Decisiones arriesgadas – Miniidea


El riesgo de la decisión no proviene exclusivamente de las consecuencias. También impresiona el mismo hecho, el preciso instante de tomar rumbo y girar, de verse ante los caminos posibles.

Hace tiempo comprendí que una conciencia recta “avisa” de los peligros y anuncia la presencia del mal y del peligro en la vida. Sin embargo, la gran dificultad de la libertad está en elegir entre lo bueno y lo bueno. Hasta ese momento el riesgo proviene de la amenaza de empeorar. Después, cuando nos conocemos y somos capaces de amar, y no queremos dejar de hacerlo, y deseamos que todo dure para siempre jamás y no termine nunca, el peligro que hace arriesgada la libertad y la decisión es conformarse con menos. Eso yo no lo quiero. Y sin embargo la vida enseña, en repetidas ocasiones hasta que se aprende, que no se puede alcanzar así sin más, ni es fruto exclusivo de las decisiones. Pero nunca sin la libertad, nunca sin ti al completo. Aquí hay algo que da mucho, mucho pavor: perder lo que se ha saboreado, despedir la vida que nos sostiene.

Sólo quien se va – Miniidea


Sólo quien se va tiene la oportunidad de volver. Sólo quien sale tiene la oportunidad de entrar. Sólo quien regresa y vuelve, y sólo en ese momento realmente, tienes claro que te fuiste un día y ahora retornas enriquecido y empobrecido. Y cada día salimos de muchos lugares, y volvemos a los mismos de siempre. De nuevo cambiados, nunca igual, continuamente diferentes y distintos. Los lugares no son importantes. Las personas sí. Y ellas portan vida capaz de vivificar.

Comentarios apropiados – Miniidea


Ya quisiera yo que las palabras llegasen justo a tiempo. Por un lado, a mis labios. Por otro, también a los oídos y el corazón de los demás. No resulta tan sencillo el viaje que estas misteriosas amigas deben realizar. Supongo que no soy el único, sino uno de tantos, que ha tenido que moverse por estos amplios valles, inhóspitas cumbres y enormes llanuras. Las palabras lo tiene difícil para llegar a tiempo y ser británicamente puntuales. Ni el silencio puede salvar situaciones que requieren otros invitados más distinguidos. La primera gran barrera está en la voluntad de hablar bien. Querer decir algo no siempre puede presuponerse. Al modo adecuado y corresponsable. Lo dicho será utilizado por los oyentes. La segunda incógnita será qué sucede después de hablar.

Pero bueno. La historia era sobre los comentarios. Que tienen algo de riesgo añadido. Porque interpretan lo dicho, construyendo algo a pie de página. Unas veces son comentarios sobre lo pasado, lo ya escrito. Y otras en el directo, como incrustados e interrumpiendo la conversación en su agilidad.

Ver “La soga”


Ya en 1948 se hacían películas verdaderamente estupendas. Tendríamos que aprender de la sencillez de un escenario sin efectos especiales ni comienzos de vértigo en aviones. Y aceptar humildemente la lección de la trama maestra, al filo de lo ambiguo, con palabras que nos traen una y otra vez infinidad de finales posibles. El discurso final, las palabras del viejo profesor atento a todos los detalles, que causa emoción en sus alumnos y despierta las luces y sombras que llevan dentro, tiene algo magistral que sólo podrá entender aquel que ha empezado a pensar en serio y a necesitar de las palabras para expresarse y dialogar.

La película nace con una angustiosa escena. No te la revelo, pero no te la pierdas. Ya desde el primer momento se perfila en los rostros de sus dos protagonistas las dos grandes personalidades del crimen y del mal. El uno está presa del otro, se dependen mutuamente y necesitan. El uno utiliza la seguridad del segundo, y el segundo quiere ser visto por alguien y así utiliza al primero. Tristemente se desviven, y montan una fiesta cargada de falsedad que nunca llegará a ser tal ni a cumplir sus sueños. El crimen perfecto no existe.

