Testimonios recibidos


Mucha literatura existe, en diversos campos, sobre el testimonio que podemos dar, que damos. Una veces testimonio auténtico, otras contratestimonio. Algo delicado, la verdad. Relacionado con la coherencia de vida, con algo más que nosotros mismos incluso, por muy auténtico y trasparente que sea. Suelen ser libros relacionados con la dirección, con el liderezgo, algunos de carácter educativo, formativo, personal. En distintos tonos, por otro lado, incluso evangélicos. La palabra testigo en griego da origen al mártir castellano, transliterado con fidelidad. Comportan en ese sentido una llamada a lo épico, al sacrificio, a la voluntad personal, a la responsabilidad. Y son verdaderamente interesantes muchos de ellos. Sin embargo, no podemos agotarnos en ellos. Creo yo.

Después de la lectura de un capítulo, de uno de estos libros, de una de las muchas tardes que aplacan con su calor cualquier intento de pasear, salir y escapar, me he detenido en considerar la necesidad que tienen estos libros de calmar igualmente la soberbia, al altanería, la temeridad, la prepotencia. Unos y otros, cada uno a su manera, y en distinto grado. Los de empresa lo conjugan con la escucha y el trabajo en grupo, los más cristianos con el testimonio de Cristo humilde, sencillo y acogedor. Me ha resultado llamativo.

De igual modo, en el afán por “voltear” la realidad. He decidido volver a leerlo saliendo un poco de mí mismo, reconociendo el testimonio que otros han dado con su vida de aquello que yo creo que estoy llamado a ser. Ahora todo se vuelve diferente y mucho más potente. Ante su testimonio, presente o pasado, fiel y permanente, no puedo quedarme callado. Ante el mío sí, pues yo mismo le pongo innumerables interrogantes, lo corrijo en incontables ocasiones. Pero el de los demás puedo acogerlo en mayor libertad, agrado y agradecimiento. ¡Qué bueno es verse rodeado de gente admirable! ¡Qué interesante saber reconocer en los otros su grandeza! ¡Qué maravilla ser testigo! De algún modo tu testimonio exige la continuidad, reclama la atención, pide la mano que soporte su narrativa a la siguiente generación. Hablo entonces no de una marca, no de un producto, no de una idea, no de una ilusión, no de un deseo, no de un proyecto, no de un futurible. Quien recibe el testimonio se convierte en testigo, que habla de vida. Y muchas veces, bien visto y bien escuchado, testimonio de vida abundante que sorprende también a quien lo da, testimonio de felicidad y de amor que también convierte a quien lo está viviendo en primera persona en testigo. Las cosas han cambiado entonces, y esto sí asegura que ha sido más de lo que se esperaba, más de lo que se buscaba, más de lo que se puede planificar.

¿Por qué yo, y no otros, habrán sido testigos de esto, aquello, lo de más allá?

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