Leer “La elegancia del erizo”


Nunca pensé que leería este libro cuando se lo regalaron a  una de mis hermanas. Pero, de nuevo, me entretuve demasiado en la estación de tren y pasé a la tienda express de libros demasiado tarde. Ojeé las estanterías, vi el libro, y después de pagar algo más de cinco euros salí corriendo a coger el tren que ya estaba esperando la salida en la estación.

Cuando comencé a leerlo me resultó poco ágil. “Gracias que los numerosos capítulos son breves”, pensé al principio. “Qué personajes más hirientes, enfadados con todo y con el mundo, insaciables”, seguía pensando. “Qué desastre de humanidad se esconde aquí, qué afán por destruir la belleza del mundo”, seguía pensando. Pero me enganchó a la segunda reflexión de la pequeña inquilina por su destello de originalidad. Me sentía leyendo el blog de un adolescente inteligente en forma de diario secreto, un tanto convulso; se me antojaban similitudes a algunos de mis alumnos más brillantes, con sus reflexiones abiertas sobre la amistad, la vida, el amor, la pereza, el futuro, su vocación. Después me sumé a la trama, al aparecer el japonés en aquel endiablado edificio de gente rica y poderosa. Pero me quedo con la “filosofía” cotidiana que transmite el libro. Me ha encantado saborear su lírica, sus imágenes poéticas, sin recortar expresiones difíciles, sin menguar el deseo de contar las cosas de otra manera. Pensar sin pensar demasiado.

Otro punto gordiano del libro está en la fachada y cara que ponen sus dos protagonistas. Tanto la niña como la recepcionista. Si habitualmente tratamos de mostrarnos mejores, me sorprende que estas dos ciudadanas se esfuercen en lo contrario. En esconderse, cual erizos. En zafarse de la mirada de otros, reservándose lo mejor para los mejores momentos. Tesoro éste que sólo se desvela en la medida en que se van encontrando en la altura de la vida, comenzando por el ascensor, perdiendo el miedo a reconocer la capacidad y don del otro, sorprendidos y maravillándose los unos con los otros desconocidos.

Como viene siendo habitual, no te cuento el final. Esta vez sí recomiendo su lectura. ¿Cuánto tiempo necesitas? Un par de días. Si vives cerca, te presto mi ejemplar. ¡Pero devuélvelo, que me erizo!

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