Evitar el mal – Miniidea


Parto de que es primeramente una responsabilidad común, que no puede recaer sobre los hombros de un individuo aislado. Es tarea de toda la sociedad, de toda comunidad y familia, de toda la humanidad. Lo contrario, dejar a cada uno campando a sus anchas abiertamente en una selva en la que poder encontrar cualquier cosa, nos convertiría en seres más que egoístas, atendiendo cada cual a su propio camino. Por otro lado, hay males que solo en grupo son salvables.
Pero nunca se podrá extirpar del todo. Quedarán continuamente algo más que resquicios, siempre más que lagunas. El mal, el dolor y el sufrimiento parecen reinventarse, adoptar formas nuevas, ejercer su acción y dar el golpe por sorpresa, por la espalda, o inesperadamente de frente. Pero aun en estos casos, evitarlo cuanto se pueda es indiscutiblemente humano. ¡Cómo pensar de otro modo! ¡Cuanto se pueda! ¡Lo máximo! ¡A tope!
Se me ocurre que en esto andamos un tanto descuidados. Y por lo tanto, con las heridas que deja, se hace mayor el dolor y continua la espiral sin freno ni brida. Se me antoja necesario pararse a pensar que evitar el mal, darse la vuelta y mirar a otro lado mejor, acogiendo mayor bondad y más gracia, fortalece al hombre en su debilidad. Deberíamos ser expertos en esto, aunque solo fuera en esto.

Atención y admiración – Miniidea


Se atiende mejor, mucho mejor, infinitamente mejor, aquello que se admira. La admiración no nace exclusivamente de la atención entonces, sino que viene después. Algunas veces por el interés, o por el miedo también surge esta actitud tan especial que nos ayuda a estar centrados absolutamente y descentrados casi por completo. Pero la admiración da lugar a una forma de atención especial, la que nace del amor, la que comprende y acoge, la que mira y escucha no sólo con las facultades de la inteligencia sino también con el interior de la persona, con su corazón y con su humanidad, como rendidas y puestas al servicio de la máxima acogida. Con esta disposición no se examina un cuadro, ni se estudia un amanecer, sino que se permanece boquiabierto como queriendo engullir cuanto llega a nosotros.

Rompiendo, rompiéndose – Miniidea


La capacidad destructiva del ser humano fue demostrada ampliamente en el siglo XX. Después de la barbarie de la Segunda Guerra Mundial y de las oscuridades profundas de las dictaduras comunistas, nos llevamos a las manos a la cabeza. Nos interrogamos, asustados gritando “nunca más”: “¿Verdaderamente fue posible tanta deshumanización y destrucción?” Los medios de comunicación nos acercan casi al segundo noticias crueles que pasarían desapercibidas en nuestro presente de no ser por tanta facilidad como tenemos para conocer y saber qué está pasando. Con estos medios, no existe la capacidad de silencio y control al modo como se ha utilizado por el “poder” y los “dominadores”. Al menos en el mismo grado. Sin embargo, hemos cambiado la pregunta. Ahora decimos: “¿Qué puedo hacer yo?” Interrogante ambivalente y ambiguo. Tan pronto sirve para excusarse, como para el mayor de los compromisos y asociaciones posibles.

Hace falta, sea como sea, y sabemos que no está absolutamente en nuestras manos particulares, sencillas y únicas, darle la vuelta al mundo. Algunos se dedican entonces a romper todo, criticar todo, no aceptar nada y hacer lo que les da la gana. Otros, terminan rompiéndose por la presión entre lo que quieren y lo que ven, entre deseos y realidades. Otros, no pocos, crean su propio feudo alejado entonces de tanta verdad como el mundo comunica, apaciguando conciencias a base de extirpar noticias y controlar lo poco a lo que podemos llegar. Romper y romperse también son ambivalentes, reclaman un mundo nuevo que no puede nacer sin una cierta superación del presente.