Aprender, leyendo la propia historia


Vamos a empezar a caminar en el discernimiento haciendo memoria de nuestra historia y relación con Dios. Una memoria que no sólo traiga al recuerdo cuánto hemos pasado, vivido y sufrido, sino también que busque su sentido, que se interrogue y deje tocar “hoy”. No es tanto una cuestión de “pensar y reflexionar mucho”, como de poder revivir y sentir de nuevo cuanto sucedió. Tú eres el único hilo que une toda esa historia, tú has sido el único testigo de toda ella, tú sólo has sentido en ella, tú has estado al frente de ella, con alegría o sufrimiento. Un ejercicio para “situarme en ella” de forma renovada, dándome la oportunidad para afirmarla, para mirar bien qué ha sucedido, para saber cuánto acontecimiento y personas me han sido regaladas, para saborear y seguir buscando… Los acontecimientos que han pasado son estériles sin tu mirada y tu palabra que les dé vida y reconocimiento. El Señor ha pasado por tu historia, y reclama tu atención. El Espíritu ha tocado tu corazón, y te ha marcado. Reconocerlo en el pasado, es abrir la puerta a reconocerlo también en el presente y en lo cotidiano.

MIRANDO AL PASADO

La vida de toda persona sucede en el tiempo. La historia de cada persona no es toda la historia. Muchas cosas sucedieron antes de que naciera, sin que pudiera elegirlo. De modo que con su “llegar a este mundo” se incorpora a algo más grande que él. Viene desde antiguo. Lo cual significa que vamos a ser herederos. Con herencias de todo tipo: la de nuestros padres, la de nuestra región, la de nuestro barrio, la de nuestra cultura, la de nuestra religión. Y esa herencia será nuestra condición de vida normal y natural: una manera de pensar, de sentir, de expresarnos, de valorar el mundo y a las personas, de elegir, de decidir, de libertad… una manera de ver a Dios, una imagen más o menos cercana de Padre, una forma de celebrar, de agradecer, de pedir y de pedir perdón. Nos insertaremos en esta historia para asumir sus criterios, principios y claves. A la espera de que llegue nuestra libertad. Para decidir. Y podemos hacer con todo eso cuanto queramos.

  1. Como el hijo pródigo o el hijo mayor. El primero reclama a su padre que le entregue todo cuanto tiene, cuanto es. Y lo coge para sí. Se va de casa y lo despilfarra. El segundo permanece al lado del Padre, pero un tanto molesto. Uno y otro de los hermanos son paradigmas de distancias con el Padre, pese a compartir todo lo que Él es, pese a poder tener a su disposición todo cuanto el Padre tiene.
  2. O como la samaritana o aquella extranjera que reclama de Jesús un milagro. Ambas eran “de otras tierras” y eso les impedía sentirse “cómodas” en el encuentro con Jesús. La primera mujer se siente en el pozo descubierta en su ansia y en sus búsquedas más grandes. Muchos maridos has tenido, muchos ídolos has abrazado. Y la segunda, con su actitud

Además del tiempo que nos precede y las herencias, tenemos también lo que nosotros hemos vivido y todo lo que nos ha hecho ser como somos. Experiencias, personas, lugares, tiempos… Nos debemos a ella. En nuestra historia va cogiendo forma nuestra persona. Aunque no todo ha sido decidido libremente. Algunas cosas, sin más, han sucedido. Algunas incluso nunca hubiéramos querido que pasasen, y sin embargo están ahí. En otras hemos podido decidir algo; nunca todo. Dimos el primer paso, nos pusimos a tiro, hicimos por estar disponibles, quisimos tener alguna experiencia. Y así fue. Se nos regaló algo maravilloso en ellas.

  1. Como el ciego que está al borde del camino, y grita una y otra vez. Se quita el manto, y da un paso ante Jesús para pedir que ocurra un milagro. “Ver” no está en su mano, pero hace lo posible y lo imposible por acercarse.
  2. O como aquellos niños que, saltándose todas las normas de la época, se acercan a Jesús para que Él les bendiga y les abrace. Rompen con normas que conocían, dan un paso, sin saber muy bien qué sucederá después.
  3. O como el joven rico, que mantiene en su corazón una pregunta, un interrogante, y va a ver al Maestro para recibir su enseñanza. No sabe qué encontrará, y mantiene un diálogo de miradas con Jesús realmente penetrante y compasivo, en el que se descubre todo el deseo que llevaba en el corazón.

