Leer “La caída de los gigantes”


Necesitaba un libro para un viaje. Es lo que encontré a mi disposición en la pequeña tienda de la estación de tren. Lo primero que me atrajo fue precisamente la coincidencia entre la portada y mi situación. Sabía que la prosa de Ken Follet se lee con facilidad, que no resulta pesada. Su lectura, a decir vedad, es más ágil que su porte.

Esta historia mezcla otras historias (no diría pequeñas, sino más grandes) de personas de distintas clases, nacionalidades, puntos de partida, familias…, en el conocido entorno de la Primera Guerra Mundial. Muestra así que la guerra, por muy extensa que sea, no puede frenar (salvo de un modo tajante, odioso, bárbaro y brutal) la vida de las personas, sus preocupaciones, sus intereses, sus sueños, sus deseos. Una enorme diversidad humana de características se da cita, que hacen que cada personaje y relato sea único, salvo por dos grandes factores unificantes: su contexto histórico, que no pueden manejar ni controlar a placer; y su condición humana.

El libro tiene más de un “deje” que es propio del autor. Ya conocido se hace esperar y no provoca tanto daño como creo que sí puede hacerlo en quienes leen creyendo a pie juntillas que lo que aparece en la novela refiere hechos históricos verdaderamente acontecidos. Dificultad crítica que parece tener más de un individuo herrante (perdonad la falta de ortografía) de cultura cultivada a merced de las opiniones de los demás.

Por otro lado, y con esto termino, me deja gran sinsabor que en la trama se den cita tantas personas “influyentes” que deseaban la paz mundial y no pudieron alcanzarla. Es más, la postura del amigo Ken Follett habla en más de una ocasión dejando entrever que la guerra fue algo irremediable, a lo que no estaban dispuestas en principio las naciones, y que sin embargo ninguna tuvo forma de echarse atrás. Bien por alianzas contraídas sin reflexión, bien por avatares propios de los juegos de dominó que encadenan respuestas esperadas, bien por considerar la política en su condición más baja y despreciable. Esta ambivalencia mantenida me hace pensar en otras muchas circunstancias de la vida donde actuar y decidir es verdaderamente una proeza y una tarea de gran calado y hondura.

Si me pregunta alguien si recomendaría la novela, mi respuesta sería: “Sólo si tienes tiempo, y ningún otro libro mejor que leer. O si eres kenfollettófilo. Si no entras dentro de estas categorías, deseo que tu búsqueda sea más fructosa e interesante.”

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