Afrontar el sufrimiento


Escribir sobre el sufrimiento es enfrentarse a uno de los temas más difíciles que existen, de los más duros y de los más personales. Tiene algo de impenetrable y misterioso que impide que caigan las palabras sin más contemplación en el papel, y nos sentimos al mismo tiempo agredidos por lo que va surgiendo, como diciéndonos al mismo tiempo que se escriben que no puede ser toda la verdad, que esto está incompleto y que falta algo de su esencia que no llegamos a percibir, ni siquiera a intuir ni atisbar.

Lo primero que debemos saber sobre el sufrimiento es que, a todas luces, es indeseable y un escándalo. Dejar que se cuele en la normalidad, como si tal cosa, es imperdonable. El sufrimiento es destructor, inmisericordioso y cruel. No hablo del sufrimiento de la vida ordinaria, ése que soy capaz de soportar cuando alguien me pisa el talón o del sufrimiento que puede suponer dedicarme a una tarea que no me gusta en este momento, sino del que es infringido contra mí violentamente. Del sufrimiento que, querido o no por otros, me visita casi siempre inesperadamente y tienen la capacidad de dar un giro a mi vida de 180º y hacer que pretenda retomar las riendas de una existencia que se me va de las manos. Dicho sea de paso, la distinción entre el sufrimiento querido o no querido por otros es esencial. No es, ni mucho menos baladí que el dolor que ahora siento sea provocado por alguien que ha venido hacia mí aun a sabiendas de lo que estaba haciendo. Que carezca de rostro o tenga rostro marca una diferencia excesivamente grande y potente como para que no pueda considerarlos dentro del mismo paquete, aunque sus consecuencias sean similares. Dicho de otro modo, con un ejemplo, si una persona se cae por la escaleras y se mata, o si esa persona es apedreada porque ha sido hallada en adulterio, aunque la consecuencia sea la misma, debo tratarlos de diferente modo, las valoraciones serán totalmente distintas. No es lo mismo matar que morir, pese a que los dos verbos y hechos estén ligados a la muerte.

El sufrimiento, como tal, está esperando que el sujeto en quien acontece dé una respuesta ante él, que haga algo, que no se quede parado. Genera, paradójicamente, vida y búsqueda al mismo tiempo que provoca su daño. La indiferencia es inviable, en sujetos sanos y despiertos. Por lo que abre la vía del sentido de la vida de par en par, como una puerta que debería ser fácil de atravesar y sin embargo permanece escondida en algún lugar o rincón del mundo sin que se conozca. El sufrimiento permanece ante (y en) la persona aguardando y gritando, de modo que sea incapaz de obviar su presencia y sus ladridos. Ante mí, pero inseparable de mí. No me puedo alejar físicamente de él, ni mentalmente. Estoy comprometido completamente una vez que entro en su radio de acción.

Sin ser, por lo tanto, posible la acción del hombre de tal manera que le libere del sufrimiento, sí que su acción es determinante. Por ejemplo, entre luchar y abandonarse a él. Por eso me gustaría terminar presentando algunas acciones posibles frente al sufrimiento:

  1. No olvidar ni quién soy ni los planes de antes. Y ajustarme a la nueva situación. Es decir, no dejar que todo se pierda o tirar todo por la ventana cuando un acontecimiento desagradable sucede en mi vida y me provoca sufrimiento. Mantener la tensión y aprender a resistir con una memoria fresca y sana. Es evidente que cuanto mayor tiempo pase sufriendo algo, tanto más difícil será resistir sin más. Pero no moverse ni cambiar es determinante en la mayor parte de los momentos. Impidiendo de este modo que el sufrimiento se lleve toda la vida por delante, me quede perdido y desorientado en el mundo. Y por otro lado, ajustarse en lo necesario a la nueva situación. Para no olvidar quién soy son fundamentales las personas del entorno, y cómo me traten o me deje tratar.
  2. No negar el sufrimiento, ni huir de él escondiéndome en la nada. Sea lo que sea, hay que pasar por la fase de la aceptación. Porque hasta ese punto, todo serán quimeras montadas en el vacío, buscando algo que sé positivamente que no tengo. Aceptar en este caso no es “querer”, sino simplemente poder decir que existe, que está presente, que ha cambiado algo, poco o mucho, en mí. Lo que hace sufrir tiende a ocultarse, creer que si no se habla de ello o si nadie se da cuenta todo puede seguir igual. Tiene algo de mentiroso, que engaña y confunde. Un signo de este reconocimiento es la capacidad para hablar de ello. Que también abre otras acciones posibles.
  3. Acoger las inquietudes que plantea. Sin escasez de miras, el sufrimiento nos abre a otro modo de ver la vida, a preguntas últimas. Y por lo tanto también puedo abrir puertas y acercarme a diferentes respuestas que se han ido ofreciendo, desde la vida práctica. Cuestionamientos profundos que no pocas veces me indican que no estoy, o he estado, bien posicionado en la vida. Evitando la culpabilidad que no me corresponde, ni echarla encima de otros que tampoco tienen parte, por otro lado.
  4. Dialogar sobre la situación. Algunas veces sólo para descargas, desahogarme y no sentirme solo. Otras porque es posible abrir nuevas posibilidades para salir de la situación dolorosa, buscar reconciliación y paz. Y dialogarlo sobre todo con dos tipos de personas: aquellas que están más cercanas o se ven implicadas, y otro grupo de personas más lejanas que pueden ayudarme a mirar de otra manera. Si implico a todos, nadie me dará en ningún caso respiro. Es sano saber dejar al margen a alguien que pueda seguir más estable, menos alterado por la situación. De entre el grupo de cercanos el diálogo tiene que ser natural, desde la cordialidad, buscando expresarse sin más remordimiento. De entre los cercanos, un poco más objetivo, en ocasiones también será bueno escuchar. Un toque de alarma que reclame mayor diálogo será el instante en el que no me sienta comprendido. Y decirlo también es terapéutico. Atención, de todos modos, porque no siempre podrán entenderme y comprenderme aunque los más cercanos quieran hacerlo.
  5. Darle sentido. Aceptar el sufrimiento por algo, por alguien; mirar más allá de él. No siempre es posible, aunque en ocasiones también es algo que podemos plantearnos con mayor radicalidad. Supone evitar que el sufrimiento, sin más, me cierre sobre él y me incapacite para seguir amando. El sentido oblativo del sufrimiento -no del sufrimiento sin más, y no queriendo sufrir ni buscándolo- está presente en toda nuestra tradición y cultura.

 

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