Nuestra historia no es muy diferente de la de estos tres personajes del Evangelio. Hemos pasado por cegueras, y ha comenzado a abrirse ante nuestros ojos la luz. Hemos superado “las reglas” algunas veces, aunque otras hayamos perdido frescura y atrevimiento. Y en no pocas ocasiones, también nos hemos visto con los ojos con los que Dios nos miraba, y después hemos rechazado su llamada y su gracia. En los tres casos, un encuentro, mucha presencia. Y es lo que te invitamos a mirar ahora en la historia de tu propia vida.

Por lo tanto, ¿qué ha pasado? Haz un repaso rápido de tu propia vida, en forma de cronología. Pon los años, los lugares, las personas, lo que viviste y cómo lo viviste, pon la huella que ha dejado en ti… Todo es de Dios, nada es ajeno a Él. Quizá no todo tenga sentido para ti a sus ojos; después hablaremos de los grados de las miradas. En la cronología te pedimos que señales todo aquello que creas que es importante para ti, de forma especial también como historia de fe. Nada tiene por qué estar lejos de ella. La historia de fe no son los hechos religiosos, las celebraciones, las pascuas… también lo son las alegrías y tristezas de tu vida, porque todas ellas te han hecho llegar hasta aquí tal y como tú eres. Es tu realidad, plasmada en la historia, la que Dios ama, sana y bendice.

  1. Momentos importantes. Toda persona vive cambios, crece. Y más en la niñez y juventud. Momentos importantes son los que están motivados por el propio desarrollo personal, físico y psicológico. La infancia y las relaciones familiares, el colegio y los compañeros, la adolescencia y las primeras decisiones “a favor de la autonomía y libertad”, el sentirse parte del mundo, el paso a la elección de los estudios y la vida universitaria. Algunos son especialmente destacables. No los recuerdes sin más, revívelos con valentía, tómales el pulso aquí y ahora. ¿Cómo están? ¿Cómo te han movido?
  2. Personas importantes. De esas que decimos que hacen historia. Algunas porque no han dejado de estar contigo, como lo pueda ser la familia, y otras quizá estuvieron o no están ahora, como los amigos del colegio, los compañeros, aquella panda con la que salías, el grupo… Entre las personas importantes también cabe hablar de personas significativas que dijeron algo en el momento preciso, aunque no lo sabían muy bien, que tocaron tu corazón, o que te abrieron la inteligencia para poder mirar de otra manera. No son sólo sus virtudes lo que destaca, también la acción de Dios en ellos. Y saliendo de lo maravilloso, es importante reconocer igualmente a quienes te han podido dañar o por quienes te has sentido dañado. Estando lejos en el tiempo, ellos te han hecho mirarte de una forma concreta, han puesto palabras poco amables a lo que vives, o te condicionan a la hora de elegir hoy por las heridas que han provocado.
  3. Y Dios siempre actuando. Algunos creen todavía que es cuestión de hilos, no de ángeles sin alas. Lo cual es una lástima, por aquello de la libertad sobre todo. Quizá necesiten, estas personas, sentirse poco responsables de lo que sucede, y por eso entregan a Dios su historia en “completo”. Pero Dios no actúa así. No son hilos, sino relaciones de un Padre con sus hijos, a quienes ama, pregunta y motiva interiormente. De Dios son algunas personas que nos hemos encontrado que han hecho de ángeles para nosotros. Y de Dios son algunos lugares y momentos clave. De Dios son también las alegrías y los dones, y lo curioso es que también quiere hacer suyas las dificultades y dolores, que difícilmente se entregan por parte del hombre, y por lo cual no podrá sentirse descansado o reconciliado. De Dios es, naturalmente, ese impulso interior y la conciencia que nos señala. Y de Dios también son ciertas exigencias, llamadas y peticiones para que el Reino surja en el mundo. Sea como sea, al final comprobamos que a Dios no le da igual nada de lo que le pase a sus hijos, y esto es compresible si vemos y miramos a Dios como Padre. ¿Por qué no hacer nuestra historia con Dios también? ¿No pasó de ser uno más, a Alguien? ¿No dejó de ser rutina y una especie de objeto a quien controlar, a Alguien? ¿No pasó de ser una imagen a ser Alguien que ha dado su vida por mí, que me ama y me perdona, y que además siempre está a mi lado? ¿No pasó de ser alguien a quien yo pedía a boca llena, a Alguien que también se permite el lujo de pedirme a mí, de contar conmigo, de saberme cerca y disponible?

