La opinión de los demás


Parece un castigo para muchos. Una dependencia asquerosa de la que pretenden librarse repetidamente, mostrando tantas veces como se lo propongan el déficit de sus fuerzas para cerrar los oídos, quedarse sordo ante las palabras de los otros. Sin embargo, no pueden. Los oídos no se cierran voluntariamente, al modo como se clausuran los párpados, y tampoco la voluntad ejerce sobre ellos la asombrosa capacidad de dirección que tenemos sobre la vista, y ni siquiera se nos concede el beneficio de seleccionar sus ingresos como en el caso del gusto. Un sentido permanentemente abierto, condenado a participar de nuestra vida incontroladamente. En estos casos, qué dicen y qué dirán, ya no es sólo lo que escuchamos en el momento sino lo que se dice sin que podamos oír. Y que tarde o temprano llega a nosotros por algún canal. Nadie escapa de su poder, ni aquellos que saben pasar humildemente desapercibidos.

En el fondo, pese a lo que pueda publicarse en tantos libros sobre la “identidad personal” terminamos reconociendo la capacidad configuradora de aquello que escuchamos decir de nosotros. Más amplificado cuanto más cercana es la persona que habla, más potente y más poderosa la huella de los ecos que se repiten en diferentes labios caminando en la misma dirección.

Deberíamos educar al respecto, en dos direcciones clave. La primera, la de nuestra propia palabra referida a los demás. Prudente, cautelosa. La palabra que no es dicha no tiene el mismo grado de implicación en la vida de los otros. La palabra que no es dicha es palabra que está ahí, pero no se comunica con el mismo poder. La palabra pronunciada, más bien proclamada con seguridad, con la elocuencia de quien habla porque sabe (o cree saber), se aleja de nosotros sin control impactando en otros. Deberíamos educar en el modo de hablar de los demás. También en el modo de hablar sobre nosotros mismos. La segunda clave natural del proceso es la escucha y la credibilidad que le damos a lo oído. Si bien nuestro sentido no dispone de filtro ni dirección en sí mismo, la complejidad humana dispone de otros recursos antes de que las palabras se hagan pensamientos o sentimientos en el corazón de quien las recibe. Filtros que no dañen, que permitan entender en globalidad o en particularidad, discerniendo casos. De un modo u otro, como se quiera decir, no toda palabra ingerida tendría que alimentarnos de igual modo. Las palabras que llegan muertas, bajo el signo del odio, del rencor, de la dureza, no nutren ni fortalecen ni construyen. Sólo las palabras con vida pueden ofrecer algo.

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