Ortografía pastoral (5) – Exclamaciones


Como en los casos anteriores, aquí la exclamación ortográfica quiere hablarnos de exclamaciones pastorales. Hay quienes prefieren llamar a estos puntos “luces de alarma”, “toques de atención” o “gritos de los jóvenes”. Pero me gustaría hablar sobre todo de lo que entiendo que un joven de nuestros procesos de pastoral está demandando vivamente a día de hoy, y en nuestra realidad.

  1. Generar espacios de vida. ¡No de muerte! ¡Ni de discursos! Espacios de vida entre las personas y con Jesucristo. Entiendo que un espacio de vida es más que un espacio en el que entrar y reflexionar, o hacer, o escuchar, o atender. Al menos por separado. Si se empiezan a conjugar cosas, por ejemplo, escuchar y hacer, orar y compartir… todo cambia. Si en la universidad se aprende académicamente, en los procesos de pastoral debería tenerse claro el aspecto vital evangélicamente.
  2. Personalización. ¡Es para mí! ¡Soy único! Ser capaces de cambiar nuestras gafas, a la hora de mirar a los jóvenes y valorarlos de forma más positiva generaría otro tipo de sinergias, sin dejar por ello de ser evangélicos y críticos con la sociedad en que vivimos y sus redes de manipulación. Como gafas no existen en el mercado, el único camino posible es acercarnos al joven concreto, “de carne y hueso” y emprender un camino con él por encima de cualquier ideología y reducción de la persona a dos o tres elementos que lo hagan bueno o malo. La personalización es un “camino espiritual” propiamente dicho, lejos de una serie de recursos o dossier de preguntas al final de una ficha. Y entiendo que es una exclamación, porque existe una fuerte tensión entre la pertenencia a un grupo y la individualidad y autonomía del individuo.
  3. Nuevas tecnologías. ¡Estoy aquí! ¡Quiero estar allí! Parto de la alegre convicción de que, por mucho tiempo que los jóvenes pasen delante del ordenador en redes sociales, entre páginas de internet, escribiendo en su blog o colgando fotos en la web por doquier, cualquiera de ellos dejaría su ordenador por casi cualquier fiesta a la que le inviten. Se lleva a clase su teléfono porque las clases son aburridas, y se llevaría el ordenador al completo o se pondría a escuchar música si le dejaran, muy probablemente. La presencia de iglesia en la red es grande, a título personal de muchos e institucional. Quizá no acertamos con los modos, pero no se nos debe olvidar que lo nuestro es “más que internet”, que la pastoral tiene una dosis de trato directo y personal. Cierto que los jóvenes hoy han variado su forma de relacionarse, porque se imponen nuevas formas, pero sólo como pantalla. La red son fotos y palabras de la vida, puestas para generar y demandar contactos personales. No sé si es vacío o que están llenos de cosas, porque las metáforas hay veces que no las comprendo; en cualquier caso, no puede ser todo. ¡Lo están gritando!