GRADOS EN LA MIRADA

Podemos mirar nuestra historia de muchas maneras. No todo lo recordaremos ni lo podremos revivir.

  1. Una mirada pasiva. Como si todo te hubiera ocurrido a ti, sin saber muy bien por qué. Sin querer muchas veces que te haya sucedido. Es una lectura plana de la historia sin adentrarse en ella con profundidad. No somos capaces de atisbar por qué a nosotros. No comprendemos nada de ella. Y daría igual que le hubiera pasado a otras personas.
  2. Una mirada condicionada. Es decir, con muchas ideas y sentimientos encontrados. Mirar con la sensación de que ahora se repiten muchas cosas, que sabes demasiado sobre determinadas personas, que puede influir demasiado en tu presente.
  3. Una mirada agradecida. Por prácticamente todo. Nos sentimos afortunados por lo que hemos vivido. Un tanto excelente. Lo cual es maravilloso. Pero nada más.
  4. Una mirada dolorida. Por la falta de sentido, por lo sucedido en ella, por lo que otras personas han hecho en ella, por las consecuencias y la seriedad de todo ello.
  5. Miramos nuestra historia con ojos religiosos. Hemos aprendido a leer los datos de la historia, y nos sirve para encontrarles sentido y estar tranquilos con ella. Puede que nos haga sentirnos mejor con nosotros mismos, y nos dé paz. Pero nada más, sin motivar nada a cambio de esa lectura.
  6. Una historia abierta al futuro. Una historia claramente vocacional. En la que leemos no sólo nuestro pasado, sino que se dibuja una flecha hacia el futuro de lo que Dios quiere para nosotros y para el mundo. Quizá no aparezcan personas, ni situaciones concretas, pero la vemos dirigida. Y queremos además que así sea, porque no sólo es que Dios quiera eso, sino que vemos que tiene mucho que ver con cómo somos, y cómo seremos felices.

No tiene por qué coincidir tu mirada sólo con una de las anteriores. Puede que haya diversidad, dependiendo de lo que haya sucedido o acontecido. Sin embargo, conviene detectar alguna de ella como la prioritaria.

Sin querer dejarlo ahí, puedes contar con herramientas que te hagan contemplar la realidad de otra manera diferente.

