Cultivar la delicadeza


Hoy voy a ser un poco egoísta, aunque quede mal decirlo, y lanzarme a escribir sobre algo que veo que mi mundo, mis relaciones, mi entorno, mi trabajo, mi todo… necesita cuidar con mayor ahínco y dedicación, con una entrega más explícita y expresa.Aunque sí considero real que el mundo en general, el mismo en el que yo vivo y que no manejo o no pertenece directamente a mi entorno, necesita igualmente tratar con seriedad, reconducir su humanidad, sus criterios y sus opciones, demostrarse a sí mismo en qué mundo cree realmente y qué está dispuesto a comprometer por alcanzarlo.

La delicadeza entronca con una serie de atributos y cualidades, como puede ser la ternura, la suavidaz, la finura, la exquisitez, sutileza, distinción, la paciencia, el cariño, y oponiéndose a sus contrarios de forma decidida, como ante la grosería, la vulgaridad, la desconsideración, la descortesía, la brusquedad, la indiferencia y desatención. Llamo la atención sobre la pertinencia de enfatizar la delicadeza en nuestro mundo, porque de otro modo, se apoderará de él fácilmente su contrario egoísta y solitario, prepotente y dominador. Toda acción es susceptible de ser valorada desde esta perspectiva, lo cual significa que toda acción es, ya, desde mucho antes de ser pensada, o delicada o no delicada. Y aunque no seamos consciente de ello, se transmite, se comunica, y se hace visible, sensible o inteligible a otros.

Se ubica, según lo dicho, por tanto en el marco de una familia o especie determinada, que no quisiera confundir ni con ñoñería, ni con susceptibilidad ni suspicacia, ni con aquellos caracteres melindrosos y melancólicos. Algo delicado, no tiene por qué ser frágil necesariamente. O mejor dicho, no pertenece a la delicadeza y finura, el hecho de ser frágil. Quizá sí convenga considerar la fragilidad, como propia de toda relación humana, pero no en cuanto a la delicadeza misma. Como tampoco, y perdonad que insista, podríamos asociarla banalmente y de forma desdibujada, con el mundo femenino en oposición al “macho y viril”.

Dicho lo cual, en este necesario retorno a la delicadeza en nuestras sociedades modernas y progresantes, hiperdesarrolladas en lo técnico e hipertrofiadas en lo humano, toca empezar desde abajo, desde lo básico:

