Es tiempo de santidad


Dependiendo del contexto cristiano (o no cristiano) en el que una persona haya crecido o se mueva, pueden resonar conceptos (o preconceptos, o ideas vagas y difusas) muy diferentes. Así es como la santidad se puede equiparar a los héroes de nuestro mundo, a personas con capacidades extraordinarias, a un esfuerzo por hacer todo lo que Dios quiere, a un compromiso férreo y duradero con los más pobres, a una vida de oración intensa ligada a experiencias reservadas para unos pocos, a una dimensión un tanto excelsa o seráfica, o sencilla y cotidiana. Sea como fuere, también hay que reconocer que la santidad no es propiedad de unos pocos (de hecho es la multitud de santos la que genera la diversidad de opiniones en torno a la santidad), ni de una parcela de la Iglesia concreta (que normalmente tiene sus santos de referencia, como hermanos mayores que guían y sostienen en la fe, que aportan lectura o un estilo de vida concreto a seguir), si bien es cierto que en determinados sectores -tristemente, a mi entender- esta palabra ha caído en desuso por las connotaciones que puede tener para unos pocos, o por ser incapaces de comprenderla bien o de comunicarla a los demás. Desde lo que voy conociendo, puedo decir que toda persona aspira a la santidad, no tanto a la perfección o a la entrega absoluta a los demás o a otros ideales humanos. La santidad engancha con lo más profundo del corazón del hombre, pero también supone el reto por purificar sus deseos, sus motivaciones, su amor y su alegría. De tal modo que, por muy arraigado que esté en el interior y en la vocación de cada hombre, siempre es un más que se recibe por “gracia”, por amor, que saca de uno mismo para mostrarle algo más grande de lo que era soñado previamente. Santidad es aventura de Dios que toma forma y pies humanos para andar el camino.

Mi experiencia de la santidad comienza en los otros. Porque creo que se conoce la santidad cuando se vive con los santos. La lectura ayuda, sin duda alguna, pero la convivencia transforma el corazón, los criterios y hace que seamos capaces de ver para creer. Los santos son una multitud. Sólo hace falta detenerse en lo que se sale de lo normal, y en lo más cotidiano cuando se percibe que hay vida en plenitud. Soy joven, pero puedo decir que ya he compartido algún que otro año en compañía de algún que otro santo. Por lo tanto, de los santos nos damos cuenta cuando hemos vivido con ellos, y puede que más de uno en vida haya vivido una experiencia similar.

Si tuviésemos una mirada libre para acercarnos a los demás seríamos capaces de contemplar la acción de Dios en ellos, y por lo tanto sus gestos de santidad y sus palabras tan cercanas a la plenitud del hombre. Sin embargo, este aspecto y dimensión profunda de cada persona no es tan fácil de contemplar. La historia de la Iglesia está llena de los recelos que provocan los santos, las envidias que suscitan y las críticas que reciben sin parar noche y día. Toda vida, vivida en este grado de plenitud, es incómoda porque es a un tiempo denuncia de cómo está esclavizada la humanidad y quiénes lideran el mundo, y por lo tanto surgen muchos conflictos y batallas, y anuncio de una forma de vida nuevo que es imposible de alcanzar guiados meramente por el esfuerzo y la voluntad del individuo, y que por consiguiente genera en otros la frustración. Es esquema de denuncia-anuncio es un clásico en la historia de la Iglesia. Si lo cambiamos por otro, por ejemplo, provocación-vocación adquiere matices diferentes. El santo es quien, con su vida y sin muchos objetivos en este sentido, interpela a los demás que otra forma, libre y apasionada, es posible en la sociedad en la que vivimos, y llama a compartirla, invita a ser seguido sin quedarse en sí mismo. Cuando nos acercamos a su vida, porque la compartimos o porque ha caído en nuestras manos un libro que cuenta su historia, en el fondo late dentro una pregunta muy personal: ¿Esto es también para mí?

