Encuentro amigos en las fronteras


Me explico. No hablo de las fronteras geográficas, sino las de la vida. Estas que se rozan con aquellas personas que se sienten lejos o fuera, excluidos o dejados. En no pocos contextos eclesiales en los que me muevo, sentirse en la frontera es un privilegio. Porque hablan con unos y con otros, hacen invitación, ayudan a dar el paso hacia “dentro” de la casa, a sentirse en familia. Descubren de este modo que no hay tanta distancia como pensaban, porque se puede vivir con fe, con amor y con fuerza “en la frontera”. No creáis que hablo de otras tierras, ni de “lugares muy chungos”. Porque esta frontera la traza el sentimiento, fundamentalmente el de quien cree que no forma parte de, que no tiene nada que ver con su vida, que lo de Dios va por otros derroteros. Cuantos más hombres en las fronteras de parte de Dios, menos podrán decir que se sienten lejos. Me parece evidente, me parece de cajón.

Encuentro apasionante este reto. Sus vidas rezuman frescura y libertad. Hacen cosas extrañas, hablan el lenguaje de la gente corriente y moliente, “trabajan” donde otros trabajan, “viven” donde otros viven. Pero su trabajo no es sino vocación y la vida, siempre, la reciben de “dentro”. Ven con ojos diferentes, miran de otra manera. Escuchan lo que se les dice, y se acostumbran a que nadie les regale el oído fácilmente. De verdad, amigos, que vuestra tarea no tiene nada de sencilla.

A las fronteras se deberían enviar los mejores. Son misioneros por selvas en ciudades, por ríos que no se sabe dónde terminarán desembocando, por desiertos áridos sin comunicación ni descanso. A las fronteras no se va si no se te envía. Y me da miedo que más de uno, temerariamente, haya querido aventurarse sin estar suficientemente nutrido, con peligro de deshidratación, con el riesgo serio de perder la vida, con la crisis de vida encondida entre tantas otras ilusiones. Me parecen unos valientes los que se fortalecen y asumen la tarea de ir porque hay quien es la encomienda. Me parece una ilusión demasiado interesante y atractiva, capaz de enganchar a muchos. También de confundirlos. Hoy las comunicaciones, como han cambiado, no hablan de fronteras de la misma manera. Porque unos y otros tienen trato. Encuentro amigos en la frontera. De un lado, dicho sea así, y también del otro. A los primeros me siento unido por la Iglesia, por la comunión, por el Misterio que compartimos y entendemos, por el Evangelio que anunciamos. A los otros por una humanidad que nos abraza a todos, que nos hace entendernos, que nos soporta y enriquece, que nos carga y con la que cargamos. Encuentro amigos, de nuevo, en las fronteras. En las fronteras que desaparecen cuando dos personas se dan la paz o se abrazan como hermanos. Fronteras que no se ven, ni se superan, hasta que no estás cerca de ellas.

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2 pensamientos en “Encuentro amigos en las fronteras

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