  4. Amar en plenitud. ¡Soy capaz! ¡Ámame y amaré! Y son gritos porque el amor es un tema manido y capital al mismo tiempo. Dialogando con mis alumnos en la escuela sobre las relaciones sexuales entre jóvenes ellos, que primero justificaban todo “por amor”, se dan cuenta de que no es nada fácil unir ambas dimensiones de la persona como en principio parecía; les parece incluso prudente la necesidad de esperar un compromiso mayor, una confianza mutua más probada y saberse queridos tal y como son. Y, sin embargo, luego vuelven a la carga diciendo que al menos así se sienten importantes y reconocidos, que es una forma válida para quererse como existen otras. Y es que los jóvenes buscan, como todos, ser queridos y querer, y lo hacen de manera pasional, entregada y también, por qué no decirlo, indiscriminada “por si algo cae” que sea de verdad. Creados por Dios para amar, esa voz no se puede acallar aunque sí confundir. En pastoral tenemos varios retos en este sentido, que los mismos jóvenes reclaman: (1) No dar la espalda a los temas afectivo-sexuales, sin convertirlos por ello en el centro de todo y en lo nuclear del Evangelio. El juego que establecemos entre humanizarlos-divinizarlos no está muchas veces claro y se recoge como una oferta “de represión” y fuente “de culpabilidad”. Aunque no sea, ni de lejos, la intención de la acción evangelizadora. (2) Dotar de herramientas para comprenderse a sí mismos y aceptarse tal y como son. O lo que es lo mismo, apostar por la prevención y un verdadero proceso de personalización antes de que otros criterios hayan comido a los jóvenes. Encontrarse al joven “herido” o “desbocado” es una realidad que afrontar a posteriori. (3) Tratar asuntos afectivo-sexuales en un marco más amplio que el de los propios sentimientos, por ejemplo, en relación con la propia responsabilidad, el de la libertad bien entendida, el del compromiso con los demás. Hablar de afectividad y de sexualidad es algo más que dar vueltas al egoísmo humano, su necesidad de satisfacción personal. Es un don de Dios que se debe integrar en el conjunto de la persona y su vocación.
  5. Verdades de la fe. ¡Creo! ¡Contenidos! Leo durante el último año una fuerte preocupación pastoral sobre los contenidos de la fe de los jóvenes. Es evidente que toda persona “cree”, que el acto de confiar es plenamente humano; la cuestión es en qué cree, y en qué medida esto se puede trasportar “fuera de los frágiles márgenes pastorales” para dar razón de la propia fe fuera de ellos. Lo que “en el grupo” se puede plantear sin mayor tensión o conflicto, porque les acompaña una experiencia de vida o una fe común, fuera del grupo se convierte fácilmente en un tema de discusión para el que no están preparados. Hace falta, es un reclamo fuerte, aportar contenido a la fe creyente. Pero, ¿qué tipo de contenido? ¿Ideología? ¿Doctrina “a palo seco”? ¿Seguridades? Está claro que la fe es confianza, que no hay ninguna barita mágica que enseñe “de golpe y porrazo” todo de forma racional, clara, pensada. La pastoral requiere de tiempo en el que ir avanzando, en el que ir formando y enseñando. Quizá no todo sea igualmente comprensible, y no por ello deba ser desechado. También habrá que tratar con los jóvenes los temas que a la iglesia le preocupan, invitarles a pensar y a aportar luz, educarles a leer por sí mismos, a buscar por sí mismos, a preguntar por sí mismos.
  6. No estoy solo. ¡Tengo familia! ¡Mis padres dicen…! La pastoral exclusiva con jóvenes, sobre todo a edades tempranas, es insuficiente. En las familias encuentran no pocas veces más problemas que facilidades, porque los padres no comprenden lo que hacen sus hijos, y ellos, que son responsables de la educación de sus hijos, son olvidados. Cuando un padre conoce con quién está su hijo y qué hace, se sorprende. No hace mucho, en una reunión con padres, una madre me reconocía que ella había sido el principal impedimento y desmotivación para que sus hijos mayores no estuvieran en los grupos de fe. Pero que con su tercera hija, ahora que nos conocía, no sería igual. Y es que los padres sólo tienen una o dos oportunidades para no repetir los errores adolescentes con sus hijos, y se muestran preocupados por el entorno en el que viven.
  7. La vida moral. ¡Menudo vergel! La vida moral vivida al margen de la fe provoca mayor frustración que alivio. Creer que van separadas o se pueden educar de distinto modo es un rotundo error. Y existen dos polos diversos, ya enunciados de alguna manera: pastorales en las que el primado de la fe es absoluto, sin escuchar el comportamiento moral de los jóvenes y dejándolo en un puesto marginal; y pastorales en las que lo moral se convierte en lo primero, sin tener mucho que ver con el proceso de fe del joven y de manera desequilibrada.
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