Lo siento, hoy llegué tarde


Conozco, y vivo, con personas extremadamente puntuales. Para ellas, llegar tarde significa no estar totalmente preparado a la hora exacta, justo cuando el reloj marca lo acordado. Pronto, tarde o anticiparse significa en su caso algo medible según lo programado y apalabrado desde antiguo, equilibrado en la distribución que se hace de la vida dentro de un horario, en función de acuerdos y desacuerdos, de convenios. Es una gran virtud, ciertamente. Suelen ser personas respetuosas con los demás. Valoran su tiempo, pero si les preguntan también reconocerás que no se creen tan importantes como para “robarle” o “hacer perder” tiempo a otros. Su tiempo es el mismo tiempo que los demás, y se dan cuenta de que significa vida o muerte.

Junto a este tipo de puntualidad, que ya conocía, hoy escribo también de otra forma de impuntualidad, que sólo puede despertar el sentimiento, la inteligencia o la intución, o una mezcla de ellas. La sensación de haber llegado tarde a la vida de otra persona. Te conocía, pero no supe estar. Te creía cerca, pero no fue suficiente. No nos dimos cuenta de que se había perdido el tiempo, que cada minuto que corría nos hacía llegar tarde a la cita que había sido fijada por la Vida.  De algún modo se esfumaron oportunidades excelentes, que ya no volverán, ni se pueden medir en sexagesimal ni sistemas decimales. No se miden en sistemas porque cada una de ellas es única. De alguna manera, insisto, comprendemos llegado un momento que debíamos haber estado junto a ella desde hacía mucho, mucho tiempo. Hemos perdido ocasiones y acontecimientos fundamentales. Según cómo se den las cosas, o bien se llega tarde o, lo que es peor, nos damos cuenta de que hay citas a las que ni siquiera hemos asistido. Estuvimos, por lo tanto, donde no tendríamos que haber estado.

La vida nos plantea este reto, junto a la puntualidad de quienes llevan reloj y pueden mirarlo. África, en este sentido, es un verdadero desastre occidental. No comprenden, y qué razón tienen algunas veces, que haya que manejarse por lo que una cosa dice. Frente a las cosas que no hablan tenemos personas que sí que pueden hacerlo, que pueden llamar, comunicarse, contar y contarse.

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