Acoger y dar la bienvenida al que viene


Los escolapios vivimos en comunidad. Comunidad de misión, de oración, de bienes. Casas construidas o creadas por otros escolapios que estuvieron allí antes de que nosotros llegásemos. Mi comunidad tiene 275 años, cumplidos este curso. Lo que supone que han estado por estas galerías que yo paseo cientos de religiosos antes que yo. Por los mismos pasillos probablemente, adornados con cuadros similares a los que cuelgan en sus paredes, sentados en sillas parecidas a las que utilizamos nosotros ahora. Las sillas no han sufrido grandes innovaciones. Tampoco otras cosas, como las mesas, las puertas, los suelos, las imágenes. Las cosas tienen su ritmo, más lento que el de las personas. He vivido ya en siete casas diferentes a lo largo de mi joven vida como religioso. Lo que supone que he entrado tímidamente a estrenar casa, como si fuese nueva porque para mí lo era, aún sabiendo que no había nada que inaugurar. La mayor parte de las ocasiones, al ser bienvenido, lo primero que se percibe es que hay ritmos, formas, maneras y costumbres que constituyen la comunidad por encima de las cosas, y dan sentido a cuanto sucede. No son fáciles de cambiar. Las camas se pueden mover, el moviliario también. Las personas, no tanto. Sin embargo, una persona puede cambiarlo todo.

Este año toca acoger, como el pasado, en lugar de ser acogido. Dar la bienvenida, en lugar de recibirla. Nos conocemos, nos hemos visto en múltiples ocasiones, reuniones, trabajos. Hemos compartido llamadas, preocupaciones y paseos en los ratos libres ocasionados por los huecos en los guiones y horarios de los días. Sin embargo, hasta que las personas no conviven juntas y se ponen a compartir lo cotidiano, nunca se conocen del todo. Hace falta algo más que un aire vacacional y temporal. Se requiere algo que lleve algo de definitivo, inmutable y inevitable. Entonces, lo que parecía que era se puede confimar o no. Lo que se intuía puede ser cierto, o no. Lo que se deseaba puede ocurrir, o no. Lo cierto es que una persona siempre puede cambiarlo todo. Algo que una cosa nunca conseguirá.

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