Ángeles, que no saben que son ángeles


Los angelotes regordetes e infantiles de Rafael han hecho mucho daño al imaginario social. Otros mucho más. Con sus pinturas, con sus palabras. Los miro y pienso para mí que no quiero ser uno de esos niños que andan mirando el mundo tan inocentemente, entre abrazos melosos rodeados de corazones hipotéticos e implícitos. Demasiado melosos, muy poco serios para lo que la vida es y conozco de ella. Aquí abajo, sin más nubes que las de la niebla, todo se pinta de otra manera.

Como a todas las personas, a mí tampoco me preguntaron si quería o no vivir. Nadie me consultó democráticamente, ni presenté curriculum en ninguna oficina. Al menos que recuerde. He sido arrojado a la vida, me han traído. O he surgido, he aparcido dentro de ella de repente. Todo empezó siendo un niño y ahora ya no lo soy. Comenzó en una familia distinta a la que ahora tengo. Ni siquiera tenía sueños grandes en sus inicios, y ahora puedo mirar “hacia atrás” en el tiempo y la historia, y “hacia adelante” con cierta prudencia y respeto. Pero insisto, como a todos, nadie me preguntó. Vivir y saberme vivo también a mí me sorprende, y no deja de ser un interrogante serio.

Algunas veces este vivir tiene mucho de atrevimiento, de coraje, de ingenuidad. Como los ángeles de Rafael, quedos mirando el cielo. Otras, en las que sabemos en qué jaleos nos han implicado, el tono cambia y se vuelve todo un tanto agresivo, como si nos robasen el tiempo, faltase espacio y supusiera todo un enorme desgaste. Y tanto en uno como en otro nos topamos con personas que van y que vienen, con quienes hablamos en ocasiones y a quienes escuchamos según qué circunstancias. Demasiadas personas cuando no demasiada soledad entre ellas, porque el corazón difícilmente se equilibra, y siempre mantiene su punto de insatisfacción y de inacomodación al mundo y con el mundo. En estos encuentros quizá más de una vez hemos hecho algo por alguien de forma desinteresada, sólo por ella. Quizá. Y, con todo, me sorprende que estemos dispuestos a este grado de generosidad, de entrega, de solidaridad y de comunión. El intento merece la pena, incluso para descubrir que nos vemos atacados por múltiples frentes. Pero no desecho aquellas ocasiones en las que se hace algo por otras personas en las que clarificamos como motivación fundamental que les queremos. Tampoco las acciones que redundan en beneficio de ambos, en las que amar será la cara que falta al dejarse amar que tanto cuesta. Y por otro lado, en la cumbre de todas ellas, está cuando vivimos por vivir nada más, cuando hacemos algo de lo de siempre, y sin darnos cuenta hemos tocado el corazón de una persona, le hemos hecho un enorme bien sin que nos demos cuenta, hemos pasado a su lado trastocando su existencia.

Hoy es un día de esos en los que todo parece finalizar. Termina el curso, y veo ángeles que no se han dado cuenta del bien que han hecho, ángeles que trajeron buenas noticias y otros que llamaron decididamente a la corrección, ángeles que van de un lugar para otro haciendo lo que creen que deben hacer y, sin querer, tocan corazones, se cuelan en las vidas de otros. Ángeles sin los cuales no podría explicar quién soy, por qué creo, qué hago ni por qué lo hago ni cómo lo hago. Ángeles que van y vienen, no sabemos a quién pertenecen realmente, ni por qué su fuerza, su tesón, su constancia. Ángeles que no saben que son ángeles.

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