  1. Oración. Algunos momentos y circunstancias todavía están demasiado presentes. No han tocado fondo, o no han dejado aún su poso en ti. A lo mejor necesitas rezar con un poco más de tiempo, preguntar para encontrarle sentido, presentarlo ante el Señor con humildad para que se ilumine. Por ejemplo, cuando Jesús+ propone a aquellas mujeres que sufren que no lloren por él, sino por lo que va a pasar y por el sufrimiento del mundo; o cuando pide al niño que le entregue los panes con los que dará de comer a tanta gente.
  2. El diálogo de acompañamiento. Exponer momentos de la propia historia ante otras personas, verbalizándolo, nos ayuda a ser más objetivos con nosotros mismos. O subjetivos, y saber qué se está moviendo dentro de nosotros. Ya no es sólo abrir el corazón, sino dejar que otro pueda mirar lo que tus propios ojos tienen delante. Por ejemplo, en el diálogo entre Jesús+ y esa mujer samaritana, cuando ella se atreve a hablar de los maridos anteriores que ha tenido, sin que le hayan dado vida.
  3. Experiencias de vida. Son esos encuentros o experiencias que han hecho que todo tenga una luz especial y podamos adentrarnos de forma distinta en todo. Bien porque cobren sentido, bien porque cuestionen todo. No conviene dejar que pasen, sin más. Son globalizantes. Sean propias, o algunas veces en carnes de otros, como deseándolas para nosotros mismos. Por ejemplo, en aquellos personajes del Evangelio que salen al encuentro con Jesús+ porque otros les han hablado, o se ponen en camino porque Juan el Bautista les señala al Cordero de Dios, sin que sepan muy bien dónde les llevará tanta historia.
  4. Fijarse en las relaciones que se producen, como si hubiera conexión entre ellos. “Esto me llevó a…” “Desde aquí pude…” “Sin esto sería imposible…” “Sólo desde este momento…”  Se puede decir de muchas maneras, y formas. Lo importante es que se conectan entre sí diferentes puntos de una historia. O se comprenden unos a otros. Un tanto separados en el tiempo mantienen una conexión interna, ajena a “mí mismo”. Pueden ser relaciones de redundancia, de contrariedad, de negación mutua, de profundización, de explicación… Lo importante es descubrir que una y otra están unidas, como dibujando un mapa. Por ejemplo, en el Evangelio, hay una mujer de la que se dice que ama mucho porque se le ha perdonado mucho.
  5. Los interrogantes. Que llevamos siempre con nosotros. Esas preguntas machaconas de la existencia que se repiten una y otra vez cuando estamos solos. ¿Será que Dios está detrás de ellos? ¿Qué querrán decirnos? Son incómodos, penetrantes, no nos dejan descansar y nos persiguen. Los llevamos tan dentro que no sabemos ni cómo han entrado. Pero ahí están, esperan respuesta. Por ejemplo, en el joven rico del Evangelio, se nota que la pregunta no es simplemente “intelectual”, ni de “cabeza”, ni “responde a maldad o prueba”, sino que nace de la propia vida.
  6. La Palabra de Dios. Un denominador común en todo discernimiento es que una Palabra, fragmento, actitud de Jesús+, texto de la Escritura se hace especial para alguien. Se lee como dicho para uno mismo, no como palabra en general. Es presente, nos sentimos descubiertos por ella, una y otra vez. Para nada pertenece al pasado, más bien abre al futuro y se convierte en petición, en llamada, en reclamo. Despierta y no deja indiferente. No se debe a nuestras inquietudes, sin más. Ni a lo que ha pasado, sin más. Llega a nosotros de fuera, es de Dios, del Espíritu. Y además, nos invita a ser, sin miramientos ni condiciones, como Jesús+ para el mundo. Por ejemplo, en el Evangelio Jesús+ responde con la Palabra –por tres veces- a las tentaciones que sufre en el desierto sabiendo que llevarán más allá del desierto mismo, y también comprende su propia entrega en la Cruz a la luz de la Palabra cuando reza el salmo del abandono.

NADA TERMINA AQUÍ

Miramos nuestra historia para apoyar nuestros pasos en algo firme, para saber quiénes somos. ¿Dónde nos está llevando nuestra historia? Afirmar que nuestra historia tiene sentido, que estamos aquí por algo, y escudriñar quién mueve nuestra historia. ¿Libertad, autonomía, dependencia, esclavitud, diálogo, relaciones? ¿Por qué somos así? ¿A quién se lo debemos? ¿Por qué hemos tenido que nacer?

Para algunos ha sido motivo de condena incluso. Vista su historia en perspectiva, comparándola con la de otros, se sienten tan desgraciados y tan desesperanzados, que no quieren ni mirarse. Prefieren seguir como si nada. Pero sienten envidia, sienten desconsuelo, sienten que no tiene sentido, se sienten desdichados y desgraciados. Huyen de ella o quisieran poder hacerlo. Encuentran “vidillas” que vivir en la imagen que los demás proyectan, copian lo de otros, o dejan que los demás decidan por ellos.

¿Qué respuesta ofrece la Iglesia? Sencillamente, que ser hombre es venir de Dios y volver a Dios (cf. Youcat 1). Nuestro origen está por encima de todo lo que vemos, por eso llevamos en el corazón clavado que “no somos todo de este mundo”, que somos siempre “más”, y que podemos alcanzarlo porque no está tan lejos. Por eso nuestro mundo personal, nuestra vida interior, es infinito y muy profundo. Y lo mismo ocurre con todas las cosas, que vienen del desbordamiento del amor de Dios y están llamadas a servir a Dios (cf. Youcat 2). Algunas veces no nos damos cuenta de esta cercanía, se hace para nosotros un misterio. Y mirar “hacia atrás” nos ayuda a conectar puntos y descubrir presencias, encontrar un camino que nos devuelva “a casa”, nos haga sentir “en el hogar”, nos revele para siempre de “dónde somos”… ¿De dónde viene tanta grandeza? ¡Sólo de Dios!

