Mejor de lo pensado – Miniidea


Habitualmente escucho hablar de las expectativas como algo que no se podrá cumplir. Entonces comienza una serie de afirmaciones sobre la excesiva confianza en las propias ideas, los sueños y las malas pasadas de la imaginación. Y, acto seguido, todo deviene en la imperiosa y urgente necesidad de ajustarse más el cinturón, efectuar recortes en las esperanzas y cultivar el sentido de equilibrio en la propia existencia. Demasiado juego, mucho riesgo. En la cumbre de todo el problema: incapacidad para sufrir la decepción, huida incómoda de la frustración, temor angustioso al fracaso.

Otras veces, de las que no hablamos en los libros porque no sabemos cómo funcionan, la persona sigue soñando, imaginando y pensando pese a los consejos masivos producidos por la sociedad del bienestar y de la comodidad que favorece el refugio en las masas. Sigue soñanando y, sin saber cómo ni por qué, no pocas veces se ven desbordadas las expectativas primeras. Esperábamos algo. Sufrimos durante un tiempo que las cosas no iban según lo planificado. Y finalmente agradecemos que no se cumpliera aquello que queríamos ver suceder. Empezó todo asumiendo el riesgo de creer en nosotros mismos, y en Dios, y de amar nuestro propio futuro, como Dios lo ama, sin desear que pasase cualquier cosa, sin la indiferencia mediocre que todo lo trivializa y pone en el mismo plano.

¡Sapere aude!

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