En el juego de la santidad personal, tampoco hay que ser demasiado ingenuos. Todos hemos probado, de quienes andamos en este camino de seguimiento de Jesucristo, de vida en comunidad o de misión y entrega a los demás, alguno de sus manjares más sublimes. De hecho, hemos sido llamados para compartir la santidad de Dios, no para crear nuestros espejismos. Y Dios, que es sabio y muy bueno, también nos permite gustar y saborear en algún que otro momento de sus propios sentimientos, de su propia mirada, de su propio corazón, de sus propias fuerzas. En algún caso no nos dimos siquiera cuenta, no fue algo consciente, como en nuestro bautismo. En otros, algo notamos que estaba pasando, y quisimos hacerlo nuestro y apropiárnoslo del todo; pero nunca más se repitió porque no hemos sido capaces de repetirlo. En los tiempos de la confianza y de la libertad, la santidad ha guiado opciones de vida realmente arriesgadas queriendo darlo todo, empezar con ilusión y con pasión. En los tiempos de la desesperanza, de la tristeza y del desaliento, la santidad es resistencia, capacidad de sufrimiento, y mantiene nuestros pasos por un camino incierto y oscuro. En tiempos en los que hemos disfrutado de la oración, del trabajo, de la comunión con otras personas estábamos tan cerca de Dios que había veces que sólo hemos sabido dar gracias y preguntarnos por qué nosotros tenemos este don. Y en otros tiempo, más ásperos y crudos, de sequedad en el encuentro con Dios, de conflicto y de tensión, toda la fuerza de Dios trataba de sostener nuestro barco para que no naufragara. Siempre ha estado ahí, Dios nunca ha abandonado. Y esa es la prueba más grande de que hemos respirado la santidad y compartido su destino.

Quienes se han dado cuenta de esa proximidad, quienes han descubierto realmente a Dios más allá de las imágenes infantiles o adolescentes que ellos se montaban, no han tenido otra opción que plantearse… “Y ahora, ¿qué hago yo con mi vida?”  Dios es tan grande que aceptarlo supone trastocar todo. Es como un regalo enorme al que tengo que buscar lugar en mi habitación, para lo que tendré entonces que hacer hueco -a su tamaño y según su centralidad-, por el que tendré que tirar cosas y hacer también tiempo. Porque Dios no es una cosa que se coloque, y sin embargo lo recoloca todo. Y más en el tiempo, en el sentido de la realidad y en las prioridades. Los santos, esos a quienes alabamos tanto y admiramos, también tuvieron que pasar por su tiempo de conversión. Algunos muy niños, otros muy jóvenes, otros muy adultos. Lo cual es prueba y muestra de que Dios también sabe esperar, que no cesa de dar oportunidades. Que se da a conocer poco a poco al hombre que pasa tiempo en su compañía, hasta el punto de que nos damos cuenta de que Dios realmente no es de este mundo, que si está aquí es porque Él quiere y quiere por amor, para la salvación de muchos, para la justicia y la fraternidad, para la comunión que no se quiebra. Sea como sea, lo de antes de conocer a Dios no vale ni un ápice en comparación con lo que ahora se tiene; o, como decía una amiga ayer, se pasa a ver a todos los demás de forma diferente.

Esta es la verdadera santidad, la que pasa por la conversión, y por la prueba, y por las dificultades, y por el sufrimiento, y por el dolor, y por la incomprensión, y por la noche. Lo anterior es un bocado de muestra, y ahora toca alimentar el corazón y el alma en plenitud. No sólo el suyo, sino con su vida la de otros. Y convertido el corazón, y no antes, ser en el mundo signo de lo único que busca cada uno de los hombres del mundo, ser gota de agua en un mar infinito capaz de saciar la sed que empuja a cada persona que está ahora vagando por cualquier rincón del mundo.

La conclusión más sencilla de todas las que hoy puedo sacar es que Dios ciertamente me llama a mí a la santidad, como llama a cada uno de los jóvenes que tengo en mi clase, o en mi grupo, o en la celebración de la Eucaristía de los domingos. A todos, por igual y sin distinción, Dios les invita a la santidad. Y ellos lo saben, como yo lo sé. Y tienen ganas de ello, como yo tengo muchas ganas. Que para vivir una vida mediocre no estamos en este mundo. Y tenemos los ojos abiertos, a lo que sucede a nuestro alrededor y a cuanto nos pasa a nosotros en nuestro corazón. Y todo eso son llamadas, que no pueden dejarnos indiferentes, ni pasar desapercibidas. Reclaman mi atención, y esperan que yo también pueda empezar a dar pasos. Seré sin duda más feliz, estaré más dichoso. Y nunca me faltará el amor.

(Tomado de mi blog “Preguntarse y buscar”, 11 octubre 2011)

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