A lo mejor no es cuestión de claridad mental, ni puede demostrarse racionalmente. A lo mejor algunos lo cuestionan, pero te invitamos a que lo tengas cristianamente presente: “Has sido creador por Dios, Dios te ha querido tal y como eres, Dios ha contado contigo en este momento de la historia, Dios ha soñado contigo, eres fruto del Amor de Dios y fruto deseado…” Con Jeremías oramos: “Antes de que nacieras, te llamé por tu nombre. Profeta de naciones te constituí” (Jr 1,1ss). Es un misterio, pero da vida. No lo comprendemos, pero nos sentimos de forma diferente cuando lo aceptamos. No lo podremos explicar del todo nunca, pero tampoco el amor, el enamoramiento, la sorpresa por el nuevo día. Está ahí, como Palabra de Dios dicha para mí, que puedo acoger o rechazar, que puedo recibir o denegar. “Eres amado por Dios tal y como eres, en tu historia tal y como ella es.”

¿Es tan importante lo que ha sucedido que ya no puedo ser de otra manera? ¿Esta es la vida que me espera? ¿Esto es todo? Como responden los biólogos, la vida es “nacer, crecer, reproducirse y morir”. ¿Hay algo más?

En la lectura de tu historia te pedimos que no pienses tanto como que revivas y sientas. Lo repetimos de otra manera ahora. Deja a Dios que vuelva a acompañarte en el camino que has recorrido. Porque también los discípulos de Emaús se mofaban de que “Jesús” no sabía lo que había pasado en Jerusalén durante los tres últimos días, y sin embargo eran ellos los que no habían sabido “interpretar y leer” correctamente todo. Porque Jesús+ empieza a hablarles, y a ellos se les encendía el corazón, les ardía. Y esta es la lectura cristiana: la que enciende el corazón al verse tan amados, tan necesitados de amor, tan queridos por Dios.

  1. Pon palabra a lo que ha pasado. No te dejes ninguna de las letras que sientas que son importantes. Atrévete a escribirlas, y a mirarlas. ¡Eres tú! Pero no estás solo. ¡No tengas miedo ni a tu grandeza ni a tu pequeñez! Nada hay oculto que no llegue a mostrarse, así que adelántate. Sin que tengas que redactar mucho, sin darle demasiadas vueltas. Puede que sea sólo una palabra la significativa, y esté acompañándote durante mucho tiempo. Un nombre propio, un nombre común, o un adjetivo que tengas que decirte.
  2. Reconcilia tu historia. Aprovecha esta nueva lectura para hablar con quién tengas que hablar y hacer lo que tengas que hacer. No te quedes nuevamente inquieto. Forma parte de la relectura de la vida hacer cosas que no se hicieron, decir lo que no se dijo, y pedir las explicaciones de lo que permanece “confuso”. Reconciliar tu historia no está en tu mano, es verdad. Entran a formar parte de ella la vida de los demás, y no siempre es fácil ponerse de acuerdo o llegar a entenderse. Más aún cuando hay mal por medio, o si perviven heridas sin tratamientos ni paliativos. Pero tienes la oportunidad abierta. Acércate al Sacramento de la Reconciliación a corazón abierto.
  3. Quién eres. No te quedes “dibujando” en el papel. Intenta pasar a ver quién eres, fruto de esta historia. Cuando a un judío, como Jesús+, alguien le pregunta quién es, él hace su propia historia. El credo judío, su fe, se asienta en la historia. No sólo en la suya, sino en la de su pueblo. “Mi padre era un arameo errante…” Su origen les dice quiénes son. Y ese mismo credo es nuestro credo. Soy aquello de dónde vengo, dónde pongo mi origen, lo que sucede en mi vida. Soy en concreto, de carne y hueso, modelado por acontecimientos. Y algo más, que no sé explicar, que está por aparecer… pero se tiene que hacer historia.
  4. Pregúntate por qué a ti, por qué ahora. No es una novela, sino historia de fe. No es una lectura complaciente, sino incómoda y que viene a sacarte de ti mismo. ¿A dónde te llevará? ¿A dónde conducirá? O mejor aún, ¿a dónde me está llevando y conduciendo? Porque no es un futuro abierto e insondable, que ocurrirá irremediablemente dentro de unos cuantos años, sino algo que está vivo y operante ahora.
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