  1. Delicadeza en el saludo. Perder la costumbre de saludar termina siendo una negación de la bienvenida que damos al otro en el nuevo día, una muestra indolente de la presencia del otro una vez más, totalmente única y nueva, y el portazo a la experiencia común que vamos a emprender. Podemos ir, piénsalo un momento, sin saludar por el mundo porque consideremos que no es útil, o incluso porque genera relaciones que no deseamos establecer, aunque ya están antes de nosotros. El saludo es simple reconocimiento, simple apertura, simple acogida. Aunque también porta una fuerte dosis de salida (saludo) hacia el otro, persona reconocida en su dignidad. Y me despierta ante el espejismo de estar solo. Propongo potenciar los saludos ingeniosos, alejados de los tópicos y de los ya establecidos. Un “qué tal” repetido hasta la saciedad, sin la pausa necesaria para la respuesta, termina no significando nada, careciendo de su sentido genuino construido por la historia de la humanidad.
  2. Delicadeza en las conversaciones. Poco a poco, podemos ir tomando referencias de cómo nos situamos en el diálogo y el trato con los demás. Es una responsabilidad que no puedo derivar en otros, que concierne siempre al sujeto, independientemente de la actitud de los demás. Mi situación y mi actitud es mía, y con eso sería suficiente por tanto para aceptar su seriedad y claridad. Y, en esta medida, hacerla reflejo de lo que realmente quiero ser, deseo ser, y sé que es mejor. Abandonada la persona a sí misma, a sus rutinas y repeticiones “supersticiosas” se encierra en sus prejuicios, en sus expresiones agrestes, en el ejercicio continuado del derecho a que otros la soporten tal y como es, sin que ella haga lo mismo con los demás. Abandonada a sí misma, se da muerte a la escucha, al talento para generar unión…
  3. Delicadeza en la forma de hablar. El tono, la paciencia, la selección de las palabras en atención a las necesidades. ¿Quién no se ha arrepentido más de una vez de decir algo, o decirlo de un modo determinado, que sin querer ha ofendido a alguien, ha molestado, generado malestar o confusión? Un ejercicio enorme en este sentido es prevenir conversaciones, y pensar antes de hablar. Conozco personas sin filtro mental, para quienes cualquier ocurrencia se convierte en palabra, y terminan muy dañados. Y otros que criban sin verdaderos criterios humanos y personales lo que van a decir, pensando que están legitimados a decir cualquier cosa en cualquier momento ante cualquier persona, por el hecho de ser ellos mismos personas. Lo cual es estupendo, y cierto, aunque no siempre es lo mejor ni atiende al principio de delicadeza. O, en su defecto, saber callar para esperar tiempos mejores, mayor receptividad o incrementar su reflexión. Puede ser, intuyo, buena definición de este apartado, aquello de que llevar la razón no es siempre lo más importante, y mucho menos lo mejor. Las palabras se subordinan a fines mayores, y conviene esclarecer a qué están sirviendo y a dónde nos conducen.
  4. Delicadeza al hablar de las intenciones de los demás. Pasamos con demasiada facilidad de una conversación que parece ceñirse a los hechos, respetando lo que ocurre como si fuera una mera descripción, al análisis de sus causas, sus motivaciones y sus intenciones. Y ese paso, que no es tal, sino un salto de nivel o una inmersión en un mar, parece que puede dirimirse en función de las mismas reglas que lo descriptivo. No siendo así realmente. Ante esta situación se impone la delicadeza como la rectitud personal que garantiza la buena prensa de la otra persona, que supone por adelantado su bondad (no sus maldades varias y diversas) y su intención positiva. Quizá sea más acertado que lo contrario, aunque no siempre esté de acuerdo con esto, en función de un sentido crítico de la realidad. Sin embargo, conviene hacer un poco de “contrapeso” en nuestras actitudes, y recordarnos de este modo de qué lado estamos, cuál es nuestra intención sincera a la hora de hablar de los demás.
  5. Delicadeza a la hora de reclamar nuestros derechos. Que existen, que están garantizados por ley, que son reales y de justicia muchas veces. Pero también vamos comprobando qué sucede en nuestras realidades relacionales y sociales cuando la primacía del derecho se aleja de su pareja, el deber, y se extrapola más allá de lo que le corresponde. “Le di la mano, y cogió el brazo.” Además, por otro lado, los derechos tampoco son aplicables a todas las circunstancias de la vida. La legislación protege de posibles males, y corrige determinadas injusticias. Lo cual significa que se aplican en situaciones extremas, y que bordean los posibles humanos y sociales, sin indicar qué es exactamente lo bueno, lo humano y lo justo en cada momento. Porque existen muchos posibles, insisto. Luego se impone racionalmente dejar de manejarse, para ser delicados, en clave de derechos continuamente. La vida verdadera se mueve en las lindes del amor. Pedir y exigir se pueden cambiar en solicitar, en conversar, en exponer una necesidad que puede ser atendida y facilitada por más personas que “un sujeto de derechos”.
  6. Delicadeza al caminar hacia nuestros objetivos. Si tenemos claro algo, y ya hemos valorado (ojalá que no en simple soledad) que es bueno, vayamos a por ello y lancémonos con decisión en su consecución y alcance. Pero, ¿por el medio cómo ir? ¿Corriendo, sin mirar, pisando, compitiendo, luciéndose? Alcanzar objetivos y ser delicado, no son incompatibles ni se excluyen el uno al otro. Es más, la delicadeza puede generar alianzas mayores para lograr lo que queremos.
  7. Delicadeza en la preparación. Todos tenemos muchas cosas, probablemente, que preparar de un día para otro o al planificar seriamente la semana. En estos instantes podemos trazar líneas gruesas o afinar hasta los detalles. Lo segundo llevaría mucho tiempo, porque la delicadeza lo requiere. Y cierto es que no disponemos de tanto como creemos algunas veces, a menos que queramos realmente vivir en lugar de programar. Sin embargo, podemos poner un toque personal en lo que hacemos, a modo de firma que nos identifique y señale, que cree en los demás la conciencia de participación en algo tuyo, o mejor aún, que sientan como hechos para ellos, a modo de clamor y dedicación, el detalle en el que has reparado.
  8. Delicadeza en los malos días. Sean los tuyos, a los que también tienes derecho, y estás tristemente obligado. Sean en los días negros de los demás, que te rodean, y que sentirás con mayor intensidad cuanto más les quieras y cuanto más unido estés a sus vidas. Esos días conviene armarse de paciencia, ser fuerte para no acrecentar el daño y saber frenarse y contenerse. Hay que conocer a quien tenemos delante, que unas veces necesita sentirse apoyado y protegido, cubierto en sus circunstancias. Y otras lo que desea es sentirse libre, y que le dejen en paz, sin molestias de parte de nadie. Sea como sea, sea cual sea, sea quien sea, lo interesante es plantear que hay que extraer fuerzas de flaqueza, mantener vivas aquellas zonas que no estén amenazadas, y aprender a refugiarse encontrando baluartes.
  9. Delicadezas particulares. Cierto es que toda persona merece ser tratada con dignidad. Todos somos personas. Toda persona es respetable. También es verdad que hay que dar una segunda indicación al respecto. No sólo son respetables todas las personas, sino que hay que proceder con delicadeza respecto a toda la persona en su conjunto, porque sería falso caminar en la vida de otra manera. Delicadeza aquí significa capacidad para acoger los sentimientos, los pensamientos, las creencias, las preocupaciones, los intereses, las debilidades, las situaciones de los demás. No sólo a la persona, sino a toda la persona. Y eso requiere una dosis de finura y precisión tremenda, que se puede educar de algún modo, a través de la reflexión, de la experiencia, del diálogo, de la escucha. Así será como desarrollemos estas delicadezas particulares, que nos indiquen qué hay de especial en el otro que debemos velar con mimo, proteger con esmero.

Como se me viene la hora encima, tengo que dejar aquí el post. Normalmente digo que continuará, aunque no siempre puedo cumplirlo. Aunque me quedo con ganas de darle mayor detalle a este asunto. En vuestras manos…

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