existen.
  2. Encuentros donde las materias cobran luz nueva. Porque de verdad que hemos continuado con lo mismo. Más de lo mismo. De hecho, no se han quedado todos. La mayoría se ha ido porque no les interesaba, supongo, o porque tenían otras cosas mejores que hacer, o ya andaban cansados. Pero se ha revelado cómo lo que dentro de las horas lectivas se explica no son sin más apuntes, sino algo a lo que se pueden conectar.
  3. Los ejemplos son los verdaderos conductores, la experiencia de cada uno, las motivaciones que les llevan y las rémoras que les atrapan. Hoy he comprobado cómo los procesos de generalización y particularización, hacia toda la vida y en su propia vida, dejan de ser escritos entre paréntesis para facilitar la comprensión y se proponen como el verdadero problema para hacer una afirmación u otra.
  4. Se escucha diferente cuando no hay presiones, ni las grandes lecciones se enmarcan entre los sonidos de la campana de final. Porque siempre son campanas de final las que suenan en los pasillos, no campanas de inicio. Si fueran campanas de inicio lo viviríamos de otro modo. Pero no, cuando no hay campanas de final el tiempo es diferente.
  5. Educamos, en definitiva, para este más allá. Queremos ver este más allá donde los alumnos viven, no donde hacen las tareas, sino en el que viven lo aprendido y de lo aprendido, donde el conocimiento invita al entusiasmo, canta la libertad, grita la justicia, proclama posibilidades. Los maestros, todos, los buenos e incluso los malos creen que lo suyo no es estar encerrado, y se vuelven débiles cuando eligen esa reducción. La educación en las aulas tiene incidencia real fuera de las mismas. Lo estamos viendo a diario, y hay que volver a pensar en ello. No tratamos de crear ciudadanos buenos, ni trabajadores cualificados. Si la educación fuera esto se negaría a sí misma. Educar es conducir al hombre para algo más que otras aulas.

Recuerdos que provocan bien


A media mañana escribí en mi muro de Facebook, lo siguiente:

Disfruto enormemente explicando a Sócrates. Algunos dirán, “Platón”, y yo repetiré “Sócrates”.

Al volver de clase, con una sonrisa de oreja a oreja, a pesar de que sé a ciencia cierta que a mis alumnos les hago pensar y eso no siempre es fácil ni gratificante, que se les remueven cosas al tiempo que aprenden, encontré varios comentarios a la frase y algún que otro “me gusta”. Uno de los comentarios citaba a un escolapio entrañablemente querido para mí. Lo nombraba un alumno suyo, ya no tan joven, en cuyo recuerdo permanecía. Nada más leer su nombre recordé que con él también estudiaba yo, en septiembre y por amor al arte, alguna que otra cosa esperando que empezara el curso en la universidad. Lo importante no era si estudiábamos griego, leíamos tragedias y las comentábamos, me dejaba libros para seguir por mi cuenta, repasábamos y profundizábamos en la filosofía. ¿Por qué hacía esto, por qué él estaba dispuesto a sentarse conmigo? ¡Por amor al arte! ¡Por bondad!

Lo que me apasionaba de aquellos encuentros era encontrarme con un hombre sabio y sencillo, recto y cordial, siempre al servicio. Cuando uno recuerda así a las personas, este recuerdo le provoca un bien infinito. Y hoy creo que es una de las mejores cosas que me ha pasado en toda la mañana.

Los recuerdos, y cómo recordemos, nos hace ser o mejores o peores. Sin duda alguna, al más puro estilo de Sócrates, como seres intermedios entre el bien y el mal, en lucha constante. Hoy podría no haber pensado en él ni un solo instante. Permanecería ahí, en el saco del olvido, sin más. Sin embargo, recordarlo ha supuesto un descubrimiento admirable al final de la jornada, un deseo engrandecedor, ha provocado en mí una semejanza y tensión querida y deseada. Ya no quisiera ser cualquier profesor, sino alguien así. Así de bueno, así de sencillo, así de vivo. ¡Qué excelente recuerdo!